El presente trabajo
tiene
como finalidad arrojar algo de luz sobre dos sucesos desgraciados, ambos
provocados por las fuerzas de la naturaleza, que tuvieron lugar en Osuna en los
meses de septiembre y octubre de 1680. Obviamente, la finalidad o intención de
este artículo, como la de cualquier trabajo de investigación histórica que se
precie, era, en un principio, iluminar por completo los hechos, recuperarlos de
la hondura de los tiempos para mostrárselos al lector, pero, en este caso, y a
pesar del buen estado de conservación que, en general, presentan los archivos
ursaonenses, esa intención, por el momento, y debido a cierta laguna de los
archivos que coincide precisamente con el año en cuestión, se queda sólo en
eso. Por consiguiente, no espere el lector encontrar en las líneas que siguen
el relato perfectamente documentado de los hechos, aunque, eso sí, puede que
alcance a vislumbrar el estado de postración en el que quedó la localidad
ursaonense después de los sucesos que presentamos.
La
“grande avenida y Huracán tremendo” de septiembre de 1680.
Este artículo comenzó a gestarse con
el hallazgo fortuito de un texto que narraba unos hechos, en mi opinión, y tras
una primera lectura, totalmente inverosímiles. Dicha narración se encuentra
publicada en una historia de la imprenta cordobesa (VALDENEBRO, 1900: 154 a 156) de difícil
consulta, por lo que voy a proceder a copiarla para que el lector tenga un acceso
fácil a la misma. Dado que el alcance de su contenido sólo podrá ser bien apreciado
por los lectores que conozcan la configuración geográfica de la localidad de
Osuna, adelanto a todos aquéllos que todavía no la hayan visitado que el casco
urbano de esta bella población sevillana no se encuentra en zona inundable, y
que la configuración del terreno donde se asienta no invita a pensar que alguna
vez, a lo largo de su larga historia, haya podido inundarse. Sin embargo, y
como verán a continuación, algunas de sus zonas padecieron un fenómeno de este
tipo un malhadado viernes de septiembre de 1680. He aquí el texto:
“Verdadera relación, de la grande
avenida, y Huracán tremendo, que el día Viernes de Septiembre acaeciò en la Villa de Ossuna, este
presente año de 1680, y cosas maravillosas que sucedieron, como verà el curioso
Lector.
Svspiros exalando mi afligido pecho,
desatado el coraçon en humedo elemento por los ojos, y puesto vn dogal al
cuello, de dolor, y sentimiento, sin poder articular razon, turbadas ambas
manos, sin acertar a su continuo tiento; tomo la pluma, para en fúnebres
rasgos, si [sic] tristes lamentaciones, reduzir a breue compendio las largas lastimas,
los infelices sucessos que el dia Viernes seis de Septiembre deste presente año
en la Villa de
Ossuna causò [sic] vn funesto Huracan, vna soberuia borrasca, y vna fuerte
auenida, vn auiso del Omnipotente, y vn breue rasgo de su justicia. Dicho dia
saliò el diario Planeta, no reluziente, y alegre como quiē venia de braços de
su esposa, si no triste, encapotado, cubierto de densas nubes, que servian de
luto a sus luzientes rayos, causando con su vista pabor, y afligimiento a los
ya timidos coraçones, aumentandose esta lobreguez hasta las dos y media, que llegò
la hora en que retirandose el rubicundo Apolo, quizà de piadoso, compadecido,
por no ver tantas lastimas, y oir tantos clamores de los miseros vezinos de
Ossuna, y apenas se auia escondido de los ojos de los mortales, quando el
Boreas soberuio començo a juntar nubes cargadas de gruessas piedras aunque
[sic] las primeras que cayeron eran como nuezes, todas en triangulo, durò media
hora escasa, y mas de vn quarto tan gruessas como hueuos, tā espessas, y tan
fuertes, que causaron notables daños en los oliuares, y viñas de todo el termino
de aquesta Villa, sin empecer a los terminos de Estepa, Ezija, y la Puebla en cosa alguna, ni
