viernes, 4 de septiembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (19)




(Foto por cortesía de Francisco Muñoz).



No conocemos el criterio que se siguió para determinar ese número de habitantes. Tampoco si se tuvieron en cuenta importantes factores como, por ejemplo, la población dedicada a labores agrícolas que vivía casi todo el año dispersa por el término. En cualquier caso, considerando el número de habitantes y la extensión que ocupaba el casco urbano, no parece muy desacertado pensar que alrededor de 1820 la densidad de población era casi el doble de la actual. A esta importante característica de la Osuna de la época, habría que añadir otra no menos importante y que tiene que ver con la higiene, concepto que debe considerarse muy moderno en todo el país pues, con alguna rara excepción como Cádiz, población que a comienzos del siglo XIX tenía hasta un servicio de recogida de basuras (El Cádiz de las Cortes, de Ramón Solís; pág. 39 y ss.), las calles de pueblos y ciudades eran auténticos muladares. De esta rápida panorámica podemos obtener una conclusión: con mucho menos espacio vital disponible y unos pésimos hábitos higiénicos, la población de la época resultaría mucho más vulnerable a ciertos males como la conflictividad social y la rápida propagación de enfermedades contagiosas. Para estas y otras cuestiones resulta muy recomendable la lectura de textos como “Osuna durante la epidemia de fiebre amarilla de 1800”, de Francisco Luis Díaz Torrejón, y Osuna durante la Restauración (1875-1931), de José Manuel Ramírez Olid. En general, la segunda de las obras citadas también resulta válida para el periodo del Trienio Liberal, dado lo poco que cambió la vida durante siglos.
Una vez conocido, aunque de forma muy somera, el escenario de los acontecimientos, vamos a intentar arrojar algo de luz sobre la historia de la Osuna del Trienio. La documentación disponible para el conocimiento de la historia local en el periodo comprendido entre 1820 y 1823 es, por desgracia, escasísima: unas Actas Capitulares inexistentes y Resumen de un siglo, el libro de García Blanco. Ya nos hemos referido a la inexistencia de los libros de Actas Capitulares de estos tres años, laguna documental que parece deberse a una destrucción sistemática de ellas en todo el país y por mandato superior. De todas formas, en su día acudimos al Archivo Municipal de Osuna con el fin de determinar, por medio de las fechas de las Actas Capitulares que anteceden y siguen a las desaparecidas, los límites cronológicos de los Ayuntamientos constitucionales ursaonenses. Empezamos con el límite superior, que puede establecerse con toda seguridad en el día 12 de junio de 1823. De este día localizamos dos actas: una firmada por el secretario Francisco Aguirre (AMO, Actas. Capitulares 1823, sig. 108, 12-6-1823, fol. 1 vto.) y otra dando fe de la reunión de una “Junta de Seguridad pública” firmada por otro secretario (ib., fol. 2 vto), el mismo que firma las posteriores, una de las cuales recoge los disturbios provocados por un gentío que gritaba “viva el Rey Absoluto y muera la Constitución” y había “venido últimamente [por último] á estas Casas Capitulares clamando y pidiendo a voces se derribe la lápida de la Constitución” (ib., 15-6-1823, fol. 2 rto.)
 Resumen de un siglo, aunque aporta poco sobre el Trienio porque el autor estuvo ausente del pueblo entre junio de 1821 y el día de San Antonio de 1823, confirma el contenido de las actas. Menciona la vuelta de los afrancesados en 1821, gracia concedida por decreto de 23 de abril de 1820 (La España de Fernando VII, de Miguel Artola; 1999, pág. 532). Según el testimonio de García Blanco, entre ellos figuraba uno que había ocupado el cargo de Subprefecto de Jerez durante toda la ocupación francesa. Se llamaba Francisco Aguirre y “vino de Francia muy instruido, porque se retiró allá á un pueblecito y no hizo más que leer; inmediatamente que llegó á Osuna, el Ayuntamiento lo nombro Secretario, aprovechándose de sus conocimientos” (Resumen de un siglo; pág. 59). Como vemos, el nombre coincide con el del Secretario del Ayuntamiento que firma el acta citada más arriba, una prueba más del valor documental de esta obra de García Blanco, despreciada por autores como Menéndez y Pelayo (Antonio María García Blanco y el hebraísmo español durante el siglo XIX, de Pascual Recuero; pág. 488), quien, en una carta fechada en Santander en 1903, se refiere a ella como “triste documento de la decrepitud intelectual de don Antonio”, consideración a todas luces injusta y necesitada de una revisión desapasionada.
El lector, siempre tan generoso, sabrá perdonar el aparente olvido en el que hemos tenido a Anglona durante la redacción de este artículo, pero los recuerdos y los acontecimientos son como las cerezas, que es casi imposible sacarlas del canasto una a una.
(Continuará).


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