martes, 3 de mayo de 2016

"Filomeno, a mi pesar", de Gonzalo Torrente Ballester





TORRENTE BALLESTER, Gonzalo, Filomeno, a mi pesar. (Memorias de un señorito descolocado). Barcelona, Planeta, 2010.

      Muy buenas tardes. Hoy me trae una lectura que llevaba un tiempo queriendo hacer y hasta la fecha no había hecho, quizá debido a mi ignorancia sobre ella. Me explico. Hace ahora un año encontré en el puesto de un vendedor callejero de libros la obra más conocida de T. Ballester: La saga/fuga de J.B. Les confieso que hasta entonces, y aunque sabía algo sobre ella —digamos que su título me sonaba como uno de esos que un lector de novelas con cierto nivel de exigencia no puede dejar de leer—, nunca la había tenido en las manos. Las primeras páginas me introdujeron de sopetón en un mundo realmente imaginativo localizado en una Galicia rural muy atrasada, donde las creencias religiosas y los ritos son fundamentales. La desaparición de un objeto religioso muy venerado, o corpo santo, misteriosamente encontrado a la deriva en el mar siglos atrás, daba pie a un relato intrincado, nada fácil de seguir, en el que poco a poco iba tomando cuerpo y ocupando un espacio preferente un personaje, escritor, cuyas iniciales son J.B., como las de tantos otros de la obra. A ese escritor, al que se ve pasar graves penurias económicas y sentimentales, uno acaba cogiéndole cariño para, finalmente, acabar disfrutando con él del relato. Pero eso sólo ocurre, al menos así me ocurrió a mí, después de unas buenas doscientas páginas, el tiempo de lectura que necesité para sentirme seguro y cómodo con la novela. La existencia de una quinta provincia gallega, cuya capitalidad ostenta una ciudad capaz de levitar en toda su extensión --el fenómeno ocurre ciertas noches de niebla cuando la gran mayoría de los habitantes tiene la misma preocupación--, pasó a ser algo verosímil y, finalmente, indiscutible. Una vez leída, suspiré, entendí por qué se citaba esta novela como una de las más importantes de la novelística española del siglo XX —realmente es una novela de autor, libre de concesiones al público—, y me dediqué a lecturas más convencionales. El título Filomeno, a mi pesar me atraía por su comicidad pero, tras la lectura de la novela mencionada, había quedado un poco saturado de T. Ballester. Ahí radicaba mi gran ignorancia, en pensar que esta novela sería por el estilo. Hoy, después de haberla leído, puedo decir que no lo es en absoluto.
          Se trata de las memorias, narradas por tanto en primera persona, y en este caso con un tratamiento del tiempo muy lineal, que escribe un hombre antes de cumplir los cuarenta años, tiempo durante el cual ha visto un libro suyo publicado, ha tenido varios amores que lo han marcado profundamente, ha aprendido varios idiomas, ha vivido en las principales capitales europeas y ha sobrevivido a la Guerra Civil española y a la Segunda Guerra Mundial. Las primeras cuatrocientas veinte páginas, donde la linealidad es absoluta, se leen de la manera más cómoda que pueda uno imaginarse, sin tener que hacer esfuerzos en comprender nada porque el autor lo da todo bien masticadito. La novela fue Premio Planeta, lo que puede darnos una idea de su carácter convencional. A veces, de todas formas, se agradece una novela así, que no siempre apetece estar leyendo obras rompedoras, hasta cierto punto experimentales, como Rayuela, Ulises, En busca del tiempo perdido, Volverás a Región o Señas de identidad. No sé para ustedes, pero para mí la lectura de novelas es, principalmente, un entretenimiento, una forma de llenar mi tiempo libre, y quiero hacerlo de forma placentera.


