viernes, 22 de abril de 2016

"Diario de un joven médico", de Mijaíl Bulgákov






BULGÁKOV, Mijaíl, Diario de un joven médico, Madrid, Alianza, 2016; traducción de S. Casanova revisada por Adrià Edo.

           
Se trata de una colección de relatos, nueve exactamente, muy unidos por la temática y las coordenadas espacio-temporales: todos narran, en orden cronológico, las peripecias que sufre entre 1917 y 1919 un joven ucraniano recién licenciado en medicina y destinado a lo que considera el fin del mundo. A pocos conocimientos que uno tenga de la biografía de Bulgákov (1891-1940), llegará a la conclusión del carácter autobiográfico de la mayoría de los relatos, pues el autor debió vivir hechos muy parecidos cuando, recién recibido como médico, fue destinado a una zona rural de la Rusia profunda. Con crudeza, pero de manera atenuada a veces con un encomiable humorismo, Bulgákov pone ante nuestros ojos, alucinados, muchas de las creencias supersticiosas más arraigadas en el sencillo pueblo ruso, y las tensas, y a veces dramáticas, situaciones profesionales a las que el joven e inexperto protagonista tiene que enfrentarse. En realidad, y a poco que uno se para a considerarlo, la lectura de estos cuentos nos reconcilia con el médico rural, ese profesional que, imbuido por una auténtica vocación de hacer el bien, dirigido siempre por el juramento hipocrático, da preferencia al cuidado del enfermo frente a su propia comodidad e incluso seguridad, no dudando en abandonar el calor de su casa para trasladarse a donde sea necesario en medio de las peores condiciones climáticas. Sobre este particular, y aunque sea alejarnos un poco del tema, llamo la atención al lector sobre un monumento dedicado al médico rural que se encuentra en las afueras de Potes (Cantabria), admirable por su oportunidad para este caso, aunque en la realidad del médico ucraniano los traslados fueran en trineo, sepultado por pieles y a unas temperaturas aún peores.
Recién salido de la Universidad como ya he dicho, con el título aún calentito, sin práctica alguna, el joven médico tiene que enfrentarse a casos de amputaciones de piernas, partos con el bebé atravesado, fracturas craneales, todo ello unido a las condiciones de subdesarrollo de la zona donde se encontraba, cerca de la frontera oriental de Bielorusia, donde la luz eléctrica o el Salvarsán eran a esas alturas del siglo adelantos totalmente desconocidos. Tanto es así que para intentar curar los numerosos casos de sífilis a los que tenía que enfrentarse, muchos de ellos en estado ya avanzado, contaba con remedios anteriores al mismísimo Salvarsán, tan ineficaces como podrá imaginarse. El narrador-protagonista, un trasunto de Bulgákov, acostumbrado, por tanto, a la vida en capitales como Kiev y Moscú, ironiza continuamente sobre lo atrasada que está la zona donde se encuentra. Así describe la vida en la capital del distrito donde estaba destinado:
“En una esquina había un policía de carne y hueso, en una vitrina polvorienta se veían confusamente láminas de metal llenas de apretadas filas de pastelillos recubiertos de una crema rojiza, la plaza estaba cubierta de heno, las personas iban a pie o en trineos y conversaban, en un quiosco vendían periódicos moscovitas del día anterior con noticias sensacionales, cerca de allí silbaban los trenes que llegaban de Moscú. En una palabra, era la civilización, Babilonia, la Perspectiva Nevski”. (Pág. 110).


De todos los relatos, el que más impresiona es el titulado “Morfina”, que describe el progresivo deterioro tanto físico como sicológico de un morfinómano, narración muy realista a modo de diario que sólo puede explicarse como fruto de experiencias propias, al alcance, por la fuerza de voluntad que se suponen en un deshabituado, o desenganchado, de muy pocas personas. Realmente, el joven Bulgákov había tenido que recurrir a la morfina para soportar los dolores que le ocasionaron las heridas que sufrió durante el servicio que prestó en la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, y fue capaz de abandonar su consumo sin mayores problemas, debido, seguramente, a esa tremenda fuerza interior que tienen algunos creadores, capaces de poner su obra y, por lo tanto, la salud necesaria para realizarla, por encima de cualquier otra consideración. Sinceramente, y esta es una opinión totalmente personal, creo que las personas formadas gracias a lecturas escogidas por su calidad —Bulgákov tuvo como autores preferidos en sus años de juventud a Gogol, Pushkin, Dostoyevsky y Dickens— poseen unas capacidades y una fuerza espiritual superiores a la media.
El último de los relatos, “El asesino”, deja al lector totalmente inmerso ya en la guerra civil desatada entre rojos y blancos tras la conocida como Revolución de Octubre, que traerá consigo graves penalidades para los artistas e intelectuales rusos que no pudieron huir del país. A partir de entonces, aunque de manera gradual, se impuso una serie de directivas que obligaba a los creadores a olvidar, por su bien, cualquier expresión artística con visos de influencia occidental, considerada arte burgués, alentando la producción de obras de un aburrido realismo utilitario en el que se ensalzan valores queridos por el Régimen, sobre todo el trabajo, tanto en su versión agrícola como industrial.
La lectura de la biografía de Mijaíl Bulgákov es recomendable para aquellas personas que sienten en su interior la vocación por las letras, y en general la escritura creativa, pero se ven infravalorados. Verán lo que es de verdad no ver reconocida su valía y podrán reírse un rato de su pequeñez, que nunca viene mal. Veamos unas palabras sobre la acogida de sus obras por parte de la crítica rusa:
“Casi todas estas obras fueron censuradas. Algunas de ellas, como Corazón de perro, no tuvieron ninguna posibilidad de ser publicadas ya que presentaban una crítica abierta, muy acertada y no menos divertida —el gran sentido del humor siempre fue uno de los lados más notables de Bulgákov— de la vida cotidiana de los habitantes de Moscú bajo los primeros años del Gobierno comunista. En la carta a Iósif Stalin el escritor hizo inventario de las reseñas sobre su obra en la prensa soviética: halló tres laudatorias; el resto, 298, eran “hostiles e injuriosas”. La obra Los días de los Turbín fue retirada del repertorio teatral tras haber sido representada casi en trescientas ocasiones”. (https://rusopedia.rt.com/personalidades/personalidades_de_cultura/issue_278.html)


  Diario de un joven médico, cuyos relatos vieron la luz en un principio de forma aislada y en publicaciones médicas especializadas, contiene muchos de los rasgos de la literatura rusa que de siempre han atraído la atención de los lectores europeos, las interminables llanuras cubiertas de nieve, las multitudes desheredadas por la fortuna y embrutecidas por el trabajo —tan presentes en obras de Gogol o de Tolstoi—, la lucha de las personas por la supervivencia en un medio completamente hostil, conquistado por el hielo y el lobo, y, por si esto no fuera suficiente atractivo, el amante de la literatura que ya conozca la obra de Bulgákov encontrará, en estado embrionario, todas las grandes virtudes de su estilo, que alcanzarán su máximo desarrollo y perfección en El maestro y Margarita.
En fin, una lectura muy recomendable, imprescindible para quien ame la Literatura, así, con mayúscula.

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