sábado, 16 de abril de 2016

"El mismo mar de todos los veranos", de Esther Tusquets







A la hora de decidir qué leer existen métodos y caminos muy diferentes. El más recomendable de todos, sin embargo, es dejarse aconsejar por alguien cuyos conocimientos sobre literatura sean creíbles, una persona, normalmente de edad avanzada, que ha tenido la necesidad durante toda su vida de encontrar tiempo para la lectura, y ha leído miles de novelas. Suele ser un lector sin ningún tipo de prejuicio, aunque siempre va a preferir obras de calidad contrastada, las que a mí me gusta denominar “obras corcho”, aquellas que el paso del tiempo no ha condenado al olvido, al hundimiento, la desaparición, y siguen estando presentes en los catálogos de las editoriales a pesar de haber sido publicadas hace décadas, siglos o, incluso, milenios. Así fue como llegué a El mismo mar de todos los veranos, una obra de Esther Tusquets que lleva camino de convertirse en clásico. En este caso, para que se vea lo extraordinariamente complicado que resulta el mundo de la crítica literaria -y más para un simple comentarista de lecturas personales-, su carácter de “obra corcho” viene propiciado también por un rasgo propio que la distingue entre otras muchas: ser la primera novela española que trató de forma abierta, sin tapujos, una relación lésbica. Bien, pues, como aviso para navegantes buscadores de obras pornográficas, debo decir que ese elemento argumental se vuelve algo realmente secundario ante la calidad del texto, producto de la pluma de Tusquets, persona de sensibilidad y cultura extraordinarias. Además, la elección sexual de la protagonista aparece como un componente más de su carácter de mujer independiente, que no quiere que su nacimiento le condicione de ninguna manera.
            Miembro de una familia perteneciente a la alta burguesía catalana, y adscrita, por inclinación y nivel cultural, a ese grupo de artistas y editores conocido como la gauche divine, Esther Tusquets, dueña de la Editorial Lumen, no era una persona que necesitase de los beneficios de sus creaciones literarias para vivir. Hoy día, el tema de la visibilidad de las inclinaciones sexuales no heterosexuales es algo que está muy de moda, que vende, pero en el momento en el que se publicó esta novela, 1978, no lo estaba en absoluto. Resultaría muy ilustrativo reconstruir el impacto que tuvo que suponer en los círculos sociales de la alta burguesía de Barcelona, tan tradicionalista, tan ortodoxa, tan seria y solemne en sus manifestaciones, la publicación de esta novela hace treinta y ocho años, cuando la cerrazón mental era aún mayor que la actual. Además, a lo ya dicho, habría que incluir los pasajes en los que la autora critica de forma abierta la forma de conducirse de los miembros de esta clase social, sobre todo en instituciones como el Liceo de Barcelona, al que dedica unas páginas reveladoras. Valga este breve pasaje para que el lector pueda hacerse una idea (cito por la edición de la trilogía completa: Trilogía del mar, Barcelona, Ediciones B, 2011):

“[En el Liceo] hay muchos elementos de pacotilla, y muchos sucedáneos —¿acaso no es mi clase, la raza enana que construyó este templo, el mero sucedáneo de una raza?—, pero esto a los niños no les importa demasiado, y cuando los abuelos de mis abuelos terminaron este templo, que como todos los templos que levantan los niños —y quién iba a levantar ya templos como no fueran los niños— era un templo consagrado a sí mismos —por más que se adscribiera a sonoras y en este caso musicales divinidades—, como lo habían levantado ellos y era suyo hicieron la más increíble y, sin embargo, la más consecuente de las niñerías: lo distribuyeron entre sí, lo repartieron para ellos y para sus hijos y para los hijos de sus hijos, lo repartieron para la eternidad”. (p. 119).

Sobre otras consideraciones, fue una novela valiente. Y, además, de una calidad literaria indiscutible.  
            El mismo mar de todos los veranos podría considerarse como una novela de maduración, aunque a esta conclusión sólo puede llegarse tras la lectura de las intensas y emocionantes páginas finales. La obra está escrita con un lenguaje sencillo, nada rebuscado, pero, por esa especie de principio de compensación que a veces encontramos en las grandes novelas, sobre todo de carácter introspectivo como esta, su sintaxis es muy elaborada, arbórea, a veces con una línea de la frase casi imposible de seguir a causa de sus muchas ramificaciones, subordinaciones que parecen complacerse en ser excesivas, a la manera de Proust. Dado que esta fue la primera novela de la autora, y que la escribió con más de cuarenta años, da la impresión de que para ella la escritura fue una especie de terapia en la que estaba incluido el desarrollo de un texto en el que no se ahorrase nada, como si necesitase realmente, le fuera vital y, además, placentero, no dejar nada atrás, ni una idea, ni un sentimiento. Indudablemente, la novela posee un gran componente autobiográfico y, dado que forma parte de una trilogía que acabó de escribir en sólo tres años, apostaría lo que fuese a que fue producto de la superación de una gran crisis personal vivida por Tusquets.
            El lector debe saber que estamos ante Literatura con mayúsculas, donde la trama tiene una importancia mínima, pues es casi inexistente, una literatura intimista, introspectiva, analítica, de la memoria, al más puro estilo proustiano. De hecho, las alusiones al autor francés son constantes y en algunas pasajes totalmente explícitas. Tan importantes son los muebles de la casa de la abuela  —todos unidos necesariamente a la reconstrucción de la infancia de la niña desvalida, hiperestésica y falta de amor que fue Tusquets— como son el tacto de las cortinas y el sabor y el olor de la comida, o de las plantas del jardín, todos elementos imprescindibles a los que asirse, puntos de partida para la reconstrucción del recuerdo. Ignoro cuánto hay de inventado o de simplemente recreado en la novela, pero la técnica, llegar al recuerdo partiendo de la sensación, es la misma del autor francés. Igualmente, es muy visible la influencia de obras de autores como Virginia Woolf, de lectura imprescindible para cualquiera que quiera adentrarse un mínimo en el conocimiento de los procesos evolutivos de la novela durante el siglo XX, al mismo nivel que James Joyce, Italo Svevo, Dino Buzzati, Michel Butor, Joseph Heller o Alfred Döblin.
            Un valor de la obra de Tsuquets, que suele estar ausente de las novelas escritas por hombres, es la delicadeza de sus descripciones de los encuentros sexuales consentidos y deseados, que llegan al espíritu del lector de la misma manera que llegaría la poesía, como una lluvia casi incorpórea y refrescante, totalmente alejada de aquellas descripciones explícitas, toscas en su misma torpeza y materialidad.

            Si estas líneas han servido para animar al lector a adentrarse en El mismo mar de los veranos, o a interesarse por la figura de Esther Tusquets, me doy por satisfecho. A veces resulta complicado, y siempre necesario, saber qué leer, que la vida es corta y los libros son muchos.






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