domingo, 4 de noviembre de 2018

Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki



Tanizaki en 1951

Junichiro Tanizaki, Elogio de la sombra, Madrid, Alianza, 2018. Traducción de Emilio Masiá López.

         Ensayo de apenas sesenta páginas publicado originariamente en 1933. Se trata de una cerrada, inteligente y sensible defensa de la estética japonesa, que Tanizaki (1886-1965) veía amenazada por modas, inventos y tendencias occidentales. Ya en aquellos años era perfectamente consciente de lo que se avecinaba y advertía las primeras señales de la empobrecedora uniformidad planetaria. Basta mirar con atención las fotografías y los grabados antiguos para entender de qué se trata: los localismos se han perdido.
Tanizaki se ocupa principalmente de la penumbra y su hermana mayor la oscuridad, ambos espacios o apariencias que han sido desterrados de la vida moderna. La electrificación de las ciudades y las casas ha conllevado una iluminación excesiva, lo que acarrea la sobreexplotación de los recursos naturales por un mayor consumo de energía y la pérdida del misterio de la noche y de los interiores oscuros. Es ahí, precisamente, donde su obra resulta más valiosa. Centradas en la forma tradicional de construcción y decoración de las casas japonesas, algunas de sus páginas son reveladoras. Para los occidentales que siempre hemos mirado con admiración, y un punto de incomprensión en cuanto a su grado de confortabilidad, sus interiores domésticos, la lectura de esta obra supondrá un antes y un después en esa percepción. Entenderá, por ejemplo, el porqué de los shōji, esos paneles traslúcidos y móviles que limitan sus espacios. Dejándose llevar por su admirable sentido de lo sensual, Tanikazi invita al lector a abandonarse al encanto de los espacios poco iluminados, capaces de resucitar sensaciones visuales perdidas desde la llegada de la luz eléctrica. Frente al intento, ya manifiesto entonces en las principales capitales europeas y norteamericanas, de iluminarlo todo, realizando una analogía entre iluminado y limpio, el autor, en unas páginas que a los occidentales pueden resultar pintorescas, describe y defiende los retretes tradicionales nipones, construidos en madera y sumidos en la penumbra. Hace también un estudio comparativo del tipo de blanco y la textura del papel occidental frente al papel japonés hōsho, o la del papel blanco de China: «La textura del papel oriental resulta mullida como una capa de nieve recién caída, y absorbe la luz como si la acogiese, en cambio el papel occidental parece que la repeliese» (pág. 22).  
Más adelante, y quizá como resumen, escribe: «La luz ya no tiene como finalidad iluminar para poder escribir, leer o coser, sino para expulsar las sombras a los rincones más apartados, esto es diametralmente opuesto al concepto estético y genuino de vivienda de estilo japonés» (pág. 60). Desde mi punto de vista, el de un amante de reconstruir escenas del pasado en la imaginación, afirmaciones como esta son fundamentales y aplicables por supuesto también a occidente. También escribe: «Estimamos las tonalidades y brillos que nos retrotraigan al pasado. Cuando uno vive en uno de esos viejos caserones rodeado de objetos antiguos se experimenta una paz y un sosiego difíciles de explicar» (pág. 25). El autor se declara defensor de la pátina, incluso de la suciedad si acabar con ella supone la pérdida del aspecto antiguo, la aparición de brillos e iluminaciones no deseados. El texto entero es una defensa de lo difuso, lo tenue y delicado.
No conozco obras equivalentes escritas en Europa pero el proceso vivido fue el mismo. Perdimos la contemplación del cielo estrellado, la percepción de la acariciante y azulada luz de la luna y, sobre todo, y dentro de las casas, la magia del misterio. Elogio de la sombra, traducido al inglés y al francés en 1977, tuvo que jugar un papel importante en ciertas modas culinarias, teatrales y decorativas niponas irradiadas desde los principales centros de cultura occidentales. Una lectura realmente estimulante.

jueves, 1 de noviembre de 2018

En nuestro tiempo, de Ernest Hemingway


El autor en 1923

Ernest Hemingway, En nuestro tiempo, Barcelona, Lumen, 2018. Traducción de Rolando Costa Picazo. (In Our Time, 1925).