otras partes circunuecinas, solo la guerra sangrienta publicaron los Cielos
contra esta Villa, y en ella descargò su furor. Cessò la piedra, auiendo dexado
asi en la Villa
como en sus cāpos, mas de mil personas heridas, y assolados todos los texados,
pues puedo dezir con toda verdad [que] no dexò en ellos texa sana. Temerosos
los vezinos con tal golpe, y que para resistirle no auia fuerças humanas,
ocurrieron contritas a las diuinas, aclamando misericordia al sumo Criador, que
aunque oyò sus clamores, quiso passar adelante con su castigo, para nuestra
enmiēda, pues desatadas las nubes en copiosas lluuias, parecian querian renouar
el passado Diluuio, y que Neptuno con su Tridente auia herido las ceruleas
ondas, y traspantandolas [sic] en las nubes, rompiendo las líneas al
Mediterraneo, y Occeano Mar, que en breue lo fueron todos los campos del
termino, y calles desta Villa, baxando tan encrespadas olas, y furiosos
raudales por la calle que llaman de San Christoual, que auiendo maltratado,
assi en ella, como en la cañada, y parte de la de Ezija, en la de San
Christoual arrasò catorze casas por el plan [sic]: y en las casas de Andrés de
Raya, auiendo entrado la furia y lleuadose sillas, arcas, y baules, y demás
trastes [sic], los sacò al corral, y se llevò las paredes del, y con las
piedras, dellas atormentò muchas casas, y tres casas de la referida de vn
corral [sic]. Arrancò vna Pila grande antigua de piedra guijarreña, que pesa
más de cien arrobas, y como lebe pluma la lleuò hasta lo vltimo de la calle de
Ezija, donde oy està, causando marauilla. Durò tres quartos de hora esta furia,
perecieron diez y siete personas, y en ellas quatro mugeres, y cinco hombres,
los demas en su tierna infancia gustaron lo aceruo de tan fuerte elemento. A lo
vltimo de la calle de San Christoual viuian dos mugeres, y ambas estabuā en la
cama, vna de enfermedad, y otra de parto. Y es de notar tres prodigios, como son,
que estando la enferma en quarto baxo con dos criaturas viendo venir el furor
del agua, saliò diligente de la cama para subir donde estaua la parida, y
llegando al medio de la escalera, lastimándose de dexar sus queridos hijos al
riesgo, boluiò a la cama donde estaua vna niña de dos años, y quando acordò por
si, viendo [que] no podia ya salir, se subiò encima de la cama con su criatura
en los braços, sin poder socorrer a vn niño de cinco años, y poniendo sobre su
cabeça la criatura, y de pies sobre la cama, que era de cordeles, llegādole el
agua hasta los pechos, estuuo los tres quartos de hora que durò la furia, y el
niño se subiò en vna silleta de paja, y fue lleuado encima della detras de la
puerta del quarto, donde estuuo tanto tiempo como su madre, pero mas
milagrosamente, pues ni la planta del pie se mojò, auiendo las aguas hechole
muralla con sillas, mesas, arcas, tinajas, y otras alajas de casa. Aora entra
el mayor prodigio, y el mas marauilloso milagro, pues sucediendo esto con el quarto
baxo, en el alto el agua ahogò a la parida que estaua en la cama, sacando la
cama en que estaua el recién nacido infante por otra ventana, en la qual fue
sobre las aguas hasta la mitad de la calle de Ezija, que vn piadoso hombre
viendo la errante nauezilla con aquella inocencia que la ocupaua, arriesgando
su vida, libertò la de Eugenio, que assi le han puesto por nombre, por auer
acaecido [el] dia de san Eugenio Papa el sucesso. A poco más de las quatro y
media[,] sereno el Cielo, demostrò su Iris, anunciando la paz a la tierra,
retiraronse las ondas a sus centros, descubriose Apolo de gala, mas no se
sossegaron los coraçones timidos, y afligidos de los moradores, que aun duran,
y duraràn sus temores. Quièra Dios siruan para la enmienda, y con ella
aplaquemos la justissima ira de Dios, siendo nuestra medianera la sagrada
Emperatriz Maria Madre, y Señora nuestra.”.
