jueves, 22 de octubre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (23)



La marquesa de Alcañices



En este artículo vamos a abandonar el relato lineal de la vida de Anglona para avanzar unos cuantos años, veintitrés para ser exactos, licencia que nos permite comentar de manera adecuada la ilustración que lo encabeza; más adelante volveremos a la narración en el punto que la dejamos.
Nos encontramos a mediados de agosto de 1844. Nuestro príncipe de Anglona está a punto de cumplir cincuenta y ocho años. Para la época, y teniendo en cuenta la vida un tanto azarosa e incluso llena de privaciones que había llevado en algunos momentos, su edad es la de una persona ya en la vejez; de hecho, vivirá sólo seis años más. En ese momento, el titular de la Casa de Osuna es su sobrino Pedro de Alcántara Téllez Girón y Beaufort, XI duque de Osuna. Lleva el nombre de su tío el Príncipe y de su abuelo paterno, el IX duque de Osuna, y ha cumplido ya treinta y cuatro años. Aún no ha contraído matrimonio, ni siquiera está prometido. En sus círculos íntimos es sabido el amor no correspondido que siente hacia una prima hermana suya, una hija de Joaquina Téllez-Girón y Alonso Pimentel y de José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein, marqués de Santa Cruz. Se llama Inés y fue retratada por Garrois en 1821, a la edad de 15 años, precisamente en la miniatura que encabeza el artículo. A decir de los escritores que la conocieron, en 1844 su belleza seguía inalterada, por lo que podemos imaginarla perfectamente a esa época. El amor del Duque por ella, que ha sido siempre platónico, ahora, además, es imposible por una fatalidad: Inés ya es una señora casada, la mujer de Nicolás de Ossorio y Zayas, marqués de Alcañices. Pero el romanticismo está de moda, y el duque de Osuna es romántico por naturaleza, no como una pose o de manera afectada o falsa. Zorrilla acaba de estrenar Don Juan Tenorio en marzo de ese mismo año y su principal personaje femenino se llama precisamente Inés.
Como cuenta Antonio Marichalar en su famosa obra titulada Riesgo y ventura del duque de Osuna, ese caluroso día de mediados de agosto el Duque no se siente muy bien y, una vez en El Capricho, adonde ha llegado desde Madrid, ordena que no se le moleste, que no está para nadie. Invadido por la melancolía, pasea solo por su más querida posesión, un lugar de gran valor afectivo por haber sido muy feliz en ella en compañía de su abuela, la madre de Anglona. De repente, oye a lo lejos el tintineo producido por un coche de caballos que identifica claramente como el de su prima Inés quien, en contra de su previsión más optimista, había ido a visitarlo. Comprende que se le ha dicho que el Duque no recibe y, desesperado, comienza una inútil carrera tras el coche bajo el sofocante calor de aquel día del mes de agosto. El polvo que levanta el carruaje le impide ver y ser visto, el ruido que producen arneses, ruedas, cascabeles y caballos ahoga sus gritos y, finalmente, exhausto, agotada su naturaleza, cae fulminado por un derrame cerebral. Trasladado a su casa palacio de la calle de Leganitos, morirá unos días después. Hereda el título su hermano Mariano, el famoso Duque amante del despilfarro. Ya ven, en definitiva, si la mujer cuyo retrato acompaña el artículo es importante para la historia de Osuna, y aun de España. Nada más lejos de mi intención que considerarla responsable del ascenso de Mariano: no podemos culpar a la rosa de ser tan bella ni de despertar las pasiones que despierta. Pedro, el XI Duque, fue un hombre alto y apuesto a juzgar por el retrato suyo pintado en 1833 por Valentín Calderera y conservado en el Museo del Romanticismo de Madrid —con una cartela, por cierto, inexacta, que lo identifica como Mariano—, y una persona, según sus contemporáneos, amante de la cultura, sensible a la música y muy dotada para el ejercicio de las artes. Lástima que muriera tan joven y sin descendencia. La cartela reza como sigue:

“Valentín Carderera y Solano, Mariano Téllez Girón, XII Duque de Osuna.
Óleo sobre lienzo. ca. 1833”

Mariano no sería duque hasta la muerte de su hermano, hasta 1844. En cualquier caso, la atribución de la identidad del retratado a uno de los dos hermanos continúa en el aire. Este es el retrato al que nos referimos.


