sábado, 9 de abril de 2016

"Memorias de un vagón de ferrocarril", de Eduardo Zamacois








Eduardo Zamacois, Memorias de un vagón de ferrocarril, Barcelona, Editorial AHR, 1965; 338 páginas.

El pasado mes de diciembre, y mientras exploraba las estanterías de la librería Boteros, me topé con una edición en tapa dura de este delicioso libro de Zamacois. Ese día llevaba en los bolsillos dinero suficiente y no se me pasó por la cabeza hacer un «sinpa», entre otras cosas porque la librería es de mi amigo Dani, siempre he creído en la necesidad de respetar la propiedad privada y tengo ya más de cincuenta años y los pelos grises, una edad y una apariencia impropias de un ladrón de libros. Bromas aparte, aquel día llegué a mi casa y lo dejé en la cola de lecturas futuras. Allí, como aparcado en una vía muerta, ha estado esperando estos meses.
         Al autor lo conocía de oídas, como uno de esos novelistas incansables que ha habido en la historia de la literatura, capaces de escribir más de cuarenta novelas, pero que, debido a esas necesidades materiales que envilecen a menudo las producciones literarias —el público en general prefiere novelas ligeras, que no le hagan pensar mucho, y el autor tiene que comer—, escriben pensando casi únicamente en su sustento y en el de su familia, o «sus familias», como es el caso. La biografía de Zamacois resulta atractiva porque fue un hombre realmente de acción, que amó apasionadamente, viajó de manera incansable y falleció con noventa y ocho años. Del libro, al instante me llamó la atención el croquis del vagón protagonista, que aparece en la página 4, pues me di cuenta de que tenía la misma distribución de los vagones de los trenes de largo recorrido que conocí en mi infancia, con compartimentos para ocho personas, que generalmente no iban llenos y donde, en esos casos, uno podía acomodarse razonablemente.



Los viajes podían resultar interminables sobre aquellas traqueteantes vías férreas, con aquellas paradas eternas en Alcázar de San Juan, donde uno veía, como alucinado, trenes largos como la noche olvidados en inacabables vías muertas. Ahora mismo escribo para todo el mundo, aunque, desde luego, soy consciente de lo difícil que pueden tener comprender cómo eran aquellos trenes y aquellas estaciones los lectores españoles más jóvenes, pues el aspecto y las prestaciones de los trenes han cambiado mucho. Seguro que los lectores de países que han invertido menos en la modernización del ferrocarril no ven esos trenes y esas estaciones tan lejanas en el tiempo. De todas formas, en países como España el tren se ha deshumanizado, de eso no cabe ninguna duda. Ahora, cuando uno puede viajar de Málaga a Barcelona en apenas unas horas, o de Barcelona a París sin necesidad de cambiar de tren o de someter las unidades a una reducción del ancho de los ejes en la frontera —pues ya parece que no tememos que nadie nos invada vía ferrocarril y tenemos el mismo ancho de vía—, uno echa de menos muchas cosas, todas relacionadas con la excelente y reflexiva lentitud con la que se vivía antes.
El croquis en cuestión se refiere a un vagón de primera clase fabricado en Francia que circuló por España en las primeras décadas del siglo XX. Aunque a muchos pueda parecer mentira, los vagones con que se formaban los convoyes de los trenes españoles de largo recorrido de la década de los años sesenta, durante mi infancia, eran parecidísimos, de ahí que al hojear el libro y encontrar el dibujo lo comprara sin dudar, pues inmediatamente acudieron a mi memoria recuerdos y sensaciones de aquellos años.
En esta novela el lector necesita hacer un esfuerzo, mínimo, para transigir con la personificación del vagón, el narrador-protagonista, que desde la primera página se nos presenta como un ser con alma y sentimientos, capaz de percibir, y de entender a la perfección, el mundo de los humanos, y de tener comunicación con el resto de unidades del convoy, tanto vagones como máquinas. Gracias a los cambios de línea a los que el vagón es sometido a lo largo de su vida, el lector se pasea por casi todas las regiones españolas y percibe una amplia panorámica, siempre teniendo como centros las estaciones ferroviarias, de la sociedad española de las primeras décadas del siglo XX. Y no sólo lo hace de las distintas capas de la sociedad, en aquella época muy diferenciadas, sino también del paisaje español. Es aquí, curiosamente y donde menos me lo esperaba, donde se pueden encontrar en esta novela de un autor de supuesta segunda fila páginas inolvidables. España, como sabe cualquiera que haya viajado un mínimo por Europa, aunque sea sin salir de su casa —mirando un mapa del relieve—, es uno de los países más montañosos del continente, característica que dificulta y encarece el trazado de cualquier vía de comunicación. A la descripción del paso del convoy por las zonas más montañosas del Norte, donde el vagón experimenta desde su primer viaje el vértigo de verse suspendido sobre el vacío de los puentes metálicos que salvan ríos y unen montañas, o el pánico de encontrarse de repente metido en un interminable túnel oscuro, se une la descripción de las inacabables llanuras castellanas, vistas con un lirismo y una sobriedad de recursos expresivos que une al autor con sus contemporáneos del 98. Mucho podría decirse, y criticarse, sin embargo, del empleo por parte de Zamacois de palabras descaradamente rebuscadas: «asotilado» (sutilizado), «sitibundo» (sediento), «hadado» (milagroso, mágico), «ratonado» (lleno de ratones), «dicaz» (agudamente mordaz), «inmergido» (sumergido, en el sentido de abismado), etc. Su uso puede deberse a un intento desesperado por ganarse el favor de los críticos, pues publicaba al mismo tiempo que autores de la talla de Valle-Inclán, por poner un ejemplo de autor de expresión muy rica y trabajada pero cuyo trabajo permanece oculto y el texto aparece escrito así de forma natural, sin violencias. Salvando las distancias en todos los órdenes, sobre todo en el ideológico, Zamacois me recuerda los esfuerzos que realizó en ese sentido Aarne Haapakoski, aquel prolífico novelista finlandés que vino a descansar definitivamente en tierras malagueñas, donde nadie es considerado extranjero, y que luchó durante gran parte de su carrera por lograr el aplauso de la crítica, algo, bajo mi punto de vista, que resulta patético e indigno en un autor. Zamacois no llegó nunca a esos extremos, pues era generoso, la vida le sobraba —se le salía por los poros—, y siempre fue consciente de cuál era su lugar en el mundo.
Una de esas descripciones paisajísticas a las que me he referido contiene un pasaje antológico. Se trata de aquel en el que ensalza la existencia de los árboles que bordean los caminos, un texto inspirado por esa proximidad inconsciente y natural que la humanidad debe reconocer sentir por esos seres vivos, tan necesarios y tal olvidados por el «progreso». Está en las páginas 232 y 233. Les dejo con él.

