lunes, 9 de noviembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (24)



Sala del Museo del Romanticismo. (Madrid)


Don Marcelino Menéndez Pelayo, colega y protector de Rodríguez Marín, dejó escrito en una de sus obras más célebres que la sociedad patriótica presidida por Anglona, llamada Los amigos de la Constitución, “nada hizo ni sirvió para nada” (Historia de los Heterodoxos Españoles, Madrid, 1987; vol. II, pág. 756). Sin embargo, los autores contemporáneos de nuestro protagonista no opinan lo mismo. Este es el caso de Alcalá Galiano en sus Memorias, publicadas por su hijo en 1886, y del anónimo autor de Examen crítico de las revoluciones de España de 1820 a 1823 y de 1836 (París, 1837). Ambos coinciden en destacar la importancia que tuvo una representación al mismo Fernando VII redactada, según afirman, por algún miembro de la sociedad patriótica y firmada por muchos de sus compañeros. Dicha representación —“súplica o proposición motivada que se hace a los Príncipes y superiores” (Diccionario de Autoridades)—, consistía en una crítica a la labor de los ministros y llegó a manos del monarca en diciembre de 1820, un momento muy delicado porque el mes anterior había tenido lugar lo que Tuñón de Lara califica de intento de golpe de estado por parte del mismo rey Fernando, el cual había nombrado “al general Carvajal capitán general de Castilla la Nueva sin contar con los ministros” (La España del siglo XIX, Madrid, 2000; vol. I, pág. 78). La representación tuvo un efecto negativo sobre la sociedad patriótica. Veamos cómo se cuenta en la página 24 de la obra ya citada Examen crítico de las revoluciones de España de 1820 a 1823 y de 1836:

“Es tambien muy notable que, mientras que en el club de la Cruz de Malta [nombre del café donde se reunía la sociedad] se declamó contra el monarca y se predicó la insurreccion, las autoridades no hicieron alto en aquellos escandalos, ni intentaron reprimirlos; pero así que se estendió [sic] contra los ministros la representacion que queda citada, se tomaron medidas para disolver el club, y por fin se desplegó todo el aparato de la fuerza armada, y el cafe de la Cruz de Malta se cerró á la hora en que solia reunirse la sociedad patriotica.”

Más adelante volvió a abrir sus puertas y, junto con la Fontana de Oro, representó un papel muy importante en la escena política. Pérez Galdós hace referencia a él en su novela La Fontana de Oro, exactamente en los capítulos XXVI y XXXII. Estaba situado en la calle del Caballero de Gracia, entre Montera y Alcalá. Cerró sus puertas definitivamente a principios de la década de 1830.
Aquellos años del Trienio Liberal no fueron fáciles para nadie. El adjetivo liberal no debe engañarnos en este caso: disfraza una realidad muy distinta a la que podía esperarse según la mentalidad general actual y la idea que el lector medio del siglo XXI pueda tener de su significado, de espectro muy amplio. Como prueba de ello, veamos a continuación algunos fragmentos de un edicto que, afortunadamente, se salvó de la quema sistemática de los documentos oficiales de estos años y Artola ha reproducido en la Historia de España Menéndez Pidal (Madrid, 1992; vol. XXXII, pág. 704). Dicho documento, el contenido de una ley decretada por las Cortes, fue expedido por el Gobierno Político de la provincia de Sevilla a todos los ayuntamientos de su jurisdicción. Está fechado en Sevilla el 7 de mayo de 1821 y, entre otros artículos, comprende los siguientes:

“Art. 1º. Cualquiera persona de cualquier clase y condición que sea, que conspirase directamente y de hecho á trastornar, ó destruir ó alterar la Constitución política de la Monarquía española, ó el Gobierno monárquico moderado hereditario que la misma Constitución establece, ó á que se confundan en una persona ó cuerpo las potestades legislativas, ejecutiva y judicial, ó á que se radiquen en otras corporaciones ó individuos, será perseguida como traidor, y condenada á muerte.
Art.2º. El que conspirase directamente y de hecho á establecer otra religión en la España, ó á que la Nación española deje de profesar la Religión católica, apostólica romana, será perseguido también como traidor y sufrirá la pena de muerte. Los demás delitos que se cometan contra la Religión serán castigados con las penas prescritas, ó que se prescribieren por la leyes. […]
Art.17º. Cualquiera que impidiese ó conspirase directamente y de hecho á impedir la celebración de las Córtes [sic], ordinarias ó extraordinarias en las épocas y casos señalados por la Constitución, ó hiciese alguna tentativa para disolverlas ó embarazar sus sesiones y deliberaciones, será perseguido como traidor, y condenado á muerte”. 

Tras la restauración del régimen absolutista en 1823, los liberales fueron buscados con auténtico rencor. Gracias al testimonio del ilustre ursaonés García Blanco, sabemos que la familia de este olvidado hebraísta salvó la vida mediante la generosa protección de los Cepeda, en cuya casa de la calle de la Huerta de Osuna—sede hasta hace unos años de los Juzgados —, pasó todo el verano refugiada de la violencia de los incontrolados. En cuanto a Anglona, según la condesa de Yebes en su libro ya citado, a principios de junio de 1823 se encontraba en Sanlúcar de Barrameda a punto de embarcar rumbo al exilio. A la luz de los últimos descubrimientos documentales, en especial una lápida sepulcral, María del Rosario Fernández de Santillán, su esposa, no le acompañaría al exilio en un primer momento al menos, pues en el mes de noviembre de ese mismo año dio a luz en Madrid a una niña, que fue bautizada en la Almudena con el nombre de Cándida.
(Continuará).

jueves, 22 de octubre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (23)



La marquesa de Alcañices



En este artículo vamos a abandonar el relato lineal de la vida de Anglona para avanzar unos cuantos años, veintitrés para ser exactos, licencia que nos permite comentar de manera adecuada la ilustración que lo encabeza; más adelante volveremos a la narración en el punto que la dejamos.
Nos encontramos a mediados de agosto de 1844. Nuestro príncipe de Anglona está a punto de cumplir cincuenta y ocho años. Para la época, y teniendo en cuenta la vida un tanto azarosa e incluso llena de privaciones que había llevado en algunos momentos, su edad es la de una persona ya en la vejez; de hecho, vivirá sólo seis años más. En ese momento, el titular de la Casa de Osuna es su sobrino Pedro de Alcántara Téllez Girón y Beaufort, XI duque de Osuna. Lleva el nombre de su tío el Príncipe y de su abuelo paterno, el IX duque de Osuna, y ha cumplido ya treinta y cuatro años. Aún no ha contraído matrimonio, ni siquiera está prometido. En sus círculos íntimos es sabido el amor no correspondido que siente hacia una prima hermana suya, una hija de Joaquina Téllez-Girón y Alonso Pimentel y de José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein, marqués de Santa Cruz. Se llama Inés y fue retratada por Garrois en 1821, a la edad de 15 años, precisamente en la miniatura que encabeza el artículo. A decir de los escritores que la conocieron, en 1844 su belleza seguía inalterada, por lo que podemos imaginarla perfectamente a esa época. El amor del Duque por ella, que ha sido siempre platónico, ahora, además, es imposible por una fatalidad: Inés ya es una señora casada, la mujer de Nicolás de Ossorio y Zayas, marqués de Alcañices. Pero el romanticismo está de moda, y el duque de Osuna es romántico por naturaleza, no como una pose o de manera afectada o falsa. Zorrilla acaba de estrenar Don Juan Tenorio en marzo de ese mismo año y su principal personaje femenino se llama precisamente Inés.
Como cuenta Antonio Marichalar en su famosa obra titulada Riesgo y ventura del duque de Osuna, ese caluroso día de mediados de agosto el Duque no se siente muy bien y, una vez en El Capricho, adonde ha llegado desde Madrid, ordena que no se le moleste, que no está para nadie. Invadido por la melancolía, pasea solo por su más querida posesión, un lugar de gran valor afectivo por haber sido muy feliz en ella en compañía de su abuela, la madre de Anglona. De repente, oye a lo lejos el tintineo producido por un coche de caballos que identifica claramente como el de su prima Inés quien, en contra de su previsión más optimista, había ido a visitarlo. Comprende que se le ha dicho que el Duque no recibe y, desesperado, comienza una inútil carrera tras el coche bajo el sofocante calor de aquel día del mes de agosto. El polvo que levanta el carruaje le impide ver y ser visto, el ruido que producen arneses, ruedas, cascabeles y caballos ahoga sus gritos y, finalmente, exhausto, agotada su naturaleza, cae fulminado por un derrame cerebral. Trasladado a su casa palacio de la calle de Leganitos, morirá unos días después. Hereda el título su hermano Mariano, el famoso Duque amante del despilfarro. Ya ven, en definitiva, si la mujer cuyo retrato acompaña el artículo es importante para la historia de Osuna, y aun de España. Nada más lejos de mi intención que considerarla responsable del ascenso de Mariano: no podemos culpar a la rosa de ser tan bella ni de despertar las pasiones que despierta. Pedro, el XI Duque, fue un hombre alto y apuesto a juzgar por el retrato suyo pintado en 1833 por Valentín Calderera y conservado en el Museo del Romanticismo de Madrid —con una cartela, por cierto, inexacta, que lo identifica como Mariano—, y una persona, según sus contemporáneos, amante de la cultura, sensible a la música y muy dotada para el ejercicio de las artes. Lástima que muriera tan joven y sin descendencia. La cartela reza como sigue:

“Valentín Carderera y Solano, Mariano Téllez Girón, XII Duque de Osuna.
Óleo sobre lienzo. ca. 1833”

Mariano no sería duque hasta la muerte de su hermano, hasta 1844. En cualquier caso, la atribución de la identidad del retratado a uno de los dos hermanos continúa en el aire. Este es el retrato al que nos referimos.


Imagen tomada de ceres.mcu.es


Mariano llegó a estar casi comprometido con otra prima, una hija de la marquesa de Camarasa, la mayor de las hermanas de Anglona, compromiso que, a juzgar por la lectura de El duque de Osuna embajador en Rusia, de Federico Oliván (Madrid, 1949, págs. 14 y 15), había acabado por romper el futuro Duque en 1841. No me resisto a copiar aquí el contenido de la última carta que le escribiera su desilusionada pero realista prima:

“Por la estafeta pasada recibí, Mariano, una carta tuya, la cual me llenó de pena, aunque no de admiración, pues siempre estaba prevenida para sufrir este mal porte que has tenido conmigo. Una sola gloria tengo, y es el no haber merecido nunca que el fin de nuestras relaciones fuera éste. Pero, en fin, ya no hay remedio. Todo, todo se ha acabado. Procuraré olvidarte como tú me has olvidado a mí. Y sólo tengo ya que decirte en esta última carta que te escribo, que deseo seas más feliz que tu prima Ángela”.

Para finalizar el artículo, voy a tomar prestadas las palabras que Mesonero Romanos dedica en la página 303 de su obra El antiguo Madrid (Madrid, 1861) a la residencia ducal de la calle Leganitos, donde falleció el XI Duque:

“Esta casa de gran suntuosidad, aunque muy deteriorada, ha tenido en nuestros tiempos varios usos, tales como fábricas y talleres, teatros caseros, y otros, además de estar ocupada en gran parte por la magnífica biblioteca del señor Duque propietario, hasta que últimamente fue trasladada á la del Infantado en las Vistillas”.