Les confieso que, una vez acabada la
lectura, quedé conmocionado, perplejo, pero, al mismo tiempo, decidido a
comprobar en los archivos si los hechos que se narran eran rigurosamente
históricos, o bien, el texto era fruto de la pluma de una persona culta,
seguramente un eclesiástico con buena mano para la literatura, que hubiera
llenado con su redacción el tedio de sus tardes en el convento. Esta última
posibilidad, en cualquier caso, se volvió menos creíble al comprobar que el
texto fue publicado el mismo año de la redacción, no cincuenta o sesenta años
después, a la muerte del autor, tras el hallazgo del relato entre sus papeles
personales, quizá en un momento en el que ya se hubiera perdido la memoria de
los hechos.
Para mi sorpresa y satisfacción, las
primeras pesquisas, llevadas a cabo en el Archivo Municipal de Osuna (A.M.O.),
resultaron fructíferas. Encontré referencias
a la tormenta y una explicación a ese extraordinario aumento del caudal
del agua caída en su transcurso. Todos los ursaonenses hemos contemplado alguna
vez, en caso de fuertes precipitaciones, las calles Granada y San Cristóbal
convertidas en auténticos ríos, pero son siempre corrientes de agua momentáneas
y, por decirlo así, para entendernos, manejables, que disminuyen
considerablemente al cesar de llover de forma copiosa; sin embargo, y por
suerte, nunca hemos oído o contemplado casos como el descrito, en el que el
agua bajara con tanta abundancia y violencia como para ser capaz de derribar
casas enteras y producir víctimas mortales. La explicación, aunque parezca
increíble, está en una epidemia, en un “achaque pestilente”. En un acta
capitular fechada tres días después, leemos:
“Acordaron se despache librança para que don Gaspar Ximenez, depositario
del derecho del servicio ordinario y extraordinario entregue a Alonso Martin de
los Reyes […] seiscientos cinquenta reales de vellon de lo procedido de dicho
servicio, que es la cantidad en que está consertado [el arreglo] de las tapias
que derriuo [sic] las aguas y graniço que ubo el dia seis deste mes en la
Cañada de la Victoria, calle San Xristoual, calle Migolla y demás que derriuo
dicha tormenta por estarse guardando esta dicha villa del achaque pestilente
que padecen diferentes ciudades, villas y lugares de esta andalucía, lo qual se
hace en conformidad del acuerdo fecho por este cabildo en la dicha razón” .
Como los lectores sabrán, siglos atrás, en caso de epidemia se establecía
siempre un cordón sanitario alrededor de las poblaciones para intentar evitar
que la enfermedad se propagara entre sus vecinos. En caso de poblaciones
amuralladas, el control de las personas no implicaba la construcción de tapias,
muros o paredes que delimitaran el recinto, pues estos ya existían; bastaba con
poner guardas en las puertas y postigos del recinto convenientemente
aleccionados para impedir la entrada de personas y productos que provinieran de
zonas infectadas. Otro caso muy distinto era el de las poblaciones que no se
encontraban rodeadas de un recinto amurallado, como era el caso de Osuna en la
época que nos ocupa (Ledesma, 2003; 207-209): había que levantar con rapidez muros,
posiblemente altos y de poca consistencia —tenían que ser derribados cuando
pasase la alerta sanitaria—, al final de las calles que terminaran en el campo,
dejando para el paso de mercancías y personas unos pocos puntos, denominados
“puertas” (Ledesma, 2003; 46 y 85). En la Osuna de finales del XVII existían
tres “puertas”, una en las inmediaciones de San Agustín, otra en la actual Plaza
de Esparteros y otra en la actual Plaza de Cervantes. Así, es muy probable —no
olvidemos que en este caso nos movemos en el terreno de las hipótesis—, que uno
de los lugares que se cerró con una tapia fue un punto donde, por la
configuración del terreno, confluyen varias torrenteras, las producidas por el
Camino de Granada, la Vía Sacra y el Camino de la Farfana, tres vías de
comunicación que coinciden, en sentido descendente, en un mismo lugar: la
confluencia de las calles Granada y San Cristóbal
.