«Entero mi amor lo consagro a los árboles olvidados de la suerte, a los árboles-parias, a los árboles trágicos, que el hombre o la casualidad sembraron al borde de los caminos. Nadie los defiende, nadie los cuida; y ellos, sin embargo, no vegetan egoístamente como los otros, sino que, bondadosos, extienden su ramaje sobre la aridez de la carretera por donde el dolor de la vida del pobre, de la vida del triste, pasa lentamente, y amparan al peregrino y defienden del sol a las bestias cargadas. Nunca pude ver sin emoción esas hileras de árboles que en la sequedad de la planicie castellana derivan hacia el horizonte marcando las ondulaciones de un camino. Parecen marchar tras de un entierro, y en su ramaje ralo, que sombrea a intervalos la ruta polvorienta, hay un ascetismo. ¡Qué tristeza la suya, tan honda! Solos, abandonados, nadie acudirá a levantarlos si el huracán los derriba, ni los desembarazará de la cizaña, ni lavará el polvo calizo que mata su fronda, ni les dará un poco de agua cuando sus raíces, bajo el sol de agosto, mueran de sed. Nadie los defiende. El carretero cortará de ellos la vara que necesita para apalear su ganado, y al pie de su tronco los pastores, en las noches de invierno, encenderán la hoguera con que han de calentarse. Eucaliptus, higueras, álamos erectos, chopos llenos de gracia, acacias plateadas… no merece perdón el ingrato que arranque a vuestro ropaje una sola hoja. Si sois bellos y buenos, si dais hermosura al paisaje y salud al hombre, ¿quién exigirá más de vosotros?...».





lunes, 4 de abril de 2016

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (32)





