jueves, 12 de julio de 2018

«Cuando fuimos árabes», de Emilio González Ferrín



(Imagen de secretolivo.com)

Emilio González Ferrín, Cuando fuimos árabes, Córdoba, Almuzara, 2017.

Se trata de un ensayo que reivindica la importancia de la cultura de Al-Ándalus en el ser español y europeo. El autor viene «a proponer, como cambio de paradigma, que dejemos de comprender el Islam como la suma de religión, cultura y sociedades contemporáneas, y pasemos a estudiar estas tres cosas por separado» (pág. 326). A lo largo de sus más de trescientas páginas, la mayoría muy amenas y otras un poco densas para un lector medio, como es el caso, González Ferrín, islamólogo, insiste una y otra vez en el error que cometemos al no separar religión y cultura, y al dejar que los actos terroristas de nuestro tiempo, perpetrados por individuos desquiciados, nos cieguen y nos impidan apreciar de forma ecuánime una sociedad que vivió durante siglos en armonía y fue capaz de conservar y transmitir la cultura clásica a Europa, además de crear una propia y muy original. Estas ideas, que ya habíamos oído otras veces, aparecen consolidadas por la creencia en la importancia de la cultura andalusí en la génesis del Renacimiento. La llegada a Al-Ándalus desde África a partir del siglo XI de los invasores bereberes, esos sí guerreros fanatizados, ejerció presión sobre ciertos intelectuales judíos dedicados a la traducción que prefirieron cambiar de aires para trabajar en Toledo en tiempos del Rey Sabio o emigrar al sur de Francia o a Nápoles, donde siguieron con la labor de difusión de la sabiduría andalusí. González Ferrín menciona a personajes muy conocidos, como Averroes o el judío Maimónides, y a otros que no lo son tanto pero tuvieron una importancia capital. Tal es el caso del granadino Abentofáil (1105-1185), novelista, autor de una obra de ficción en lengua árabe que relata la vida de un niño que crece solo en un lugar apartado, rodeado solo por animales y vegetación —lo cría una gacela—, claro precedente de obras de ficción «occidentales» muy conocidas, como Robinsón Crusoe, Tarzán o El libro de la selva. En su versión original, la novela se titulaba Hayy Ben Yaqzán, el nombre del protagonista, pero a Europa pasó como Philosophus Autodidactus. Sería traducida a «todas la lenguas de Europa antes que al castellano» (pág. 284), quizá por esa prevención oficial hacia todo los islámico que ha existido en España desde finales del siglo XVI, donde la pureza de sangre y los cuatro costados labraban carreras profesionales.  
Cuando éramos árabes nos hace pensar, replantearnos cosas importantes. Hasta que la técnica de análisis de ADN ha permitido modificar la cuestión, se pensaba que todos los enterramientos localizados en la Península Ibérica realizados a la manera musulmana, con el cadáver colocado sobre su costado derecho, tenían que ser posteriores al año 711 y que existía así una manera clara de identificar la procedencia geográfica de los fallecidos. Las pruebas de ADN confirman que los difuntos enterrados de esa manera realmente procedían del norte de África, pero que también procedían de allí muchos de los enterrados boca arriba, a la manera cristiana, los cuales, en algunos casos, eran incluso parientes cercanos de los anteriores. ¿Cómo se pude explicar esto? Por el paso de personas de un continente a otro que ha existido al menos desde época romana (pág. 207), desde mucho antes de 711, esa fecha inaugural marcada en los libros de historia. Cualquiera que reflexione sobre la cercanía de las dos costas y el fenómeno actual de las pateras puede entenderlo. El colapso de la monarquía visigoda permitió que, de una manera lenta, a lo largo de muchas generaciones, la Península se arabizara y se islamizara gracias a las tendencias culturales y religiosas que llegaban desde África. Aún a mediados del siglo IX en Córdoba se usaban en documentos oficiales las palabras Rex Hispaniae para referirse a quien luego llamaríamos Emir de Al-Ándalus. Fue un proceso lento por el que culturas coexistentes acabaron fusionándose en una única e irrepetible, cuyas realizaciones materiales aún son foco de atención de viajeros y estudiosos de todo el mundo.  
El libro, desde luego, es atractivo. Y lo es también por toda una primera parte en las que González Ferrín nos cuenta asuntos interesantes de su vida: cómo descubrió su vocación, cómo fueron sus inicios como investigador, la manera en la que investigó en Túnez, en Egipto, o iluminadoras anécdotas sobre su trabajo de traductor en la Expo del 92 en Sevilla. Me han resultado de especial interés menciones y comentarios sobre Rafael Valencia y Rafael Cano Aguilar, antiguos profesores míos. Con el segundo, además, me unen los lazos del terruño.
González Ferrín nos recuerda en este magnífico libro que «la historia no es lo que ocurrió, sino lo que después escribimos que ocurrió». Son sus palabras. Seamos cuidadosos.

martes, 3 de julio de 2018

«Algo que brilla como el mar», de Hiromi Kawakami



Ojika

Hiromi Kawakami, Algo que brilla como el mar, Barcelona, Debolsillo, 2017. Traducción de Marina Bornas Montaña.

