sábado, 11 de abril de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (3)




Para facilitar la comprensión de este artículo a los lectores que no leyeron los dos anteriores, voy a empezar con un pequeño resumen de lo escrito hasta ahora y, además, voy a hacer un poco de  historia de este título.
La primera persona que fue titular del principado de Anglona (Cerdeña) se llamaba María Josefa Alonso Pimentel (1753-1834), condesa-duquesa de Benavente y esposa de Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pacheco (1756-1807), IX duque de Osuna. Como era normal en España hasta hace pocas décadas, y debido a la alta mortalidad infantil, el matrimonio tuvo un número de hijos bastante mayor del que alcanzó la edad adulta, que en su caso fueron cinco: Josefa Manuela (1783-1817), marquesa de Camarasa por matrimonio; Joaquina (1784-1851), marquesa de Santa Cruz también por matrimonio; Francisco de Borja (1885-1820), X duque de  Osuna desde 1807; Pedro de Alcántara (1786-1851), nuestro protagonista, y Manuela Isidra (1794-1838), futura duquesa de Abrantes. Una vez casadas, las hermanas del príncipe de Anglona pasarán a ser conocidas con el principal título nobiliario del marido respectivo, de ahí que aparezcan nombradas en las publicaciones y en los documentos oficiales de la época como, por ejemplo, “la marquesa de Santa Cruz”, título ajeno, en apariencia, a los Téllez-Girón, circunstancia que no nos debe hacer olvidar su verdadero origen. De ahí que cuando hablamos, por ejemplo, de la pintura de Goya titulada La marquesa de Santa Cruz, célebre cuadro que ilustra este artículo y cuya adquisición por el gobierno español resultó muy polémica —sobre el particular véase el artículo publicado en El País el 28 de enero de 1986—, hablamos de un retrato de Joaquina Téllez-Girón, hermana del príncipe de Anglona e hija del IX duque de Osuna, la misma mujer que, en 1835 —veinte años después de pintarse el cuadro—, será nombrada Camarera Mayor de Palacio y aya tanto de Isabel II como de su hermana María Luisa Fernanda, la futura, y sevillanísima, duquesa de Montpensier.  
En cuanto a los hijos varones, Francisco de Borja, el mayor, heredero del ducado de Osuna, del condado de Ureña y de los otros títulos anejos, poseía el título de marqués de Peñafiel de manera automática desde el momento de su nacimiento, de la misma forma que el heredero de la Corona de España es príncipe de Asturias sólo por el hecho de ser el futuro rey de España. De acuerdo con el sistema hereditario de las casas nobles de la época, el segundogénito, nuestro protagonista, Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Alonso Pimentel, tenía muchos menos derechos y títulos que el primogénito, por lo que su madre, princesa de Anglona, le cedió este título cuando Pedro era aún un chiquillo. Así lo vemos en el título del documento escrito por Diego Clemencín cuando Pedro tenía dos años y al que hice referencia en el primero de esta serie de artículos: “Proyecto para la Educación del Excmo. Sr. Marqués de Peñafiel y del Sr. Príncipe de Anglona”.
En cuanto al origen del título, fue concedido en 1767 a María Josefa en el Reino de Cerdeña por el Carlos Manuel III de Saboya y llevaba comprendidos el ducado de Monteagudo, el marquesado de Marguini y los condados de Osilo y Coguinas. Su origen se remonta a los condes de Oliva, que fueron heredados por los duques de Gandía, poderosa familia valenciana que pasó a Italia con el apellido italianizado en Borgia, palabra que les hizo célebres y que debido a una historiografía muy sesgada es sinónimo solamente de maldad y de falta de escrúpulos morales. En 1740, a la muerte sin descendencia de Luis Ignacio de Borja, duque de Gandía, las rentas de estas tierras habían pasado a ser patrimonio del Reino de Cerdeña pero, gracias a Carlos Manuel III, treinta y siete años después habían sido recuperadas por María Josefa, I princesa de Anglona. De esa manera, y sin llegar a ser exhaustivos, podemos explicar el camino gracias al cual Pedro de Alcántara Téllez-Girón Alonso Pimentel, hermano del X duque de Osuna, vencedor en la Batalla de Bailén y liberador de la ciudad de Osuna de la ocupación francesa en julio de 1812, llegó a ser el II príncipe de Anglona, territorio del noroeste de la isla de Cerdeña que pudo visitar durante los siete años que pasó en Italia entre 1800 y 1807, aunque de este último hecho, la visita a la isla, aún no he encontrado ninguna evidencia.
Al final del artículo anterior escribí que la vuelta de Fernando VII daba inicio a un periodo de infelicidad o de inseguridad para Anglona, que acababa de casarse con una hija del marqués de la Motilla y de tener su primer hijo: Pedro de Alcántara Téllez Girón y Fernández de Santillán (1812-1900), que será el XIII duque de Osuna a la muerte de Mariano Téllez-Girón, primo hermano suyo. El Tratado de Valençay, firmado el 11 de noviembre de 1813, supuso la restauración de los Borbones en el trono de España y la llegada de Fernando, el heredero de Carlos IV, que reinará con el nombre de Fernando VII y que, durante toda su vida, y según la historiografía clásica, se distinguirá por su cerrazón mental y sus ideas inmovilistas, muy contrarias a las de Anglona, liberal desde sus primeros años por sus viajes, sus lecturas y la poderosa influencia que tuvieron en él las enseñanzas de Diego Clemencín. Las primeras muestras del inmovilismo de Fernando, de su deseo de dejar todas las cosas como si en España no hubiera pasado nada durante la ocupación francesa, las da el 4 de mayo de 1814, poco después de volver a pisar suelo español, cuando firma en Valencia el Manifiesto real por el que se anula la Constitución de Cádiz. En ese momento, y con esa firma, el país sufrió una profunda y gravísima fractura política que tendría graves consecuencias, pues dividió a los españoles en progresistas e inmovilistas de una forma clara. Las ideas de la Revolución Francesa, cuya difusión en nuestro país tanto había preocupado a las clases dirigentes durante el reinado de Carlos IV, habían acabado calando en ciertos sectores sociales gracias al contacto con las tropas y los funcionarios franceses. A partir de ahora, ya nada será igual.
(Continuará).

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