         Volumen de cuentos protagonizados en su mayoría por Nick Adams, al que debe suponérsele, yo al menos lo hago, la condición del alter ego del autor. Puede que me equivoque porque no he tenido la previsión de releer la biografía de Hemingway antes de ponerme a escribir estas líneas, simples notas de lectura, pero muchos de los cuentos presuponen un conocimiento experiencial de lo narrado. Recuerdo lo esencial de su biografía, que viajó mucho por Europa, que era pescador, vivió guerras y murió suicidado, pero de su infancia, esa etapa de la existencia humana tan definitoria de nuestros gustos y actitudes antes la vida, no tengo ni idea. Tampoco es imprescindible tenerla para disfrutar de la lectura, obviamente. Parece que la mejor forma de hacerlo es no saber nada de su autor, ni preocuparse lo más mínimo por saberlo. Ser capaz de separar totalmente al autor de la obra o, mejor aún, a la crítica de la obra. Solo después de leerla, y si a uno le apetece, puede leer sobre ella. Creo que es mejor así. Esta edición de En nuestro tiempo, la primera traducción al castellano según parece, viene acompañada por un interesantísimo prólogo de Ricardo Piglia, quizá uno de los últimos trabajos de la vida del novelista argentino.
         En nuestro tiempo está compuesto por unos treinta relatos, la mitad de ellos de extensión apreciable —quince, veinte páginas— y la otra mitad de extensión mínima, un par de párrafos. Los de uno y otro tipo van intercalados. Muchos de los del tipo mínimo son impresionantes por la capacidad que tienen de sugerir, de abrir la ventana a un mundo de emociones y sensaciones fuertes solo durante unos segundos. Algunos de estos relatos cortísimos, no sé si llamarlos microrrelatos, están inspirados en el mundo de la tauromaquia. Describen momentos tanto de la corrida como de la vida de los toreros, teniendo especial predilección por los cuadros más violentos o sangrientos, como aquel que describe de forma fría, casi de científico, cómo se mueve el caballo del picador después de haber sido corneado por el toro en el abdomen, época aquella de las corridas conocida por el autor en la que los equinos aún no llevaban peto protector. Pueden imaginar algo.
         Hemingway ambienta sus cuentos en España, en Italia, en Grecia, en medio de los bosques norteamericanos o en una reserva india. El protagonista habitual es Nick. Nick niño, Nick jovencito y Nick ya hecho hombre. Los relatos del libro protagonizados por niños son especialmente interesantes como muestra de cómo ponerse en su piel, cómo contar la historia desde su punto de vista, algo que no nos debía costar mucho esfuerzo porque todos hemos sido niños, aunque algunos parezcan haber nacido ya avejentados y sin imaginación. A menudo las situaciones narradas son violentas, reflejos de mundos crueles y descarnados.
         El relato titulado El luchador comienza de manera sumamente seductora. Lo hace, por supuesto, in media res, la forma más efectiva de hacerlo. En este caso se trata de aquel en el que alguien del que no sabemos nada —solo que acaba de ser expulsado de noche de un tren en marcha—, se incorpora junto a la vía y comienza a hacer balance de daños. Otros relatos, los dos últimos, cuentan la historia del hombre que busca la soledad de la naturaleza para curar sus heridas anímicas. Alguno está ambientado en el mundo de los hipódromos y el amaño de carreras. El libro ofrece una gran variedad. Pero lo mejor de todo, como subraya Piglia, es el estilo. La concisión es su principal rasgo. Las frases son cortas. No hay adornos, metáforas, adjetivos y otras «delicadezas». Hemingway describe un mundo duro, cruel, con un lenguaje lo más alejado que pueda imaginarse del amaneramiento. Es directo. A veces brutal. Pero tiene la virtud de llegar siempre de manera rápida a la mente del lector, que no necesita esforzarse en desenredar frases de sintaxis inextricable.
Una lectura placentera para personas de acción obligadas a vivir de manera sedentaria, como muchos de nosotros.   

viernes, 26 de octubre de 2018

El camino de Santiago, de Alejo Carpentier



El autor en su madurez

Alejo Carpentier, El camino de Santiago, relato incluido en Cuentos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1979, págs. 7 a 39.