Imagen tomada de ceres.mcu.es


Mariano llegó a estar casi comprometido con otra prima, una hija de la marquesa de Camarasa, la mayor de las hermanas de Anglona, compromiso que, a juzgar por la lectura de El duque de Osuna embajador en Rusia, de Federico Oliván (Madrid, 1949, págs. 14 y 15), había acabado por romper el futuro Duque en 1841. No me resisto a copiar aquí el contenido de la última carta que le escribiera su desilusionada pero realista prima:

“Por la estafeta pasada recibí, Mariano, una carta tuya, la cual me llenó de pena, aunque no de admiración, pues siempre estaba prevenida para sufrir este mal porte que has tenido conmigo. Una sola gloria tengo, y es el no haber merecido nunca que el fin de nuestras relaciones fuera éste. Pero, en fin, ya no hay remedio. Todo, todo se ha acabado. Procuraré olvidarte como tú me has olvidado a mí. Y sólo tengo ya que decirte en esta última carta que te escribo, que deseo seas más feliz que tu prima Ángela”.

Para finalizar el artículo, voy a tomar prestadas las palabras que Mesonero Romanos dedica en la página 303 de su obra El antiguo Madrid (Madrid, 1861) a la residencia ducal de la calle Leganitos, donde falleció el XI Duque:

“Esta casa de gran suntuosidad, aunque muy deteriorada, ha tenido en nuestros tiempos varios usos, tales como fábricas y talleres, teatros caseros, y otros, además de estar ocupada en gran parte por la magnífica biblioteca del señor Duque propietario, hasta que últimamente fue trasladada á la del Infantado en las Vistillas”.

Estaba situada en la parte más alta de esta céntrica calle madrileña, en su extremo opuesto a la Plaza de España. Si pasean por la ciudad, no busquen la casa: fue demolida hace años y de ella sólo queda el aroma de la Historia.
(Continuará).






martes, 6 de octubre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (22)


(Ejemplar de la Biblioteca de la 
Universidad de Sevilla. 
Sign.: A.Guichot 0521)



El artículo anterior estuvo dedicado a la actividad de Pedro Téllez-Girón como director del Museo del Prado, el segundo de la historia de esta institución. Hoy vamos a acercarnos un poco a su actuación política durante el mismo periodo (1820-1823), muy comprometida con el sector moderado del partido liberal.
La dirección del Museo del Prado, denominado entonces Real Museo de Pintura y Escultura, era un cargo casi inocuo desde el punto de vista político, un cometido que podía comprometer poco su situación personal llegado el caso de una restauración de la monarquía absoluta, algo que acabó siendo una realidad en el verano de 1823. Sin embargo, Anglona llamaría también la atención por sus actividades proconstitucionales. Prueba de ello son dos textos que figuran en el catálogo colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español:

Discurso pronunciado por el Príncipe de Anglona presidente de la Sociedad Constitucional, celebrando el aniversario del restablecimiento de la Constitución política de esta Monarquía en el día 19 de marzo de 1922 / por el Principe de Anglona. Madrid, Imprenta de don León Amarita, Carrera de S. Francisco, 1, 1822.
Este discurso aparece en algunos lugares como publicado en Madrid en 1825, algo que resulta difícil de creer. La publicación de un texto en defensa de la Constitución en el mismo Madrid, o en cualquier lugar de España, y en plena Década Ominosa no se explicaría a no ser que tanto el impresor como el autor tuvieran tendencia suicidas, y creo que este no era el caso. Si alguno de los lectores siente en su interior el llamado de la vocación investigadora, tan necesario, y vive cerca de las instituciones donde se encuentran las bibliotecas que conservan ejemplares de este discurso, todas en Madrid  —la Biblioteca Nacional de España, la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación—, puede comprobar por sí mismo si existe algún error en la fecha de 1825, pero todo apunta a que sí.

Discurso pronunciado en la Sociedad Constitucional por su Presidente el Príncipe de Anglona el dia 15 de julio de 1822, en que se celebró el aniversario del Juramento de la CONSTITUCIÓN hecho por S.M. en las Cortes en 9 de julio de 1820 / por el Principe de Anglona, Madrid, Imprenta de don León Amarita, Plazuela de Santiago, 1822).
            Este es el segundo de los textos aludidos.