El autor en los años noventa
(el correogallego.es)

         Curiosamente, aunque no resulta extraño en el mundo de la creación literaria, la vida de Filomeno, este señorito de ficción, guarda llamativos paralelismos con la vida de T. Ballester, que pasó los habituales aprietos económicos de los escritores de mérito, que no fue señorito en absoluto. Podrían enumerarse muchos de esos paralelismos pero voy a limitarme a mencionar los más llamativos. Los dos, tanto Gonzalo Torrente Ballester como Filomeno Freijomil/Ademar de Alemcastre —el redactor-protagonista de las memorias tiene dos nombres—, nacieron en 1910; en el caso del personaje de ficción la fecha se deduce de manera indirecta: cuando, refugiado en Portugal, durante el segundo año de guerra en España afirma tener veintisiete años (pág. 355). Los dos coinciden en hallarse en París en julio de 1936 y a los dos, centrada toda su atención en su mundo vitalista de juventud, la guerra les coge por sorpresa, ajenos como están a todo lo que no sean las clases en la Sorbona y los buenos libros. Por último, y según se deduce del contenido de un documental titulado GTB x GTB, cuyo visionado recomiendo para entender un poco más la obra de este gran escritor gallego, la infancia de T. Ballester estuvo enriquecida por dos mundos próximos pero muy distantes, El Ferrol y Serantes, tan próximos que hoy día el segundo forma parte del primero aunque en aquella época, la segunda década del siglo XX, vivir en Serantes era volver, en palabras de Torrente, a una Edad Media rezagada. Allí, en la casa de la abuela, vivió T. Ballester su descubrimiento de la literatura gracias al mundo femenino, donde ha descansado siempre, a las lecturas colectivas en los talleres de costura y a los narraciones de hechos más o menos fantásticos que hacían los caminantes y las mujeres de la familia; El Ferrol, por su parte, estaba relacionado con el mundo paterno, el de la autoridad y lo prosaico. De la misma manera, el redactor de las memorias tiene su alma escindida entre dos realidades: la representada por Villavieja del Oro (una recreación de Ourense), de donde es la familia de su padre, y el pazo miñoto, situado en un lugar no bien determinado del norte de Portugal, concretamente en el triángulo formado por Valença, Caminha y Viana do Castelo. En este último lugar, la residencia de su abuela materna, nace el personaje al mundo femenino, a la sensibilidad y al cariño de Belinha, y a la literatura, pues tiene a su disposición una rica biblioteca en la que descubre y se enamora de la obra de Eça de Queirós y Antero de Quental.
        En cuanto a la forma, ya he mencionado el punto de vista narrativo, el tipo de narrador, y el tratamiento del tiempo, todos ellos muy clásicos. El léxico es rico sin llegar a límites incómodos, aunque esto es algo que dependerá mucho de la riqueza del vocabulario del lector. Llama la atención el uso de algunos galleguismos y portuguesismos, siempre con un fin expresivo y dado que en castellano no existen sus equivalentes, o no tienen los mismos matices semánticos. Tal es el caso del adjetivo “octorona” (pág. 364), que en el diccionarioinformal.com se explica como
“Se diz de uma mulher com 7/8 de sangue branco e 1/8 de sangue negro, descendente, portanto, de 7 bisavós de sangue branco e um bisavô de sangue negro. Em termos de aparência física, tanto pelos padrões brasileiros e mesmo pelos padrões norte-americanos, passaria por ser uma branca pura. Sally Hemmings, a escrava da qual Thomas Jefferson deixou descendência, por comprovadas pesquisas de DNA, era uma octorona. As filhas branquíssimas e de olhos azuis de Jefferson com ela tinham, portanto, apenas 1/16 de sangue negro, mas mesmo assim foram vendidas como escravas no Mercado de New Orleans, após a morte do presidente, contra a vontade dele”.

        O también de los verbos  aturuxar (página 25) y bruar (página 550). El primero de ellos alude a un grito gutural y muy sonoro, de carácter tradicional y unido a ciertas fiestas y ritos gallegos, y el segundo al sonido que hace el viento en la copas de los árboles cuando suena con fuerza. También quiero llamar la atención sobre un uso de tiempos y modos verbales característico de T. Ballester, pues ya lo había localizado en La saga/fuga de J.B. Se trata del empleo del pretérito imperfecto de subjuntivo en lugar del pretérito pluscuamperfecto de indicativo. Debo reconocer que a veces suena extraño. Pongo algunos ejemplos:
“Había traído conmigo unos cuantos libros (novelas, poesía) que no tuviera [/ había tenido] ánimo de leer, aunque me lo hubiera propuesto”. (Pág. 76).

“Muñecos como aquél los viera [/ había visto] en alguna película, y nunca me habían gustado: no sé por qué, me parecían tristes e innecesarios”. (Pág. 114).