Dejamos el relato a mediados de noviembre 1835, cuando Pedro de Alcántara Téllez Girón, príncipe de Anglona, era uno de los miembros del “Estamento de Ilustres Próceres”, nombre que recibió en nuestro país la cámara alta desde su creación en 1834 hasta la reforma de 1837. En entregas sucesivas iremos conociendo con cierto detalle el papel que Anglona desempeñó en esta cámara, de la que formará parte durante el resto de su vida exceptuando los años de gobierno progresista comprendidos entre 1837 y 1844. A su muerte, en 1851, ocupaba el cargo de vicepresidente por segunda legislatura consecutiva. En 1835 todavía podía sentarse en el salón de sesiones en compañía de su sobrino el XI duque de Osuna, el hermano mayor de Mariano fallecido en 1844, y enfrascarse en discusiones políticas con líderes progresistas como Mendizábal, recién nombrado presidente del Consejo de Ministros. Vamos a dejarlo allí y a retroceder un poco en el tiempo para dedicar algo de espacio, siempre menos del que merece, a la muerte de su madre, la célebre María Josefa, condesa-duquesa de Benavente y viuda del IX duque de Osuna. 
            Recordará el lector que en la entrega número 30 copiamos el contenido de la lápida que protege sus restos en el Panteón Ducal de la Colegiata de Osuna. Es el siguiente:

“Aquí yace la Excma. Sra. Dª. María Josefa Alonso Pimentel, condesa duquesa de Benavente, Gandía, Béjar y Arcos, viuda del Excmo. Sr. D. Pedro de Alcántara Téllez Girón, 9º duque de Osuna. Falleció en Madrid a 5 de octubre de 1834 y fue trasladada a este Panteón en 17 de Abril de 1849. R.I.P.”

La fecha de su muerte contenida en la lápida es la misma que recoge la condesa de Yebes en la página 286 de su obra La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas (Madrid, 1955). Sin embargo, en la página 55 de su célebre libro Riesgo y ventura del duque de Osuna (Madrid, 1959), Antonio Marichalar parece cometer un error al escribir 1833, pues el año 1834, reflejado tanto en la lápida como en la obra de Yebes, debe ser el acertado al acudir en su confirmación otras evidencias fiables, como, por ejemplo, la ficha referenciada con el número 328 de la sección “Documentos del Archivo de Rodríguez Marín” del ARCHIVO MUNICIPAL DE OSUNA, cuyo contenido, copiado a la letra, es el siguiente:

“Papeles de la testamentaría de la Condesa de Benavente, Doña María Josefa Pimentel, fallecida el 5 de Octubre de 1834 = Hay borradores de inventarios de bienes muebles, entre ellos de retratos y grabados =”.

En cuanto a la causa de su muerte, sabemos que durante el verano y el otoño de aquel año muchas poblaciones europeas, Madrid incluida, sufrieron una importante epidemia de cólera, pero no parece ser ese el motivo, al menos no hay constancia de ello. Su muerte llegó, sencillamente, porque tenía ochenta y tres años y a todos nos llega tarde o temprano. Al fin y al cabo, aun siendo condesa-duquesa de Benavente, duquesa de Arcos, de Béjar, de Gandía, etc., había padecido los mismos sufrimientos que conlleva la condición de madre, ya sea esta una humilde mujer del más humilde de los barrios o, como en este caso, la cabeza visible de una de las familias del país más favorecidas por la fortuna. Esto, que parece una perogrullada, no lo es tanto en su caso, pues, a pesar de contar con cientos de empleados domésticos, fue una mujer que se ocupó de sus hijos de manera física, cercana, cálida, afirmación que se apoya en las innumerables pruebas de ello que contiene su correspondencia privada y que la condesa de Yebes usó como materia prima para escribir su obra antes mencionada. En ella hace referencia a hechos notables de su vida ya divulgados, como la labor de mecenazgo que ejerció con pintores (Goya), escritores (Tomás Iriarte) y músicos (Mercadante, Boccherini o el mismísimo Haydn), todos de primera fila, y a otros que no llaman tanto la atención quizá por ser propios de cualquier madre, por no parecer extraordinarios. Para mí, sin embargo, lo son. Han de serlo si tenemos en cuenta la increíble actividad social que llevó a cabo durante toda su vida y la atención constante que prestó a todos los miembros de la familia. Quizá la intranquilidad que sentía por los suyos en aquellos convulsos años de la Regencia de María Cristina, de gran agitación y enfrentamiento social, precipitó el final de sus días.
(Continuará).