Aún no he podido conseguir los discursos, pero puede asegurarse que no serían del agrado de los partidarios del absolutismo. Sólo así se explica el exilio de Anglona tras la invasión francesa de 1823. De no haberse exiliado, podría habérsele aplicado la sanción prevista por el Real Decreto de 9 de octubre de 1824 que no era otra que la pena de muerte para todo aquel que, simplemente, hubiera gritado “¡Viva la Constitución!”, sin “poder esgrimir atenuantes como la embriaguez” (Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XIX, Madrid, 2000; vol. I, pág. 91). La “Sociedad Constitucional” a la que aluden los títulos de los discursos debe tratarse de una mencionada por Marcelino Menédez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles (Madrid, 1987; vol. II, págs. 755 y 756), donde puede leerse:

“Para mayor desconcierto, y como si nadie acertara por entonces a gobernar sino por el tortuoso camino de las sombras y del misterio, hasta a los liberales moderados y enemigos de la anarquía, a los que meditaban una reforma de la Constitución, a los Martínez de la Rosa, Toreno, Felíu y Cano Manuel, se atribuyó el haber formado, bajo la presidencia del príncipe de Anglona, una sociedad semisecreta, que se llamó de Los Amigos de la Constitución.”

Celebraban las reuniones en el conocido Café de la Cruz de Malta, escenario por aquellos días de reuniones y discursos que contribuyeron a cambiar la historia de nuestro país, algo parecido a lo ocurrido en el célebre Café de la Fontana de Oro, popularizado por la novela de Galdós. Ya hablaremos de ello en próximas entregas.
(Continuará).



domingo, 27 de septiembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (21)



(Eros y Psique, o Psique revivida por el beso de Eros, de
Antonio Canova. Imagen tomada de musee.louvre.fr)



El 19 de noviembre de 1819 abría sus puertas el Real Museo de Pintura. Aquel importante logro cultural había sido fruto de varios hechos anteriores: la formación, gracias a un proceso de varios siglos, y dentro de la Casa Real, de una de las más importantes colecciones de arte del mundo; la creación del Museo del Louvre (1793); el intento de José I de realizar algo parecido en Madrid (1809) y, por último, la voluntad de una mujer, María Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII desde 1816. María Isabel convenció a su marido para que reuniera la colección, dispersa por los distintos palacios, y permitiera su contemplación pública. Además, el Rey dedicaría de su "propio" dinero 24.000 reales mensuales a la reparación del edificio donde iba a exponerse, muy dañado por guerras y expolios y necesitado de una inversión de 7.000.000 de reales. (Pedro de Madrazo, Catálogo de los cuadros del Real Museo de Pintura y Escultura de S.M. (Madrid, 1843; pág. VIII). Desgraciadamente, aquella muchacha joven, sensible y creativa, la principal responsable de la existencia del Museo del Prado, denominación que la pinacoteca recibiría con posterioridad, murió de parto dos años después de su matrimonio y no vería abiertas sus puertas.
            Para el cargo de director había resultado elegido un cuñado de Anglona, José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein, marqués de Santa Cruz, aquel que casara con Joaquina Téllez-Girón en 1801. El Pronunciamiento de Riego en las Cabezas de San Juan tuvo como lógica consecuencia el cambio de puestos en la administración, entre ellos el ocupado por Santa Cruz, cargo para el que fue designado el 9 de abril de 1820 nada menos que nuestro protagonista. Durante su gestión al frente del Museo (1820-1823), el número de obras expuestas pasó de las 311 iniciales a 512, número que en la actualidad, septiembre de 2015, y según puede leerse en museodelprado.es, asciende a algo más de 1.300, aunque el número total de obras propiedad del Museo sea de 21.600 sumados pinturas, escultura, estampas y dibujos: las limitaciones espaciales y los criterios expositivos actuales, partidarios de dejar mucho mayor espacio en los muros entre obra y obra, son los responsables de este estado de cosas. En cualquier caso, a la vista de la forma en que se exponían las obras en los comienzos del museo, creo que no se pueden dejar de aplaudir esos cambios de criterio.