Estaba situada en la parte más alta de esta céntrica calle madrileña, en su extremo opuesto a la Plaza de España. Si pasean por la ciudad, no busquen la casa: fue demolida hace años y de ella sólo queda el aroma de la Historia.
(Continuará).






martes, 6 de octubre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (22)


(Ejemplar de la Biblioteca de la 
Universidad de Sevilla. 
Sign.: A.Guichot 0521)



El artículo anterior estuvo dedicado a la actividad de Pedro Téllez-Girón como director del Museo del Prado, el segundo de la historia de esta institución. Hoy vamos a acercarnos un poco a su actuación política durante el mismo periodo (1820-1823), muy comprometida con el sector moderado del partido liberal.
La dirección del Museo del Prado, denominado entonces Real Museo de Pintura y Escultura, era un cargo casi inocuo desde el punto de vista político, un cometido que podía comprometer poco su situación personal llegado el caso de una restauración de la monarquía absoluta, algo que acabó siendo una realidad en el verano de 1823. Sin embargo, Anglona llamaría también la atención por sus actividades proconstitucionales. Prueba de ello son dos textos que figuran en el catálogo colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español:

Discurso pronunciado por el Príncipe de Anglona presidente de la Sociedad Constitucional, celebrando el aniversario del restablecimiento de la Constitución política de esta Monarquía en el día 19 de marzo de 1922 / por el Principe de Anglona. Madrid, Imprenta de don León Amarita, Carrera de S. Francisco, 1, 1822.
Este discurso aparece en algunos lugares como publicado en Madrid en 1825, algo que resulta difícil de creer. La publicación de un texto en defensa de la Constitución en el mismo Madrid, o en cualquier lugar de España, y en plena Década Ominosa no se explicaría a no ser que tanto el impresor como el autor tuvieran tendencia suicidas, y creo que este no era el caso. Si alguno de los lectores siente en su interior el llamado de la vocación investigadora, tan necesario, y vive cerca de las instituciones donde se encuentran las bibliotecas que conservan ejemplares de este discurso, todas en Madrid  —la Biblioteca Nacional de España, la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación—, puede comprobar por sí mismo si existe algún error en la fecha de 1825, pero todo apunta a que sí.

Discurso pronunciado en la Sociedad Constitucional por su Presidente el Príncipe de Anglona el dia 15 de julio de 1822, en que se celebró el aniversario del Juramento de la CONSTITUCIÓN hecho por S.M. en las Cortes en 9 de julio de 1820 / por el Principe de Anglona, Madrid, Imprenta de don León Amarita, Plazuela de Santiago, 1822).
            Este es el segundo de los textos aludidos.

Aún no he podido conseguir los discursos, pero puede asegurarse que no serían del agrado de los partidarios del absolutismo. Sólo así se explica el exilio de Anglona tras la invasión francesa de 1823. De no haberse exiliado, podría habérsele aplicado la sanción prevista por el Real Decreto de 9 de octubre de 1824 que no era otra que la pena de muerte para todo aquel que, simplemente, hubiera gritado “¡Viva la Constitución!”, sin “poder esgrimir atenuantes como la embriaguez” (Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XIX, Madrid, 2000; vol. I, pág. 91). La “Sociedad Constitucional” a la que aluden los títulos de los discursos debe tratarse de una mencionada por Marcelino Menédez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles (Madrid, 1987; vol. II, págs. 755 y 756), donde puede leerse:

“Para mayor desconcierto, y como si nadie acertara por entonces a gobernar sino por el tortuoso camino de las sombras y del misterio, hasta a los liberales moderados y enemigos de la anarquía, a los que meditaban una reforma de la Constitución, a los Martínez de la Rosa, Toreno, Felíu y Cano Manuel, se atribuyó el haber formado, bajo la presidencia del príncipe de Anglona, una sociedad semisecreta, que se llamó de Los Amigos de la Constitución.”

