FAULKNER,
William, Mientras agonizo, Madrid,
Cátedra, 2014 (10ª ed., la 1ª es de 1989); 231 páginas (52 de la introducción).
Edición de Javier Coy. [As I Lay Dying,
1930]. Traducción de Mariano Antolín Rato.
Llegué a esta novela por el consejo
de alguien que ha leído bastante y al que le interesa todo lo relacionado con
las técnicas narrativas. Desde ese punto de vista, la lectura de la novela resulta,
desde luego, muy aconsejable. Si hacemos otras consideraciones, sobre el
contenido, por ejemplo, la lectura puede resultar muy desagradable, incluso
vomitiva. Decía no sé quién, alguien supuestamente entendido, que con buenas
intenciones, con ánimo de no herir la sensibilidad del lector, no se hace buena
literatura pero no sé en qué se basaba para decirlo. El caso es que esta
novela, como Santuario —escrita el
año siguiente—, nos presenta una realidad desagradable a más no poder, que
podrá ser degustada por las personas que tienen hecha su sensibilidad a la
novela gótica, el realismo sucio, descarnado, y todas esas etiquetas que se han
ido poniendo a las narraciones de acciones truculentas, sangrientas,
horripilantes y míseras. No soy quién para opinar sobre política o sobre cómo
va el gobierno pero sí para escribir sobre lo que más me apasiona en esta vida,
la novela, y puedo jurarles que estoy leyendo estas novelas de Faulkner —ya
comenté que otras de otras épocas suyas sí son más de mi agrado—, con un
alfiler en la nariz para evitar el olor a carroña y a podredumbre. Resulta
curiosa, y digna de análisis, esta predilección por historias en las que todos
los personajes, sin faltar uno, son míseros, cicateros, ruines, o simplemente
están desquiciados. Está claro que Faulkner creó un universo propio, con un
sello muy personal, pero de ahí a que uno disfrute con la descripción de
lugares y acciones tan oscuras y negativas, tan poco vitalistas y luminosas,
hay mucho. Pero vamos a la técnica narrativa, lo que de verdad nos interesa.
Faulkner joven y lleno de talento (i-cult.it)
Para poner al lector en situación,
pero sin adelantarle demasiado, la novela cuenta la agonía, la muerte y el traslado
del cadáver de Addie, la madre de una familia de granjeros del condado de
Yoknapatawpha. Dicha familia está formada por ella, su marido (Anse Brunden) y
los hijos --de mayor a menor Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell (una chica) y Vadaman--.
El atractivo de la novela está en la multitud de voces narrativas, las cuales
se van turnando para ir narrando los hechos, todos relacionados con la muerte y
el traslado del cadáver. Hay episodios, o ítems narrativos, inolvidables por su
crudeza, como el sonido del serrucho que corta las tablas con las que se
formará el féretro para la futura fallecida que, desde su lecho de muerte, y a través
de la ventana, supervisa su construcción. En total he contabilizado quince
voces, todas en primera persona, quince narradores, entre los cuales hay que
contar, sobre todo, a los miembros de la familia. En realidad, y para entendernos
—hoy día todos estamos deformados por la televisión—, la estructura es la misma
de esos documentales norteamericanos, generalmente biografías, para cuya
realización el periodista se ha limitado a entrevistar a personas que
conocieron al biografiado y a realizar después el montaje adecuado. Dicho así
parecería que la novela haya sido fácil de escribir, pero eso es un tremendo
error. Para empezar porque cada intervención tiene que adecuarse a las
características propias de cada narrador y, además, y sobre todo, a su punto de
vista, punto de vista tanto moral como físico. Veamos un ejemplo. Un hombre
contempla cómo llegan a la puerta de su casa dos personas. Él estaba esperando
sólo a una de ellas y se asoma al exterior para invitar a la que la acompaña.
Esta declina el ofrecimiento y se queda fuera sentada en el porche. Dentro de
la casa ocurren cosas entre las dos personas, cosas que van a permanecer
ignoradas para el que se queda esperando fuera, que describe cómo fue su
llegada a la casa y cómo una persona salió a invitarla a entrar. Gracias a la
narración del que se ha quedado fuera sabemos cómo es la casa por fuera y la
apariencia de su dueño, y gracias, por fin, a la narración de la persona que ha
entrado sabemos qué ha pasado en el interior de la casa entre ella y el dueño.
De esta forma, las tres narraciones, en realidad distintos puntos de vista de
los mismos hechos, resultan complementarios e imprescindibles para entender qué
ha pasado en la casa. Todo esto viene a recordarnos la obsolescencia del
narrador omnisciente, pues es imposible que nadie sepa todo sobre nada, no
existe una persona capaz de estar en todos los lugares y en todas las mentes al
mismo tiempo, ni siquiera de manera secuenciada. En realidad sería una especie
de extensión literaria del cubismo, lenguaje artístico basado sobre todo en los
puntos de vista, en las distintas perspectivas que pueden existir de la misma
realidad. En total —me he tomado la molestia, que no ha sido tal, de anotarlas—,
las intervenciones, cincuenta y nueve, quedan repartidas de la siguiente manera
(los narradores o propietarios de las voces están mencionados por orden de
aparición): DARL, diecinueve; CORA, tres; JEWEL, una; DEWEY DELL, cuatro; TULL,
seis; ANSE, tres; ADDIE, una; PEABODY, dos; VARDAMAN, diez; CASH, cinco; SAMSON,
una; WHITFIELD, una; ARMSTID, una; MOSELEY, una; MACGOWAN, una. Todas ellas, salvo la de Addie (página 165),
realizada post mortem —y poseedora de
un carácter histórico aclarativo—, guardan un perfecto orden cronológico.
Y aquí les dejo, que me está esperando Cortázar.
A leer, que son dos días.
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