“Por fortuna la muchacha hindú no nos había entendido, porque Sotero volviera [/ había vuelto] al español”. (Pág. 319).


        Salvados esos pequeños escollos, la lectura de la novela es ágil y muy entretenida, abundante en pasajes inspirados por la contemplación estética y la ternura, tan necesarias. Desde aquí la recomiendo a cualquiera que esté buscando qué leer y no esté dispuesto a dejar pasar una novela de uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, que escritores hay y ha habido muchos, pero los grandes, grandes de verdad, son muy pocos. 

martes, 26 de abril de 2016

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (33)

         En el periodo histórico en el que se encuentra nuestro relato, el comienzo del reinado de Isabel II, resulta obligado seguir dedicando espacio a familiares directos de Anglona que también desempeñaron un importante papel en la historia de España. Los lectores de esta serie de artículos recordarán una hermana de Anglona de nombre Joaquina –mencionada en los ns. 3, 10, 21 y 23–, la marquesa de Santa Cruz, de la cual publicamos dos retratos: un célebre lienzo de Goya fechado en 1805, en el que aparece de cuerpo entero, tendida sobre su costado derecho y sosteniendo con la mano izquierda un curioso instrumento musical, mezcla de guitarra y lira; 



y una miniatura de 1820, de autoría indeterminada pero espléndida, más formal y carente de las alusiones mitológicas del anterior. 




El hecho de haber sido, de las tres hermanas, la que más atención ha recibido en esta serie de artículos ha obedecido hasta ahora al protagonismo que han tenido dos personas de su entorno más directo: su marido y su hija Inés.
En 1801, en la capilla de la casa de campo de la Alameda de Osuna, Joaquina había contraído matrimonio con el marqués del Viso, José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein. Marqués de Santa Cruz desde 1816, José Gabriel ocupó cargos culturales y políticos de primer orden: director del Museo del Prado, director perpetuo de la Real Academia Española, Mayordomo Mayor de Fernando VII y, como diplomático, embajador en Francia e Inglaterra. Fruto de la unión nacieron un niño, fallecido de forma accidental en 1823, y tres niñas. Una de ellas, Inés de Silva Téllez-Girón, casada con el marqués de Alcañices, fue aquella muchacha de gran belleza por la que su primo hermano el XI duque de Osuna perdió la cabeza e incluso la vida como ya saben los lectores por la conocida obra de Marichalar. También hemos publicado su retrato, una miniatura de Garrois en la que se ve a una muchacha de menos de veinte años, cabello rizado y grandes ojos almendrados. 

                                                                 


            En este caso, sin embargo, la mención de la marquesa de Santa Cruz viene al caso por méritos propios. El 2 de diciembre de 1834 pasa a ocupar importantes cargos palaciegos: preceptora de la reina niña y de su hermana, y Camarera Mayor de Palacio, puestos privilegiados que le permitirán estar en contacto directo con la reina niña y el círculo que la rodeaba. Exceptuado el periodo comprendido entre el 1 de agosto de 1841 y el mismo mes y día de 1843, tiempo en el que deja el cargo por razones políticas, seguirá en él hasta 1847, año en el que obtiene la jubilación del empleo. (Joaquín Ezquerra del Bayo, Retratos de la familia Téllez-Girón, novenos duques de Osuna; Madrid, 1934, pp. 46-47). Morirá en 1851, el mismo año que Anglona. Los dos hermanos debían estar muy unidos como demuestra la manda a su favor que nuestro protagonista incluirá en su testamento. Según Francisco Javier Gutiérrez Núñez, en el documento que recoge sus últimas voluntades Anglona no se olvidará 
“de otorgarle un legado a su hermana Doña Joaquina Téllez Girón, marquesa de Santa Cruz. Pedía que de uno de sus objetos “de cualquier clase”, su hermana tomara el que quisiera y agradara, “en memoria del tierno cariño que siempre le he profesado”. (Extraído de “D. Pedro de Alcántara Téllez Girón y Alfonso Pimentel. Teniente General, Príncipe de Anglona y Marqués de Jabalquinto (1786-1851): Vencedor desde el Estrecho al Pirineo”. Fue leído en las XII Jornadas Nacionales de Historia Militar. Las Guerras en el primer tercio del s. XIX en España y América, celebradas en Sevilla del 8 al 12 de noviembre de 2004).
            La labor de Joaquina como preceptora de la joven reina, declarada mayor de edad con 13 años, huérfana de padre, poco atendida por su madre y, para colmo, casada contra su voluntad con un hombre que no le atraía lo más mínimo, no tuvo que ser nada fácil. De ideología conservadora, se le cita —siempre como la marquesa de Santa Cruz— en todos los manuales de historia de la época isabelina por las palabras que dijo a la joven reina después de que firmara en noviembre de 1843 un decreto de disolución de las Cortes contrario a sus intereses: 
“Vuestra Majestad ha firmado la sentencia de muerte de la Monarquía”. (José María Jover, La era isabelina y el sexenio democrático, Madrid, 2005, p. 564).