(Imagen del Museo del Prado tomada alrededor
de 1860 por J. Laurent y Cía. www.museodelprado.es) 



La apertura del museo fue una decisión ciertamente democratizante y liberal, poco acorde con una monarquía como la de Fernando VII durante el Sexenio Absolutista. Hasta entonces, pocas y privilegiadas eran las personas que habían podido contemplar los cuadros. Algunas, sin embargo, habían llegado a poseer reproducciones de ellos. Tal era el caso de los Silva-Bazán, Téllez-Girón y Álvarez de Toledo, como demuestra este documento que hemos localizado en la sección Documentos del archivo de Rodríguez Marín del Archivo Municipal de Osuna, exactamente el referenciado con los números 516-61, y cuya ficha, copiada a la letra, es como sigue: “Oficio del Conde de Floridablanca al Marqués de Santa Cruz y á los Duques de Osuna y de Alba autorizando para formar una colección de estampas que representen los cuadros de la Galería de Palacio = San Lorenzo, 16 de noviembre de 1789 = Hay algún otro papel relacionado con dicho particular”.  
Sin duda, y razones políticas aparte, la elección para el puesto de Pedro de Alcántara Téllez-Girón fue acertada por su educación y su sensibilidad artística, un componente de su personalidad que tendrá gran protagonismo a lo largo de su vida.  En la página 7 de la Biografía del Excmo. Sr. D. Pedro Tellez Girón, Principe de Anglona (Madrid, 1851) redactada por el Marqués de Miraflores, obra a la que ya nos hemos referido en diversas ocasiones, en relación al servicio de armas que Anglona realizó en Italia desde 1801 a 1807, el autor escribe que fue allí donde se enamoró de las artes, “á las que desde entonces dedicó toda su afición con el caluroso entusiasmo propio de la juventud y de su alma fuego”. El mismo autor recoge su estancia en Pisa, Venecia, Roma y su asidua presencia en talleres de artistas de la talla de Antonio Cánova (1757-1822), el conocido escultor de Paulina Borghese o de Eros y Psique. Una vez en el cargo de director del nuevo Museo, Anglona, en una línea muy propia de un Grande de España y de un Osuna, dedicó de su bolsillo exactamente la misma cantidad que el rey Fernando al mantenimiento de la pinacoteca: 24.000 reales mensuales. (Enciclopedia Espasa, ed. de 1928; entrada TÉLLEZ GIRÓN Y PIMENTEL, PEDRO DE ALCÁNTARA). Por la parte real, dicho cantidad provenía del “bolsillo secreto” del monarca.
En cuanto a la documentación que pueda existir en los archivos sobre el periodo de  dirección de Anglona, los servicios de “Biblioteca, Archivo y Documentación” del Museo del Prado se encuentran, desde el año 2009, ubicados en el Casón del Buen Retiro, cuya fachada este mira a la entrada principal del Parque del Retiro, en la calle Alfonso XII. Los interesados en ampliar los conocimientos sobre la vida de Anglona deben saber que en dicho archivo se encuentran apenas seis unidades documentales referidas a él, y sólo una de ellas pertenece a su época de director. Según parece, el grueso de la documentación del Museo durante la época inicial se encuentra depositado en el Archivo General de Palacio, en el Palacio de Oriente mismo, depósito documental que espero poder visitar dentro de no mucho tiempo. En cuanto a los documentos que he localizado en el Casón del Buen Retiro —cuyo personal me atendió con gran amabilidad a pesar de encontrarse sobrecargado de trabajo—, cinco de ellos son cartas provenientes del legado que realizó la familia Madrazo, muy relacionada de siempre con el Prado. Dicho legado, según tengo entendido, consiste principalmente en cartas intercambiadas por Federico de Madrazo y Kuntz, director del Prado entre 1860 y 1868 y prolífico escritor epistolar, con distintos personajes de la época, entre los cuales se encuentran tanto el Príncipe de Anglona como María del Rosario Fernández de Santillán y Valdivia, su viuda. Para terminar la entrega de hoy, paso a copiarles el contenido de la carta remitida a Federico por esta última, documento que aparece sin fecha pero debe ser datado entre 1851, año del fallecimiento de Anglona, y 1857, año de la muerte de María del Rosario. Dicho documento se encuentra en el Archivo del Museo del Prado referenciado con la signatura AP: 11/Nº Exp. 37.