sábado, 19 de marzo de 2016

Amable multitud






Conozco una multitud de adultos inmóviles. Día y noche se mantienen en pie y con los brazos abiertos, dispuestos a estrecharte con calor. Son generosos y juego entre ellos todo el día, me dejan hacerlo. No me riñen, ni me persiguen bufanda en mano para que me abrigue porque empieza a hacer frío. Son dóciles y, a pesar de su inmovilidad —y gracias a ella—, grandes compañeros de juegos. Me escondo detrás de sus cuerpos, de sus mástiles de barcos veleros, anchos en su base y progresivamente estilizados hasta acabar en una aguja de milímetros de grosor. Sé que tienen unos primos, los mediterráneos, que tienen otro cuerpo, más copudo y más bajo... Estos me gustan más. Algunos, los más ancianos, son anchos como una casa y están llenos de antiguos recovecos donde alguna vez se ocultó un maqui o un simple bandolero. Ahora me oculto yo y siento las mismas intenciones transgresoras de sus antiguos ocupantes.
Toco sus cuerpos y noto cómo corre  por sus venas el río de la vida. Por ellas fluye lentamente un líquido cristalino que a veces se me pega al pelo, a los brazos, a las piernas o la ropa y en mi casa es motivo de riñas y advertencias. Vivo con adultos que sí se mueven y hablan pero no entienden a los niños y no juegan conmigo.
Una profundidad verde y matizada por haces de luz que caen desde el cielo envuelve a esta multitud inmóvil y cómplice. Me cuelgo de sus brazos y trepo por sus cuerpos dejándome invadir por la fragancia que brota de ellos. Observo a los picamaderos, pequeños pájaros de picos largos y afilados que repiquetean buscando alimento bajo los corchos de los troncos:    
—Toc       toctoctoc      toctoctoctoctoctoc   toctoctoc   toc toctoc.  
Allí, tendido entre sus brazos, me duermo a menudo dejándome arrullar por el sonoro silencio de la montaña.
A los pies de esta multitud vive otra multitud más de mi tamaño. Sobrevive de manera independiente o abrazada a los demás, como la yedra, ser inmundo, aprovechado, incapaz de medrar por sus propios medios, de crecer por sí solo, de destacar por su propias facultades. Su piel es de un verde más oscuro y brillante, como el de algunas serpientes, y se arrastra como ellas, silenciosa y tenaz.
Los días que no hay luna, con la llegada de la noche la multitud desaparece de mi vista. Se viste de negro y se puebla de sonidos ferinos y fantasmales. Como la roca desprendida de la montaña se precipita por la ladera, arrasando todo lo que encuentra a su paso, así progresa durante la noche el poderoso jabalí entre la multitud. Los dos cuchillos de su boca brillan a veces en la oscuridad como dos alfanjes morunos que flotaran sobre un telón negro, indicándome que no debo alejarme de la casa. Miro hacia arriba y comprendo por qué la Vía Láctea se llama láctea y por qué en Madrid nadie mira al cielo. A veces, una bola de fuego atraviesa el firmamento dejando, como efímero rastro de su paso, la música silenciosa de sus fragmentos perdidos. Y mi boca sonríe, agradecida.
Las noches de luna, después de su salida, la multitud vuelve a materializarse ante mis ojos. La Reina tarda en llegar. Durante el tiempo de espera la multitud y sus habitantes se duermen, pero su sueño es corto e intranquilo. Cuando empieza a verse por Oriente el cortejo luminoso que anuncia su llegada, ellos se desperezan y empiezan a moverse. Poco a poco, lenta y poderosa, la luna toma cuerpo sobre el perfil del horizonte, alarga las sombras de la multitud y revive a sus habitantes. Todo es ya un ir y venir de animales enfebrecidos, convertidos ahora en licántropos involuntarios que aúllan de doloroso placer. Esas noches me cuesta trabajo conciliar el sueño: no puedo contar estrellas.
Durante el día, la multitud es más amable. Hay tardes en las que me cuelgo por las piernas de uno de los brazos de esos adultos y me quedo allí horas y horas, dejando que mi cabeza se llene de su río cristalino, de su permisividad de abuelos tolerantes y bonachones.
Y me reencuentro. Y soy feliz.


miércoles, 16 de marzo de 2016

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (31)


(El Estamento de Próceres en su sesión inaugural; 1834)