(Continuará). 

viernes, 22 de abril de 2016

"Diario de un joven médico", de Mijaíl Bulgákov






BULGÁKOV, Mijaíl, Diario de un joven médico, Madrid, Alianza, 2016; traducción de S. Casanova revisada por Adrià Edo.

           
Se trata de una colección de relatos, nueve exactamente, muy unidos por la temática y las coordenadas espacio-temporales: todos narran, en orden cronológico, las peripecias que sufre entre 1917 y 1919 un joven ucraniano recién licenciado en medicina y destinado a lo que considera el fin del mundo. A pocos conocimientos que uno tenga de la biografía de Bulgákov (1891-1940), llegará a la conclusión del carácter autobiográfico de la mayoría de los relatos, pues el autor debió vivir hechos muy parecidos cuando, recién recibido como médico, fue destinado a una zona rural de la Rusia profunda. Con crudeza, pero de manera atenuada a veces con un encomiable humorismo, Bulgákov pone ante nuestros ojos, alucinados, muchas de las creencias supersticiosas más arraigadas en el sencillo pueblo ruso, y las tensas, y a veces dramáticas, situaciones profesionales a las que el joven e inexperto protagonista tiene que enfrentarse. En realidad, y a poco que uno se para a considerarlo, la lectura de estos cuentos nos reconcilia con el médico rural, ese profesional que, imbuido por una auténtica vocación de hacer el bien, dirigido siempre por el juramento hipocrático, da preferencia al cuidado del enfermo frente a su propia comodidad e incluso seguridad, no dudando en abandonar el calor de su casa para trasladarse a donde sea necesario en medio de las peores condiciones climáticas. Sobre este particular, y aunque sea alejarnos un poco del tema, llamo la atención al lector sobre un monumento dedicado al médico rural que se encuentra en las afueras de Potes (Cantabria), admirable por su oportunidad para este caso, aunque en la realidad del médico ucraniano los traslados fueran en trineo, sepultado por pieles y a unas temperaturas aún peores.
Recién salido de la Universidad como ya he dicho, con el título aún calentito, sin práctica alguna, el joven médico tiene que enfrentarse a casos de amputaciones de piernas, partos con el bebé atravesado, fracturas craneales, todo ello unido a las condiciones de subdesarrollo de la zona donde se encontraba, cerca de la frontera oriental de Bielorusia, donde la luz eléctrica o el Salvarsán eran a esas alturas del siglo adelantos totalmente desconocidos. Tanto es así que para intentar curar los numerosos casos de sífilis a los que tenía que enfrentarse, muchos de ellos en estado ya avanzado, contaba con remedios anteriores al mismísimo Salvarsán, tan ineficaces como podrá imaginarse. El narrador-protagonista, un trasunto de Bulgákov, acostumbrado, por tanto, a la vida en capitales como Kiev y Moscú, ironiza continuamente sobre lo atrasada que está la zona donde se encuentra. Así describe la vida en la capital del distrito donde estaba destinado:
“En una esquina había un policía de carne y hueso, en una vitrina polvorienta se veían confusamente láminas de metal llenas de apretadas filas de pastelillos recubiertos de una crema rojiza, la plaza estaba cubierta de heno, las personas iban a pie o en trineos y conversaban, en un quiosco vendían periódicos moscovitas del día anterior con noticias sensacionales, cerca de allí silbaban los trenes que llegaban de Moscú. En una palabra, era la civilización, Babilonia, la Perspectiva Nevski”. (Pág. 110).