     Hiromi Kawakami es una escritora tokiota nacida en 1958, muy conocida en su país y leída también en Europa. Algo que brilla como el mar, una novela dirigida al gran público, escrita sin grandes complicaciones técnicas, fue publicada en lengua original en 2003.
Se trata de un relato de iniciación. El protagonista-narrador, Midori Edo, es hijo único y convive con su abuela y su madre, ambas solteras. Viven en Tokio, en una antigua casa, a finales del siglo XX o principios del XXI. Midori va al instituto y tiene buenos amigos, con los que descubre los placeres y los dolores de la vida. Yasuro Otori, un hombre simpático y vividor que aparece de vez en cuando por su casa, es uno de los personajes mejor construidos, realmente atractivo por ser muy real y positivo. Midori vivirá el paso de la edad infantil a la edad adulta como un salto de la órbita femenina a la masculina, representada por Otori. Todo ello va acompañado de interesantes reflexiones sobre el proceso de maduración emocional de los adolescentes y sobre una manera sana y desprejuiciada de enfrentarse al despertar de la sexualidad adulta.
            A destacar los episodios y situaciones que giran alrededor del concepto de «normalidad».

sábado, 30 de junio de 2018

Ángela y «La isla mínima»




Fotografía de Atín Aya, de su trabajo Marismas del Guadalquivir

Joaquín Aya Abaurre (1955-2007), más conocido como Atín Aya, era un sevillano licenciado en Ciencias de la Educación y en Psicología pero, sobre todo, era fotoperiodista y persona. Persona de una gran sensibilidad. Dejó miles de imágenes de esos hombres y mujeres cuyos nombres y apellidos no suelen pasar a los libros de historia, las personas anónimas que construyen día a día el edificio de la vida de las aldeas, los pueblos y las ciudades. Son fotografías donde Aya estudia la distribución de  objetos y volúmenes como si se tratase de cuadros, y donde la luz juega un papel esencial. Fotografías en blanco y negro, por supuesto. Si Atín Aya paseaba por Sevilla, fotografiaba al mendigo, al músico callejero, a la carbonera, a la más humilde kiosquera. Si se movía por las Marismas del Guadalquivir, fotografiaba al cazador, al segador, al pastor, al pescador y también, cómo no, esos inmensos paisajes marismeños, donde la horizontalidad condiciona irremediablemente cualquier composición fotográfica. Y Alberto Rodríguez, director de cine sevillano, enamorado de estas fotografías marismeñas de Atín Aya, ha querido tributar un homenaje a su autor dedicándole todo un largometraje, inspirándose en su obra para filmar una película de cine negro con sabor, paisaje, alma y espíritu andaluces, una película que ha resultado una verdadera obra de arte y en la cual, mire usted por dónde, tiene un papel Ángela Vega, ursaonense, cuya mirada, profunda y escrutadora, llena por completo la pantalla, atraviesa los cuerpos y logra desvelar los secretos más íntimos de las personas. Señora de su isla flotante, Ángela desempeña un papel corto, pero crucial, en la historia.
Cuando tengan tiempo, y si todavía no lo han hecho, háganse un favor: vean esta película y procuren no perderse un detalle. Los planos cenitales del principio, alucinados y alucinantes, geniales, altísimos, nos muestran unas perspectivas totalmente nuevas de las marismas. Son planos que muestran la pequeñez y la debilidad de la gran mayoría de los personajes, enfrentados a una existencia cruda y problemática. Esos planos están inspirados en la obra del fotógrafo onubense Héctor Garrido.
¡Ah, por cierto!: la Isla Mínima existe, pasé por ella hace un par de días, cerca de los Palacios, volviendo de Cádiz. Mientras conducía, vi algo. Mari Carmen iba dormida y no quise despertarla, pero estaban ahí, muy cerca de la carretera, los distinguí perfectamente: dos hombres oscuros caminaban hacia la inmensidad de la marisma con sendos sacos a la espalda. A saber lo que llevaban.

(Publicado en El Pespunte el 4 de octubre de 2014).

martes, 26 de junio de 2018

«El violín de Rothschild y otros relatos», de Antón Chéjov



Chéjov en 1897

CHÉJOV, Antón, El violín de Rothschild y otros relatos, Madrid, Alianza Editorial, 2017 (2ª ed.); 219 páginas. Nota preliminar y traducción de Juan López-Morillas.

            Se trata de doce relatos escritos por Chéjov (1860-1904) entre 1886 y 1902. Aparecen por orden temporal de escritura. La acción de la gran mayoría transcurre en pueblos pequeños, incluso aldeas, donde el tiempo parece haberse detenido y las novedades llegan tarde y mal. Los principales protagonistas son personas débiles, inadaptadas o faltas de amor. Las mujeres y los niños están contemplados con mirada sensible, atenta siempre a resaltar su situación de desamparo. Es Rusia. La Rusia de los últimos años del Imperio Zarista, donde los hombres están alcoholizados, o viven envueltos en fatua vanidad, mientras las mujeres viven a su sombra, a menudo en estado de invisibilidad o simplemente servil, cuando ellas son las verdaderamente valiosas para la sociedad («Gente de calidad»); la Rusia de los templos de cúpulas doradas abarrotados de fieles muy creyentes, que deambulan oscuros entre miles de humeantes velas y se humillan ante un hombre viejo, de larga barba canosa, un viejo que se siente solo y es infeliz («El Obispo»); la Rusia de inacabables caminos nevados por los que se mueven en trineo viajeros sepultados bajos montañas de pieles y, finalmente, obligados a hacer noche en ventas incómodas e insalubres («En camino»); la Rusia de mujeres que solo tienen para dar amor y a menudo son víctima de la brutalidad y el engaño de los hombres («La corista»). Podría seguir hasta referirme a todos los relatos, pero creo que no es necesario. Todos ellos hablan de Rusia, sí, pero plantean problemas morales y describen situaciones que son universales, propias de cualquier época y lugar. Con el paso de los años se advierte un menor sentido del humor en los relatos, como si la proximidad de la muerte le hiciera al autor mirar las cosas de manera más triste y reflexiva, cuando ya la sombra de la noche eterna lo oscurece todo.