Como ya dijimos en la entrega número 28, Anglona había sido nombrado Capitán General de Granada en noviembre de 1833. Unos meses después, el 6 de abril de 1834, justo antes de la promulgación del polémico y desestabilizador Estatuto Real —una constitución parcial otorgada por la monarquía que no satisfizo a nadie—, recibe un nombramiento de mayor responsabilidad aún: Capitán General de Andalucía. Este nuevo destino pondrá a prueba una vez más su capacidad de supervivencia. Corrían tiempos poco favorables al orden público. El país se encontraba inmerso ya en la guerra civil conocida como Primera Guerra Carlista y él, partidario declarado de la causa llamada cristina o isabelina, según se aludiese a la reina regente o a la reina niña, se encontraba en un puesto desde el que debía contribuir al sostenimiento del orden. Los doce años pasados desde el final del Trienio Liberal habían entibiado sus tendencias liberales y proconstitucionales y, aun siendo partidario de la apertura política, era consciente de sus responsabilidades y de la obligación de defender la legalidad vigente a la que le obligaba su puesto. En palabras de Germán Rueda Herranz,

“… la oposición progresista, que solicitaba la vuelta a la Constitución de 1812, se había lanzado de nuevo a la acción revolucionaria, que en esta ocasión corrió a cargo de la milicia urbana. Barcelona, Zaragoza, Málaga, Cádiz y otras ciudades generaron un movimiento que condujo a la constitución, en buena parte del país, de juntas locales o territoriales que asumieron el gobierno «revolucionario» de las respectivas zonas en el verano de 1835, previa sustitución de autoridades”.
(Historia de España. Historia política (1808-1874), Madrid, 2004, p. 191).

Así las cosas, a comienzos de septiembre de 1835, falto de tropa que siguiese sus órdenes debido a la necesidad de soldados que tenía la guerra, y a merced de la indisciplinada milicia urbana, tendrá que salir disfrazado de la ciudad hispalense para salvar la vida. Este es uno de los momentos de su vida en los que corrió mayor peligro y uno de tantos que la hacen atractiva y digna de ser novelada. El 11 de abril del mismo año, adivinando quizá lo que se le venía encima, había cursado a los máximos dirigentes civiles de su jurisdicción una orden escrita cuya referencia hemos localizado en la web del Patrimonio Bibliográfico Español. En dicha página sólo aparece el comienzo del documento, que dice así:

“A los señores gobernadores civiles de las provincias que componen este distrito digo hoy lo siguiente: las circunstancias extraordinarias en que se halla por desgracia la nación han sido causa de que al tiempo de promulgarse la ley de organización de la milicia urbana use el gobierno de la facultad que le concede el articulo provisional de la misma para que esta institución esencialmente civil, quede por ahora sujeta al Ministerio de la Guerra”.

El documento alude al Reglamento de la Milicia Urbana publicado en marzo de 1835 y del cual aparece un extracto en el libro de Irene Castells y Antonio Moliner titulado Crisis del Antiguo Régimen y Revolución Liberal en España (1789-1845), (Barcelona, 2000, pp. 140-141).
De vuelta a Madrid, presentó su dimisión del cargo, que le fue aceptada oficialmente en el mismo mes de septiembre, y, libre por el momento de destinos que le alejasen de la corte, pudo ocupar el asiento que le correspondía en el Estamento de Próceres del Reino, cámara alta creada en el Estatuto Real ya mencionado y que no recibirá el nombre de Senado hasta la aprobación de la Constitución de 1837. En esta primera versión del Senado tenían derecho a ocupar asiento los Arzobispos, Obispos, Grandes de España, Títulos de Castilla y otros componentes de las clases privilegiadas que cumplieran todos los requisitos especificados en los artículos comprendidos en el título II del Estatuto Real. Anglona los cumplía y pudo hacer uso de su derecho a formar parte de aquella asamblea, de la que también formaban parte su sobrino el XI duque de Osuna y el general Castaños, a cuyas órdenes había combatido casi treinta años antes en la Batalla de Bailén. Como era de esperar de su disposición y carácter, tomó parte activa en la celebración de las sesiones. Sus menciones en el Diario de Sesiones de la Cortes son continuas. En la sesión celebrada el jueves 12 de noviembre de 1835, a poco de tomar posesión efectiva de su escaño, fue elegido presidente de la Comisión de reconocimiento de títulos y documentos.
(Continuará).