sábado, 12 de septiembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (20)



La duquesa de Osuna, detalle. Goya, 1785



Mucho más difícil va a resultar determinar con exactitud y verdadera certeza la fecha de posesión del primer Ayuntamiento de Osuna del Trienio Liberal. La última de las  Actas Capitulares conservadas pertenecientes al Sexenio Absolutista está fechada el 24 de diciembre de 1819, ocho días antes del Pronunciamiento de Riego en Las Cabezas y de López Baños en Osuna, como ya vimos (Memorias de don Antonio Alcalá Galiano, capítulo 32 de la 1º parte ). Dado que uno de los primeros actos de Riego en Las Cabezas fue proclamar la Constitución, es muy posible que López Baños hiciera lo mismo en Osuna, donde, antes de marchar hacia Cádiz, habría dejado una guarnición que asegurase la continuidad de la corporación recién nombrada. De todas formas, no hemos podido constatarlo al haber desaparecido los documentos oficiales (véase el artículo n. 12). Así se explicaría ese vacío en las Actas Capitulares ursaonenses entre el 24 de diciembre de 1819 y el 12 de junio de 1823 (Archivo Municipal de Osuna, Actas Capitulares, signs. 107 y 108; fols. 214 rto. y vto, y 1 vto. respectivamente), y tendríamos una clara señal del inicio del Trienio Liberal en Osuna de forma simultánea a Las Cabezas de San Juan. Si se confirmara esta hipótesis mediante futuros, pero improbables, hallazgos documentales, podría afirmarse que Osuna fue una de las primeras localidades de todo el país donde se volvió a proclamar la Constitución de 1812, una de las primeras de toda la Historia, la tercera, para ser más exactos: Estados Unidos (1787), Francia (1791), España (1812), Noruega y Holanda (1814), etc. (Los problemas constitucionales de España, Práxedes Zancada, Madrid, 1930; págs. 7 y 8). En ese caso, muy probable, podría afirmarse que cuando Fernando VII cedió al restablecimiento de la Constitución y firmó el célebre Manifiesto del Rey a la nación española (10 de marzo de 1820) —donde se incluye aquello de “Marchemos francamente, y Yo el primero, por la senda constitucional”—, la localidad ursaonense llevaba ya tres meses caminando por dicha senda.
Pero volvamos a Anglona, muy activo, como ya dijimos, en estos tres años. Vamos a hacerlo tomando prestadas las palabras que Carlos Le Brun le dedica en las páginas 209 y 210 de su obra Retratos políticos de la Revolución de España (Filadelfia, 1826). Le Brun parece muy poco objetivo, demasiado apasionado y muy dado al uso del sarcasmo. En las dos páginas que le dedica carga continuamente contra la condesa-duquesa de Benavente, viuda del noveno duque de Osuna y madre de Anglona, a quien llama “alma y vida del servilismo”, debiendo entenderse por “serviles” a los partidarios de un Fernando VII que reinara de manera absoluta. Comete errores al suponer a Anglona falto del cariño de su madre y, en sus observaciones sobre la mujer en general, deja ver un machismo que hace a uno dudar de lo avanzado de la mentalidad de los liberales de la época. A pesar de estos defectos, su libro es de lectura imprescindible para el conocimiento de los protagonistas de la política de la época. Les dejo con el texto en cuestión, que me fue enviado por el insigne investigador ursaonense Francisco Luis Díaz Torrejón en abril de 2001. Hoy día está al alcance de todos gracias a la inmensa, casi infinita, biblioteca que es esta red de redes. Borges, por cierto, disfrutaría con ella.

“El príncipe de Anglona, hijo de la famosa duquesa, cuya caricatura queda yá hecha y era el alma y vida del servilismo. Fué liberal, y es quanto podíamos decir á favor de sus principios. Debía tener que vencer mucho para serlo el hijo de tal madre. Ni aun estaba en el circulo de lo posible que el servilismo mas graduado engendrase la libertad. Hay tambien en la política, como hemos visto, fenómenos, como en la física. Un Grande liberal en uno: una Grande, es otro aún mayor, porque las mugeres grandes debían ser allá en su engreimiento y vanidad, mas grandes que los hombres; la mayor finura de sus fibras, las debe hacer más fuertes las impresiones, que la de los hombres, que están formados, parece, mas á marcha martillo; —un obispo lo sería más todavía; por eso es una rara avis—; y un Rey liberal, escandalizaría al universo, y tocarían á rebato todos los planetas, si se diese; porque esto sería identificar el sí y el nó, la libertad y la esclavitud. Anglona no está tan lexos de esta posibilidad, como un monarca; pero allá se vá si se junta lo Grande, lo Osuna, y lo General, que todo junto y pasado por la tertulia y miras de su madre, debía ser bastante para servilizar al mundo, demonio y carne, si fuese posible. Por eso, en las cortes, quando lo incluyeron en las ternas, para el consejo de Estado, no dudaron ni un instante de su merito, como liberal, y su madre con un servilismo marroquí, era para eso su principal recomendación; pues presentaba desde luego las dificultades, que su hijo, en razon de tal, habría tenido que vencer para el liberalismo. Fué siempre fiel á la profesión de liberal, que había hecho; ni los peligros que empezó á correr la libertad, le intimidaron, ni le hicieron volver atrás. Anglona se labró siempre el odio de Fernando por la conseqüencia que guardó siempre á sus principios, y á su adhesión á la Constitución. Acaso su madre lo trata, como hijo espureo y degenerado por esta razón, entendiendo que su razón en esta parte debe seguir el curso de su naturaleza, y estarle sugeta su alma, como su cuerpo. ¡Pobre razon de Anglona si se debiese suponer engendrada por la de su madre! ¡Y pobre la de todos los españoles, si fuese cierto que se transmitiesen así las almas, como los cuerpos!”.

Eso es todo por hoy. En el siguiente número, que va a denominarse 20bis, prometo incluir las palabras que Le Brun dedica a la duquesa de Osuna, que, desde luego, no tienen desperdicio. 
(Continuará).


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