Detalle de la zona afectada.
Mapa del Instituto Geográfico y Estadístico. 1896.
Apariencia actual de la hipotética ubicación de la tapia.
Allí tuvo que
levantarse un muro, no muy consistente, a todo lo ancho de la calle, un muro lo
suficientemente alto para que no lo saltase una persona ágil, por lo que hay
que presuponerle una altura de al menos dos metros y medio. Con la llegada de
aquellas aguas torrenciales, de una de esas tormentas capaces de descargar
decenas de litros por metro cuadrado en apenas minutos, el lugar se convirtió
en una presa improvisada que, mientras los vecinos de la zona se guarecían de
la tormenta en sus casas, no paraba de almacenar agua. Llegado un momento, el
agua subió a tal nivel, fueron tantos los metros cúbicos almacenados y, por
consiguiente, tanta la presión que ejercía el agua acumulada sobre el muro, que
éste cedió por su parte más débil, desencadenando una riada cuyas consecuencias
conocemos gracias al relato anónimo. Sólo de esta manera puede explicarse tal
catástrofe; a mí, al menos, no se me ocurre otra explicación creíble.
Realmente, el primer escollo, y quizá el más complicado de salvar
—encontrar explicación para una calamidad semejante—, ya estaba pasado; ahora
se trataba de confirmar que hubo el número de víctimas que menciona el relato,
diecisiete, una cantidad realmente considerable. Confiado en la “sorprendente
continuidad” que mantienen los Libros Sacramentales que integran el archivo de la Parroquia de Nuestra
Señora de la Asunción
(Morales, 1992; t. II, 193), esperando, por tanto, poder verificar la
existencia de un pico inusitado de defunciones producidas por la tormenta,
inicié la consulta del archivo mencionado. Una primera inspección ocular de los
lomos de los “Libros de defunciones” enfrió mis expectativas: el Libro 1 contiene anotaciones de decesos anteriores
a marzo de 1669 y el Libro 2 comienza
con las anotaciones pertenecientes a febrero de 1700, laguna que puede
constatarse en la publicación del catálogo del archivo (Morales, 1992; T. II,
202). Agotada esa vía, en la que tenía puesta las mayores esperanzas, encaminé
mis pesquisas al Archivo de la
Colegiata de Osuna (A.C.O.), depósito de documentos independiente del
anterior y que se encuentra en proceso de catalogación, aunque ya se ha llegado
a la determinación y al ordenamiento general del mismo, trabajo que está
realizando de forma callada y pertinente Elisa María Navarro Carmona, experta
en archivística. Gracias a la determinación general de su contenido, puse mi
atención en los llamados “Cuadernillos de enterramientos”, grupos de folios
doblados y cosidos por su eje central en sentido vertical que contienen
anotaciones sobre inhumaciones llevadas a cabo en distintos templos
ursaonenses.

"Cuadernillo de enterramiento".
Páginas pertenecientes a septiembre de 1680.
Uno de ellos
comprende el marco cronológico iniciado en junio de 1679 y finalizado en
septiembre de 1682. En este documento, que contiene la fecha de enterramiento y
los nombres del finado, de la calle donde vivía y de la iglesia donde fue
enterrado, sí se observa un aumento anormal de enterramientos en los días
posteriores a la tormenta, sobre todo en el día siete
,
jornada en la que son enterradas cuatro personas, número máximo de toda la
serie mensual. Tres de los fallecidos son mujeres, recordemos que en el texto
se menciona la muerte de cuatro mujeres, y dos de ellas vivían en las calles
afectadas por el siniestro, las calles Écija y San Cristóbal. Este documento
viene a apoyar la veracidad del relato publicado en 1680, aunque, eso sí, deja
en duda la exactitud de algunos datos, sobre todo el relativo al número de
fallecidos, quizá el más llamativo de todos. Por otro lado, y dada la laguna ya
mencionada que existe en la serie de “Libros de defunciones” del archivo de
la Parroquia de Nuestra
Señora de
la Asunción,
los únicos que poseen un carácter fehaciente —los documentos hallados en el
A.C.O., y que hemos venido en llamar “Cuadernillos de defunciones”, no tienen
por qué tenerlo, ni tampoco el de exhaustividad—, dada la laguna ya mencionada,
decía, queda abierta la puerta a que investigaciones posteriores, basadas en
una hipotética recuperación del libro de defunciones hoy perdido, demuestren la
total veracidad del relato, número de víctimas incluido. En cualquier caso, ahí
nos queda esa descripción anónima de los efectos producidos por la tormenta,
con la imagen tan entrañable del pequeño Eugenio, un nuevo Moisés, indefenso y
frágil en su cuna flotante, siendo salvado de las aguas por un ursaonense heroico
y compasivo.