“Sr Dn Federico Madrazo:
Mui Sr mio: envio á Vm 6 litografias del excelente retrato qe tubo la complacencia de hacer de mi Marido, Q.E.P.D., y ahora espero me hará Vm el fabor de admitir esa pequeña memoria qe le he traído de Londres.
Su mui afecta Servidora
Q.B.S.M.
La Psa de Anglona”.

            El retrato al que se refiere la princesa de Anglona había sido realizado en 1850. Espero conseguir alguna vez una buena fotografía del mismo. Por ahora sólo puedo compartir con el lector la imagen de una de sus litografías, publicada por Joaquín Ezquerra del Bayo en su obra Retratos de la familia Téllez-Girón. Novenos duques de Osuna (Madrid,1934; Lám. LI). Quizá habría que buscar en la documentación conservada en el Museo del Romanticismo de Madrid, donde existen varios retratos de miembros de la familia Téllez-Girón: los archivos contienen auténticas joyas por descubrir.

(El príncipe de Anglona, Federico de 
Madrazo, 1850).


(Continuará).

martes, 22 de septiembre de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (20 bis)



(Fotografía de Martínez de la Rosa 
en su vejez)


Recordará el lector que en la última de las entregas de esta serie le prometí traerle el texto de Le Brun dedicado a la madre de Anglona, duquesa de Osuna y condesa-duquesa de Benavente. Con su publicación quiero compensar las posibles anomalías o desequilibrios en la opinión que puedan existir en esta serie de artículos, pues creo que debe guiarnos la objetividad más completa. Como veremos a lo largo de sus líneas, en este texto María Josefa aparece como una persona sin escrúpulos, capaz de mantener alegremente relaciones extramaritales o de comprar cuantos políticos venales pasasen por su salón. Como se verá, es una visión de ella muy distinta a la que venimos exponiendo pero necesaria para ir completando distintos puntos de vista. Quizá, soló con una perpectiva equidistante de todas las que vamos descubriendo podremos hacernos una idea cabal de cómo fueron, realmente, las cosas y las personas, que fueron humanas, eso seguro, y por tanto imperfectas.
            En cuanto al autor, Carlos Le Brun, es muy poco lo que sabe de él, apenas sólo la información que él mismo facilita en la portada de su libro, que copio a continuación:


RETRATOS POLÍTICOS
DE LA
REVOLUCIÓN DE ESPAÑA,
Ó
DE LOS PRINCIPALES PERSONAGES QUE HAN JUGADO EN ELLA, MU-
CHOS DE LOS QUALES ESTAN SACADOS EN CARICATURAS POR EL
RIDICULO EN QUE ELLOS MISMOS
SE HABÍAN PUESTO, QUANDO EL RETRATISTA LOS IBA SACANDO ; CON UNAS OBSER-
VACIONES POLITICAS AL FIN SOBRE LA MISMA ; Y LA RESOLUCION DE LA QÜES-
TION DE PORQUE SE MALOGRO ESTA, Y NO LA DE LOS ESTADOS-UNIDOS.

PUBLICADOS EN CASTELLANO

POR

DN CARLOS LE BRUN

Ciudadano de los Estados-Unidos é Interprete del gobierno de la Republica
de Pensilvania;
Autor “del Beneficio de un Filósofo,” —“de una Gramática Inglesa
y Española,” y
Traductor “de los Ensayos de Pope sobre el Hombre,”—“del Anti-Anglo-
mano,”—“de la Libertad de los Mares,”—y otros Libros de Literatúra [sic].

-- O --  

IMPRESO EN FILADELFIA,
DONDE SE ENCONTRARÁ DE VENTA EN CASA DEL EDITOR.
-- O –
Año de1826”



            Según se deduce de la lectura de los “Retratos”, el libro contiene cerca de doscientos, y de la poca bibliografía que he localizado sobre él, principalmente la obra de Francisco Cuevas Cervera, Le Brun tuvo que vivir de cerca la mayoría de los acontecimientos que narra, pues sus observaciones parecen de primera mano. Ojalá el futuro depare hallazgos en archivos españoles o estadounidenses que ayuden a completar su biografía, pues debe ser de mucho interés.
            Le dejo ya con el texto, no sin avisarle de las peculiaridades de la ortografía de la época, que he respetado escrupulosamente.

