Invitación. Fue obra de un prisionero.
Mario Cuenca Sandoval, El don de la fiebre, Barcelona, Seix Barral, 2018.
Se
trata de una biografía novelada de Olivier Messiaen (1908-1992), compositor francés
célebre por una música muy personal basada en influencias de la naturaleza —sobre
todo en el canto de los pájaros—, la mística religiosa y ciertos ritmos propios
de músicas no occidentales. Abrió caminos y fue maestro de importantes compositores de
vanguardia. Sus obras orquestales de madurez estaban escritas para formaciones
integradas por coros y secciones instrumentales tan variadas y pobladas que, a
menudo, los teatros donde iban a sonar necesitaban realizar reformas y ocupar
parte de la zona destinada al público para poder interpretarlas fielmente. Su
obra quizá más famosa, sin embargo, fue un cuarteto para piano, clarinete,
violín y violonchelo compuesto en el campo de concentración alemán en el que
pasó unos meses tras caer prisionero, el Stalag VIII A de Görlitz. Parece que
entre los guardianes había melómanos que le facilitaron algo su trabajo —viejos
instrumentos, papel pautado, un lápiz, algún mendrugo de pan— y entre los
compañeros de cautiverio músicos capaces de enfrentarse en esas condiciones
inhumanas al estudio y a la interpretación de la obra. La composición se titula
Cuarteto para el fin del tiempo (Quatuor pour la fin du Temps) y fue
interpretada por primera vez en el mismo campo de concentración en enero de
1941, acto para el cual los alemanes distribuyeron invitaciones entre los guardianes y los prisioneros, como si el estado en el que se
encontraban todos allí fuera de absoluta normalidad; (una imagen de esa
invitación, con el título mal escrito, acompaña este artículo). Imagínense, si
pueden, el hambre de meses, el frío del invierno en Silesia, un barracón atestado
de prisioneros macilentos y sucios sentados tras una primera fila ocupada por
guardianes bien alimentados y vestidos y, por último, un escenario improvisado
donde se sientan los músicos, desgarbados, demasiado delgados en unas ásperas
ropas prestadas. Piensen en las condiciones de los campos de concentración. Lo
que debían padecer y sentir los prisioneros. Intenten ponerse en situación. Y
ahora, si les interesa, oigan el cuarteto y déjense llevar por la
música. El cuarteto y sus partes están explicados en el capítulo 35 (pág. 163 y
ss.) Oído al «Abismo de los pájaros».
Mario
Cuenca Sandoval ha escrito una auténtica obra de arte. Durante sus más de trescientas
páginas, a menudo densas, sin apenas concesiones a nada que suene a comercial,
nos relata la vida de una persona ciertamente hiperestésica conducida por unos
padres muy cultos hacia la realización de una irresistible vocación artística.
Haciendo uso de un narrador cuyo punto de vista está sabiamente desdibujado y
de unos saltos espacio-temporales apoyados en elementos intemporales, como el
canto y la presencia de los pájaros, Cuenca Sandoval introduce al lector en
distintos episodios y escenarios, todos cruciales y conmovedores: el ahora de
un niño sentado ante las cumbres nevadas de los Alpes; la cruel existencia de
los prisioneros de los campos; la viciada atmósfera del París ocupado por los
nazis, donde los judíos fueron perseguidos y,
a veces, detenidos gracias a los llamados colaboracionistas. Cuenca
Sandoval se mete en la piel de Messiaen, una persona poco dada a cualquier
acción que lo alejase de su rutina creadora, a cualquier heroicidad. Aquejado
de un fuerte sentimiento de culpabilidad por no haber ayudado a personas que le
pidieron socorro, el lector vive con el compositor sus miedos a poder ser
identificado con los alemanes, pues en realidad había sido protegido por ellos,
naturales del país de la música por excelencia, el país de las tres B, dice el autor:
Bach, Beethoven, Brahms. El lector ve al protagonista como un ser imperfecto,
creíble, lo que hace aún más atractivo al personaje. Los últimos capítulos,
dedicados a la llegada de la muerte a la mente y al cuerpo de Messiaen, son realmente
antológicos.
En general, una lectura
recomendable para lectores exigentes.
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