viernes, 17 de abril de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (4)



La ciudad de Bayona



La biografía de un personaje tan atractivo ha sido en el pasado tema de al menos un libro aunque, en honor a la verdad, su memoria, como la de otros muchos protagonistas de la movida Historia de España del siglo XIX, duerme aún en archivos y bibliotecas a la espera de alguien que dedique su tiempo a recuperarla. Sólo se conoce un libro dedicado de forma monográfica a su figura. Su autor fue Manuel Pando y Fernández-Pinedo, marqués de Miraflores, hombre de prosa excelente y autor, entre otras interesantes publicaciones, de la titulada Biografía del Excmo. Sr. D. Pedro Téllez Girón, Príncipe de Anglona, Marqués de Javalquinto, Teniente General de los Ejércitos Nacionales y Vicepresidente del Senado. Se trata de un libro en 4º de 47 páginas que vio la luz en Madrid en las prensas de José Rodríguez el mismo año de la muerte de Anglona, 1851; puede consultarse en la Biblioteca Nacional, donde existen tres ejemplares y un servicio de reprografía que, en su día, hizo posible que la obra llegara a mis manos. He mencionado este libro porque es casi la única información de que dispongo para intentar averiguar cómo vivió Anglona el periodo de tiempo comprendido entre 1814 y 1820, etapa del reinado de Fernando VII que los historiadores conocen como el “Sexenio Absolutista” y que, en lo relativo a la vida de nuestro protagonista —tío de Mariano “el despilfarrador” y padre del XIII duque de Osuna— se inicia con el artículo que usted está leyendo. Miraflores era amigo íntimo de Anglona y escribió el libro justo después de la muerte de éste, circunstancias que le otorgan un alto grado de seguridad en los datos pero también le restan objetividad e imparcialidad, pues no recuerdo haber encontrado en su lectura un solo adjetivo negativo referido a nuestro protagonista, por lo que la obra puede calificarse de casi hagiográfica. Anglona tenía muchas y buenas cualidades —valentía, vitalidad, generosidad, inteligencia y creatividad— pero dudo mucho que se pueda decir de él que fuera un santo.
            El artículo anterior de esta serie finalizaba con la llegada a España de Fernando VII y con la derogación de la Constitución de Cádiz, decisión del nuevo rey que produjo una gran decepción entre las personas de ideología liberal. Este hecho tuvo lugar a primeros del mes de mayo de 1814 y fue la primera de una serie de decisiones muy polémicas y con toda seguridad contrarias al progreso del país, como la reinstauración del tribunal de la Inquisición o la detención de personajes que se habían señalado como liberales o afrancesados, la mayoría de los cuales no eran sino españoles cultos y bien intencionados que creían en el cambio y no en la vuelta a formulas de gobierno ya caducas. Según la obra de Miraflores ya mencionada, de una extrema lucidez en algunos de sus juicios, esta decisión del nuevo rey crea una gran división entre los españoles, la misma que producirán las Guerras Carlistas —que no fueron sino guerras civiles— y acabará desencadenando la Guerra Civil del siglo XX. Como vemos, este autor poseía, además de una prosa excelente, una extraordinaria visión de futuro. No habla de una guerra civil a gran escala, pero sí escribe lo siguiente:

«Dividióse aquella España, modelo admirable de unidad en defensa de su Rey y de su independencia, y dividióse para no volver jamás á [sic] estar unida: hablen los acontecimientos posteriores» (pág. 35).

            El estado de ánimo de Anglona en aquellos días no debía ser muy bueno. En honor a la verdad, había luchado por la independencia de su país sin apenas descanso desde julio de 1808 hasta el 18 de abril de 1814, día en el que se firma el armisticio definitivo en Bayona, y había asistido impotente a la pérdida de todas las posesiones y rentas de la familia de sus padres, los duques de Osuna, y aun de los de la familia de su mujer, los marqueses de la Motilla, bienes que no serían oficialmente reintegrados a sus propietarios legales hasta el 15 de septiembre de 1814. En este estado de cosas tan poco halagüeño, ahora, por si fuera poco, su condición de liberal le privaba del favor del nuevo rey. Finalmente, triste y cansado, Anglona opta por recluirse en su casa de Madrid y poder disfrutar de la compañía de su esposa y de su hijo Pedro de Alcántara, que tenía ya dos años y apenas había abrazado a causa de la guerra.
(Continuará).

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