“DUQUESA DE OSUNA
            ¿Cómo había de faltar una muger en nuestras caricaturas[1] políticas? No puede faltar en ninguna parte. La Duquesita de noventa años[2] es tan servil, como grande, y es grande de primera clase. Item mas, compañera, complice, y camarada de Maria Luisa, de feliz recordacion para la España. Entra en nuestra biografia, por que la ha metido Martinez de la Rosa, ministro de Estado constitucional ; y por que ha tomado cartas por la causa del liberalismo, que es la suya. Es el infantado de su sexô[3] en la grandeza, y los únicos calzones del servilismo mugeril y ducal. Ha tenido en las dos epocas una decision contra la libertad que la ha distinguido de todas las grandes. Bien que[4], con libertad ó sin libertad, ella ha tenido siempre fluxo[5] de intervenir en el gobierno. Criada sensual y políticamente en la escuela de la Reyna Maria Luisa, ha tenido siempre buenos mozos que proteger y amantes que acomodar[6]. O es su edad matusalenica, ó su cantera maligna, lo cierto es, que tiene música para la intriga ; y en la primera epoca[7] tocó teclas de diputados y de ministros, quando las discusiones de la constitución, y las de Señoríos, que parecía imposible dexaran de sonar, como ella las tocó, y no sonaron sin embargo ; y es, que había entonces un poquitillo de mas entusiasmo, é iban unidas la causa de la libertad constitucional, y la de la independencia política de la nacion, que sostenía el amor propio de los Españoles, y la rutina misma, que obra hoy por el absolutismo. No había entonces Martinez de la Rosa ni otro ningún diputado, que fuese todavia á la escuela, como él, y pudiese esperar que lo hiciesen emperador, o ganar la banda[8]. Toreno, unico liberal rigurosamente aristocratico, y que tenía tambien tocador y peluquero, y servía la causa del liberalismo, para aumentar su aristocracia, por que era entonces la libertad la única nobleza de la España libre, no había descubierto la táctica de los empréstitos, y creía que una vinculación de cien reales, como la suya en Asturias, era el non plus ultra de la opulencia. Por otra parte no se había hecho el liberalismo materia del adorno de los representantes ; ni se conocía entonces otro que el de los principios, que, aunque peligroso, no argüía mala fé. Tal qual liberal de negocio se encontraba, que esperaba vivir del liberalismo; pero nunca, como en la segunda época, congresos enteros, y dos ó tres juegos de ministerios, que lo cambiasen por numerario, y tuviesen la impudencia de mezclarlo con la aristocracia mas rancia públicamente en las sesiones, —y así fue, que la Duquesa de Osuna no hizo, por más que hizo, prosélitos como en la segunda,— y sólo tal qual subalterno de cortes, ó amigo de calle de algún ministro pudo quedar por ella en el encargo de ofrecer dinero y proteccion al que la sirviese, vendiendo la causa de la libertad, y manteniendo en el hecho el despotismo hasta la venida de Fernando, que le volviese sus derechos de destrozar á su gusto, sin permitirle siquiera el triste recurso de llorar á los que sufriesen.
            Formó en Cádiz[9] su Excelencia un banco en su casa de servilismo, á donde viniesen á cambiar los liberales sus principios y opinión de libertad. Su tertulia no tenía otro objeto ; y los corredores de este negociado infame buscaban por todas partes parroquianos de todas profesiones para cuando llegase el momento del auto de fé de la libertad. Hubiera sido necesario ver la impudencia con que se manejaba esta reunión, para poderlo soñar siquiera. Está esta propensión al absolutismo en la naturaleza de la Grandeza, y es un error querer con decretos solamente darle el giro a la libertad. Los plebeyos mismos, que la notan en los grandes, se tocan de este impulso, porque al cabo son todos llevados por el mismo movimiento en la sociedad ; y se vió a Martínez de la Rosa, el diputado, y el ministro después, y tan lleno de la opinión, entonces muy lizongera [sic], de liberal, tener á mucha honra baxarse en publico á coger las migajas de aristocracia que le iba dexando caer, al descuido, la Duquesa, y comer después aquel dia y dormir aquella noche con la satisfaccion mayor del mundo, porque había yá por el camino de la libertad arribado á la altura á que nunca esperó llegar de hombrearse con Grandes y con Duquesas, y hasta con la que era y pasaba por la nata momica[10] de la Grandeza, que era el finibus terre [sic] de sus deseos. ¿Cómo se reiría á sus solas la tal Duquesa con esta miserable pobreza de espíritu de Martinitos? y ¡qué de cosas no dirían allá entre sí estos seres superiores de la especie, que ven á los demás á una distancia telescopica, y los desdeñan, como a las hormigas, y escarabajos! Si, señores, ésta Osuna ha tenido siempre en su casa la bandera del mal partido: allí fueron un tiempo á alistarse los cortejos de María Luisa ; allí después los godoistas, y los afrancesados ; se pagaba allí luego el enganche del servilismo ; acuden á ella las reclutas de las liberales ; y hay para eso en su tertulia oradores pagados del absolutismo al descubierto ; y los hay, como Martinez de la Rosa, del absolutismo disimulado, que ponderando las dificultades y riesgos de la libertad, desaniman poco a poco, y vienen á caer en la necesidad de separarse de ella. En la caricatura siguiente, que será la de Martinez de la Rosa, se esclarecerá mas la de la de Osuna, que en política, hacen una misma, solo que la de ésta está sin pomadas, ni aguas de olor, sino monda y lironda, como es por sus principios y conducta política. Yá se dá una idea por lo dicho, de que la Duquesa no debe ser tan tonta como él."