El
terremoto de octubre de 1680
Por si la población no había sufrido
lo suficiente con los acontecimientos anteriormente narrados, un mes más tarde,
el día nueve de octubre, sobre las siete de la mañana (Goded, 2006; 30), Osuna
sintió los efectos del llamado Terremoto de Malaga, movimiento sísmico
advertido en gran parte de
la Península Ibérica (Goded, 2006; 30 y 84). El
seísmo fue de gran intensidad, produciendo importantes pérdidas materiales y
humanas, sobre todo en poblaciones ubicadas en lo que hoy conocemos como
provincia de Málaga. Para hacernos una idea de la magnitud de este movimiento
de tierras, baste decir que alcanzó los 7 Mw (Escala sismológica de magnitud de
momento) (Goded, 2006; 30, citando a Muñoz, 1998), dato que iguala, en poder
destructivo, a este terremoto con el sufrido por Haití en el año 2010 y lo
sitúa por encima del sufrido por L’Aquila (Italia) en 2009. Aunque el nombre de
Osuna no aparece por ahora, en los trabajos de investigación, entre los
municipios afectados —salvo una consulta errónea por mi parte—, si tenemos en
cuenta su situación, en el ángulo sureste de la provincia de Sevilla, la
localización del epicentro, al oeste de la ciudad de Málaga —entre los 36º
48’ N 4º
36’
W y los 36º
70’
N 4º
70’ W, según los autores (Goded, 2006: 30)—, y
también la existencia de información sobre los efectos del seísmo en localidades
tan alejadas del epicentro como Madrid y Valladolid (Goded, 2006: 33 y 84)
, no
es de extrañar que fuese notado en Osuna —37º
14’ N 5º 06 W—, y aun que produjera daños
importantes. Precisamente esto es lo que parece venir a confirmar un documento
notarial copiado por don Francisco Rodríguez Marín, que reza como sigue:
“Al Alcaide Tristán de las Casas,
muerto por los moros en la Vega de Granada en 1490, pertenecían 6 tiendas en la
plaza; dejo por heredero de ellas el Conde de Ureña; fundo con las mismas una
capellania para decir una misa cada dia por el alma de dicho Alcaide; dichas
casas estaban desde la esquina de la Carrera hasta la casa del Sepulcro. La
inmediata a esta se dio a censo a la Cofradía del Cristo de la Vera Cruz en San
Francisco para reedificarla por estar undida a causa del temblor de
tierra del año 1680 y estar las demás cerradas por la falta de gente que
murio en el dicho año de 1684, y familias que se ausentaron de esta
dicha villa por la necesidad que padecían, yéndose a vivir a otras partes.