Celebraban las reuniones en el conocido Café de la Cruz de Malta, escenario por aquellos días de reuniones y discursos que contribuyeron a cambiar la historia de nuestro país, algo parecido a lo ocurrido en el célebre Café de la Fontana de Oro, popularizado por la novela de Galdós. Ya hablaremos de ello en próximas entregas.
(Continuará).



domingo, 27 de septiembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (21)



(Eros y Psique, o Psique revivida por el beso de Eros, de
Antonio Canova. Imagen tomada de musee.louvre.fr)



El 19 de noviembre de 1819 abría sus puertas el Real Museo de Pintura. Aquel importante logro cultural había sido fruto de varios hechos anteriores: la formación, gracias a un proceso de varios siglos, y dentro de la Casa Real, de una de las más importantes colecciones de arte del mundo; la creación del Museo del Louvre (1793); el intento de José I de realizar algo parecido en Madrid (1809) y, por último, la voluntad de una mujer, María Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII desde 1816. María Isabel convenció a su marido para que reuniera la colección, dispersa por los distintos palacios, y permitiera su contemplación pública. Además, el Rey dedicaría de su "propio" dinero 24.000 reales mensuales a la reparación del edificio donde iba a exponerse, muy dañado por guerras y expolios y necesitado de una inversión de 7.000.000 de reales. (Pedro de Madrazo, Catálogo de los cuadros del Real Museo de Pintura y Escultura de S.M. (Madrid, 1843; pág. VIII). Desgraciadamente, aquella muchacha joven, sensible y creativa, la principal responsable de la existencia del Museo del Prado, denominación que la pinacoteca recibiría con posterioridad, murió de parto dos años después de su matrimonio y no vería abiertas sus puertas.
            Para el cargo de director había resultado elegido un cuñado de Anglona, José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein, marqués de Santa Cruz, aquel que casara con Joaquina Téllez-Girón en 1801. El Pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan tuvo como lógica consecuencia el cambio de puestos en la administración, entre ellos el ocupado por Santa Cruz, cargo para el que fue designado el 9 de abril de 1820 nada menos que nuestro protagonista. Durante su gestión al frente del Museo (1820-1823), el número de obras expuestas pasó de las 311 iniciales a 512, número que en la actualidad, septiembre de 2015, y según puede leerse en museodelprado.es, asciende a algo más de 1.300, aunque el número total de obras propiedad del Museo sea de 21.600 sumados pinturas, escultura, estampas y dibujos: las limitaciones espaciales y los criterios expositivos actuales, partidarios de dejar mucho mayor espacio en los muros entre obra y obra, son los responsables de este estado de cosas. En cualquier caso, a la vista de la forma en que se exponían las obras en los comienzos del museo, creo que no se pueden dejar de aplaudir esos cambios de criterio.


(Imagen del Museo del Prado tomada alrededor
de 1860 por J. Laurent y Cía. www.museodelprado.es) 