Retratos políticos de la Revolución de España, de Carlos Le Brun.
(Filadelfia, 1826). Págs. 136 a 138.



(Ejemplar manuscrito de la
Constitución de 1812)


(Continuará).




[1] El significado de “caricatura” es el usual, según se deduce de la lectura del título completo de la obra.

[2] El año de publicación del libro, 1826, la Duquesa tenía setenta y seis años. Fallecerá ocho años después. En consonancia con el espíritu satírico de la obra, Le Brun le añade unos añitos, para ofenderla más si cabe. Unas líneas más abajo se refiere a su edad como “matusalenica”. Está claro que con la publicación de este libro el autor no deseaba hacer amigos

[3] Como decíamos al principio, la ortografía del texto es la propia de la época, llena de galicismos y resabios de las décadas anteriores, sobre todo de la segunda mitad del siglo XVIII.

[4] He aquí otro ejemplo de lo comentado en la nota anterior. En este caso se trata del uso de una conjunción concesiva calcada del francés. Equivale a la conjunción española “aunque”.

[5] Aquí parece tratarse del uso en sentido figurado de una expresión muy común en el lenguaje médico y que, en ese caso, teniendo en cuenta la patente misoginia del autor, parece venir a subestimar a María Josefa por ser mujer.

[6] Como los lectores saben, en aquella época, y proveniente de Francia, que dictaba las modas, existía en las clases acomodadas urbanas, sobre todo en las cortes europeas, la figura del chevalier servant, un hombre, generalmente joven, apuesto y bien educado, que acompañaba a una señora casada en fiestas y saraos a los que el marido no podía asistir. Ellas solían elegirlos porque veían en ellos un futuro prometedor en la sociedad y, dejando que las acompañaran, ayudaban a su promoción. Su existencia estaba muy reñida con la consideración tradicional en España del comportamiento de la mujer en el matrimonio, donde el esposo era el único que podía tomarse libertades parecidas. En el caso del matrimonio de los duques, es muy posible que estos acompañantes fueran vistos con toda naturalidad. En cualquier caso, el comentario de Le Brun tiene una clara intención difamatoria.
   
[7] A lo largo del texto se habla varias veces de dos épocas, dos periodos del reinado de Fernando VII en los que predominaron posiciones liberales y se vivió con mayor libertad. Como ya supone el lector, el primero se refiere al de las Cortes de Cádiz y el segundo al Trienio Liberal. Ambos acabaron con una fuerte reacción conservadora, aunque el primero, según la mayoría de las referencias, fue más ilusionante y de mayor “pureza revolucionaria”. Le Brun deja ver en estas páginas la amargura del que ve la ocasión perdida.

[8] No sabemos con exactitud a qué banda puede referirse, aunque la alusión a una distinción real parece evidente.  

[9] Tras la Batalla de Ocaña (noviembre de 1809), María Josefa y parte de su familia se refugió en Cádiz, donde permaneció hasta el otoño de 1813.

[10] El adjetivo ‘mómico’ parece un neologismo creado por Le Brun. Su definición sería algo así como “Relativo o perteneciente a las momias”.