Tomas
de Paz 22 de octubre de
1693”
Como habrá notado el lector, el
contenido del texto copiado por el Bachiller de Osuna presenta una clara
incongruencia en las palabras “en el dicho año de
1684”, pues es la primera vez
que se menciona ese año. Con intención de despejar las dudas razonables, cabía
la posibilidad de que “
1684”
fuera un error de copiado por “
1680”,
acudí, junto con Francisco Ledesma —cuya pericia en la lectura de la letra
antigua resultaba imprescindible en este caso, al menos para mí— al Archivo de
Protocolos y Actas Notariales de Osuna, con intención de consultar el original
copiado por el insigne polígrafo ursaonense
. Una
vez localizado el documento, y gracias, repito, a la interpretación del señor
Ledesma, advertí que el copiado de Rodríguez Marín había sido selectivo y el
investigador había olvidado intercalar le serie de signos que indica la falta
de texto en un copiado, el habitual […], lo que supone un tema más para los
investigadores potenciales, pues, según se desprende de la lectura, en 1684 Osuna
volvió a sufrir alguna suerte de desastre natural. En cualquier caso,
consideraciones metodológicas del trabajo de Rodríguez Marín aparte, el
documento de Tomás de Paz demuestra que la localidad sufrió las consecuencias
del terremoto de 1680 en forma de derrumbe de edificios, al menos de uno, donde
luego se levantaría una parte, quizá una capilla, del hoy desparecido Convento
de San Francisco.
¿Produjo víctimas mortales este
seísmo? Posiblemente, y por desgracia, sí, pero para comprobarlo nos
encontramos con el mismo problema documental que mencionamos más arriba: una
laguna, hoy por hoy irresoluble, en la serie de los “Libros de defunciones” del
archivo de
la Parroquia
de Nuestra Señora de
la
Asunción; laguna, por cierto, que también van a sufrir los
posibles investigadores futuros de los hechos de 1684. Como ya supondrá el
lector, en este caso acudí a los también mencionados “cuadernillos de
enterramientos” del Archivo de
la
Colegiata de Osuna
,
aunque, para este episodio catastrófico, constaté que no se advierte un aumento
significativo de enterramientos: el día 9 sólo consta un entierro, “una esclava
de D. Pablo de Arroio C
e Migolla a las Mercedes [sic]” —aunque sea
el mismo día del seísmo, dado que este fue a una hora tan temprana, creo que
deben tenerse en cuenta también los enterramientos de ese día— y el día siguiente dos, “un parbulo hijo de
Juº Thomas C
e Carrera a S. Fran.
co” y “Lucas Fernandes C
e
la + a Consolacion”. A la vista de estos datos, puede pensarse que el terremoto
no fue especialmente cruel con los ursaonenses, pero siempre hemos de tener en
cuenta la carencia documental que he comentado varias veces, la cual, como escribí
al principio de este artículo, lastra irremediablemente el resultado de este modesto
trabajo de investigación. En cualquier caso, ahí arriba queda esa pequeña joya
narrativa que, en mi opinión, es el texto anónimo que describe la “grande
avenida y el Huracán tremendo”, entre cuyas líneas podemos intuir el
sufrimiento de un sector de la sociedad ursaonense poco favorecido por la
fortuna, aquel que dormía en camas de cordeles y consideraba alhajas los
objetos de uso más cotidiano.
Bibliografía
CARMONA GARCÍA,
J. I. (2000): Crónica urbana del malvivir
(s. XVI - XVII). Insalubridad, desamparo y hambre en Sevilla, Universidad
de Sevilla, Sevilla.
DOMÍNGUEZ ORTIZ,
A. (1984): La Sevilla del siglo XVII,
Universidad de Sevilla, Sevilla.
GODED MILLÁN, T.
(2006): Reevaluación de daños de los
terremotos de Málaga de 1494 y 1680, Universidad Complutense de Madrid,
Madrid.
LEDESMA GÁMEZ,
F. (2003): Las murallas de Osuna,
Fundación El Monte, Osuna.
MORALES PADRÓN,
F. [Coord.] (1992): Catálogo de los
archivos parroquiales de la provincia de Sevilla, Banco Español de Crédito,
Sevilla; t. II.
MUÑOZ, D. y A. UDÍAS (1998): Evaluation of damage and source parameters
of the Málaga earthquake of 9 October 1680, Historical Seismograms and
Earthquakes of the World, Academic Press, [sic: sin lugar de edición]
VALDENEBRO Y CISNEROS, J. M.
(1900): La imprenta en Córdoba. Ensayo
bibliográfico, Sucesores de Rivadeneyra, Madrid.