La apertura del museo fue una decisión ciertamente democratizante y liberal, poco acorde con una monarquía como la de Fernando VII durante el Sexenio Absolutista. Hasta entonces, pocas y privilegiadas eran las personas que habían podido contemplar los cuadros. Algunas, sin embargo, habían llegado a poseer reproducciones de ellos. Tal era el caso de los Silva-Bazán, Téllez-Girón y Álvarez de Toledo, como demuestra este documento que hemos localizado en la sección Documentos del archivo de Rodríguez Marín del Archivo Municipal de Osuna, exactamente el referenciado con los números 516-61, y cuya ficha, copiada a la letra, es como sigue: “Oficio del Conde de Floridablanca al Marqués de Santa Cruz y á los Duques de Osuna y de Alba autorizando para formar una colección de estampas que representen los cuadros de la Galería de Palacio = San Lorenzo, 16 de noviembre de 1789 = Hay algún otro papel relacionado con dicho particular”.  
Sin duda, y razones políticas aparte, la elección para el puesto de Pedro de Alcántara Téllez-Girón fue acertada por su educación y su sensibilidad artística, un componente de su personalidad que tendrá gran protagonismo a lo largo de su vida.  En la página 7 de la Biografía del Excmo. Sr. D. Pedro Tellez Girón, Principe de Anglona (Madrid, 1851) redactada por el Marqués de Miraflores, obra a la que ya nos hemos referido en diversas ocasiones, en relación al servicio de armas que Anglona realizó en Italia desde 1801 a 1807, el autor escribe que fue allí donde se enamoró de las artes, “á las que desde entonces dedicó toda su afición con el caluroso entusiasmo propio de la juventud y de su alma fuego”. El mismo autor recoge su estancia en Pisa, Venecia, Roma y su asidua presencia en talleres de artistas de la talla de Antonio Cánova (1757-1822), el conocido escultor de Paulina Borghese o de Eros y Psique. Una vez en el cargo de director del nuevo Museo, Anglona, en una línea muy propia de un Grande de España y de un Osuna, dedicó de su bolsillo exactamente la misma cantidad que el rey Fernando al mantenimiento de la pinacoteca: 24.000 reales mensuales. (Enciclopedia Espasa, ed. de 1928; entrada TÉLLEZ GIRÓN Y PIMENTEL, PEDRO DE ALCÁNTARA). Por la parte real, dicho cantidad provenía del “bolsillo secreto” del monarca.
En cuanto a la documentación que pueda existir en los archivos sobre el periodo de  dirección de Anglona, los servicios de “Biblioteca, Archivo y Documentación” del Museo del Prado se encuentran, desde el año 2009, ubicados en el Casón del Buen Retiro, cuya fachada este mira a la entrada principal del Parque del Retiro, en la calle Alfonso XII. Los interesados en ampliar los conocimientos sobre la vida de Anglona deben saber que en dicho archivo se encuentran apenas seis unidades documentales referidas a él, y sólo una de ellas pertenece a su época de director. Según parece, el grueso de la documentación del Museo durante la época inicial se encuentra depositado en el Archivo General de Palacio, en el Palacio de Oriente mismo, depósito documental que espero poder visitar dentro de no mucho tiempo. En cuanto a los documentos que he localizado en el Casón del Buen Retiro —cuyo personal me atendió con gran amabilidad a pesar de encontrarse sobrecargado de trabajo—, cinco de ellos son cartas provenientes del legado que realizó la familia Madrazo, muy relacionada de siempre con el Prado. Dicho legado, según tengo entendido, consiste principalmente en cartas intercambiadas por Federico de Madrazo y Kuntz, director del Prado entre 1860 y 1868 y prolífico escritor epistolar, con distintos personajes de la época, entre los cuales se encuentran tanto el Príncipe de Anglona como María del Rosario Fernández de Santillán y Valdivia, su viuda. Para terminar la entrega de hoy, paso a copiarles el contenido de la carta remitida a Federico por esta última, documento que aparece sin fecha pero debe ser datado entre 1851, año del fallecimiento de Anglona, y 1857, año de la muerte de María del Rosario. Dicho documento se encuentra en el Archivo del Museo del Prado referenciado con la signatura AP: 11/Nº Exp. 37.

“Sr Dn Federico Madrazo:
Mui Sr mio: envio á Vm 6 litografias del excelente retrato qe tubo la complacencia de hacer de mi Marido, Q.E.P.D., y ahora espero me hará Vm el fabor de admitir esa pequeña memoria qe le he traído de Londres.
Su mui afecta Servidora
Q.B.S.M.
La Psa de Anglona”.

            El retrato al que se refiere la princesa de Anglona había sido realizado en 1850. Espero conseguir alguna vez una buena fotografía del mismo. Por ahora sólo puedo compartir con el lector la imagen de una de sus litografías, publicada por Joaquín Ezquerra del Bayo en su obra Retratos de la familia Téllez-Girón. Novenos duques de Osuna (Madrid,1934; Lám. LI). Quizá habría que buscar en la documentación conservada en el Museo del Romanticismo de Madrid, donde existen varios retratos de miembros de la familia Téllez-Girón: los archivos contienen auténticas joyas por descubrir.

(El príncipe de Anglona, Federico de 
Madrazo, 1850).


(Continuará).