         Alejo Carpentier (1904-1980) fue uno de los autores que despertó en mí el gusto por el español de América. Su prosa es realmente luminosa, olorosa, sonora. Cualquiera de sus frases deja un poso cálido y dulce en el alma del lector, un temblor de la otra orilla. Carpentier es amante de la historia y a menudo la usa como armazón de sus narraciones. Su ambientación, fruto de una rigurosa documentación fraguada a lo largo de incontables lecturas, está muy trabajada. En El camino de Santiago, primero de los siete relatos que componen el libro, cuenta las andanzas de Juan, uno de los muchos españoles jóvenes que a lo largo de los siglos XVI y XVII abandonaron su pueblo para unirse a los Tercios de Flandes o probar suerte en las Indias. La acción arranca en Amberes, pasa por ciudades francesas, españolas y americanas y termina en Sevilla. Por ciertas referencias parece que transcurra durante el reinado de Felipe II: el Elogio de la locura ya es considerada una obra impía, el duque de Alba amedranta a los flamencos y los calvinistas son perseguidos por la Inquisición. San Cristóbal de La Habana es apenas una aldea de casas de madera y calles enfangadas donde hozan puercos oscuros. Sus habitantes, supervivientes de accidentadas travesías y exóticas enfermedades, viven enfrentados por la envidia y la maledicencia.  
         El verdadero interés de este relato radica en un giro que, ya casi al final, da la trama, convirtiéndose en cíclica. Usando una brillante licencia argumental, Carpentier desdobla a Juan, el protagonista, y da sentido completo al relato. Juan es él mismo, el muchacho aficionado a la música que salió de su pueblo atraído por la vida militar, pero también es el indiano que ha vuelto desencantado y engaña a los jóvenes inexpertos como Juan, todos embarcados en la inercia de conquista y supuesto enriquecimiento que desangró gran parte de la juventud de aquella impetuosa España, dominada por el impulso de frontera y la cultura del enriquecimiento súbito.
         En cuanto al ejemplar del libro donde he leído el relato, casi novela corta por su extensión —el tipo de letra parece un ocho y el interlineado sencillo—, lo encontré en un comercio valenciano de libros usados. Es una edición barata, de economía se subsistencia. De pastas de simple cartón, está mal encuadernado, demasiada goma para pegar el cartón a los cuadernillos. Sus hojas huelen a húmedo y sus páginas son ya amarillentas. Por una nota escrita a bolígrafo se sabe que uno de sus anteriores dueños, Mercedes, lo compró en Budapest en el verano de 1981. Posee un alma especial.

domingo, 21 de octubre de 2018

«El yermo de las almas. Una tertulia de antaño», de Ramón María del Valle-Inclán


Valle en su juventud (c. 1894)
 Imagen de luisantoniodevillena.es

Ramón María del Valle-Inclán, El yermo de las almas. Una tertulia de antaño, Madrid, Alianza Editorial, 1970.

         Dos textos muy breves, ambos publicados por primera vez en 1908.
        El yermo de las almas es una obra de teatro dividida en tres actos —«episodios»— y de aire melodramático. Cuenta las desgracias vividas por los integrantes de una pareja cuya relación es fruto del amor, no de un matrimonio impuesto o de cualquier otra voluntad exterior. Ella, Octavia, una jovencita, fue casada con un hombre ya en las puertas de la vejez. Él, Pedro, es un hombre soltero. La relación resulta escandalosa para la madre de Octavia y el resto de representantes de la parte represora de la sociedad, señaladamente un sacerdote jesuita. Este y la madre de Octavia aparecen como personas desalmadas, preocupadas solo por la «salvación» de Octavia. La muchacha, toda sentimientos, se ve abandonada por las personas que más debían acompañarla y a quienes más quería. La fuerza dramática de las escenas impide cerrar el libro, el lector deseoso de saber qué va a pasar con la pareja de enamorados. A destacar la belleza de las acotaciones teatrales, obras de arte en sí mismas.
         Una tertulia de antaño relata las situaciones vividas en los salones de una casa de la nobleza española, un día de visita justo en los instantes finales de la I República. Las menciones a hechos y personas reales son continuas. Destacan la habilidad que tenía Valle-Inclán para la formación de caracteres con muy pocas líneas, así como la agilidad de los diálogos. En la tertulia aparecen representadas tres generaciones. La primera de ella lo está por el marqués de Bradomín, esa creación inmortal de Valle, personaje conservador, enamorado y de refinadas maneras. Bradomín suspira por la España más tradicionalista —se declara servidor de la reina Margarita de Borbón— y por la existencia de causas patrióticas dignas de perder la vida por ellas. Las otras generaciones están representadas por personas más inexpertas pero de sangre fogosa, a las cuales Bradomín no deja de apoyar si está en su mano. En la tertulia se oyen críticas a la situación política de 1874 perfectamente aplicables a la época actual, casi ciento cincuenta años después. Resulta curiosa, y literariamente estimulante, la presencia en la tertulia del escritor Juan Valera.
         Dos textos muy breves pero repletos de frases inspiradoras y retazos líricamente tratados de la historia de España.