De todos los relatos, el que más impresiona es el titulado “Morfina”, que describe el progresivo deterioro tanto físico como sicológico de un morfinómano, narración muy realista a modo de diario que sólo puede explicarse como fruto de experiencias propias, al alcance, por la fuerza de voluntad que se suponen en un deshabituado, o desenganchado, de muy pocas personas. Realmente, el joven Bulgákov había tenido que recurrir a la morfina para soportar los dolores que le ocasionaron las heridas que sufrió durante el servicio que prestó en la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial, y fue capaz de abandonar su consumo sin mayores problemas, debido, seguramente, a esa tremenda fuerza interior que tienen algunos creadores, capaces de poner su obra y, por lo tanto, la salud necesaria para realizarla, por encima de cualquier otra consideración. Sinceramente, y esta es una opinión totalmente personal, creo que las personas formadas gracias a lecturas escogidas por su calidad —Bulgákov tuvo como autores preferidos en sus años de juventud a Gogol, Pushkin, Dostoyevsky y Dickens— poseen unas capacidades y una fuerza espiritual superiores a la media.
El último de los relatos, “El asesino”, deja al lector totalmente inmerso ya en la guerra civil desatada entre rojos y blancos tras la conocida como Revolución de Octubre, que traerá consigo graves penalidades para los artistas e intelectuales rusos que no pudieron huir del país. A partir de entonces, aunque de manera gradual, se impuso una serie de directivas que obligaba a los creadores a olvidar, por su bien, cualquier expresión artística con visos de influencia occidental, considerada arte burgués, alentando la producción de obras de un aburrido realismo utilitario en el que se ensalzan valores queridos por el Régimen, sobre todo el trabajo, tanto en su versión agrícola como industrial.
La lectura de la biografía de Mijaíl Bulgákov es recomendable para aquellas personas que sienten en su interior la vocación por las letras, y en general la escritura creativa, pero se ven infravalorados. Verán lo que es de verdad no ver reconocida su valía y podrán reírse un rato de su pequeñez, que nunca viene mal. Veamos unas palabras sobre la acogida de sus obras por parte de la crítica rusa:
“Casi todas estas obras fueron censuradas. Algunas de ellas, como Corazón de perro, no tuvieron ninguna posibilidad de ser publicadas ya que presentaban una crítica abierta, muy acertada y no menos divertida —el gran sentido del humor siempre fue uno de los lados más notables de Bulgákov— de la vida cotidiana de los habitantes de Moscú bajo los primeros años del Gobierno comunista. En la carta a Iósif Stalin el escritor hizo inventario de las reseñas sobre su obra en la prensa soviética: halló tres laudatorias; el resto, 298, eran “hostiles e injuriosas”. La obra Los días de los Turbín fue retirada del repertorio teatral tras haber sido representada casi en trescientas ocasiones”. (https://rusopedia.rt.com/personalidades/personalidades_de_cultura/issue_278.html)


  Diario de un joven médico, cuyos relatos vieron la luz en un principio de forma aislada y en publicaciones médicas especializadas, contiene muchos de los rasgos de la literatura rusa que de siempre han atraído la atención de los lectores europeos, las interminables llanuras cubiertas de nieve, las multitudes desheredadas por la fortuna y embrutecidas por el trabajo —tan presentes en obras de Gogol o de Tolstoi—, la lucha de las personas por la supervivencia en un medio completamente hostil, conquistado por el hielo y el lobo, y, por si esto no fuera suficiente atractivo, el amante de la literatura que ya conozca la obra de Bulgákov encontrará, en estado embrionario, todas las grandes virtudes de su estilo, que alcanzarán su máximo desarrollo y perfección en El maestro y Margarita.
En fin, una lectura muy recomendable, imprescindible para quien ame la Literatura, así, con mayúscula.

sábado, 16 de abril de 2016

"El mismo mar de todos los veranos", de Esther Tusquets







A la hora de decidir qué leer existen métodos y caminos muy diferentes. El más recomendable de todos, sin embargo, es dejarse aconsejar por alguien cuyos conocimientos sobre literatura sean creíbles, una persona, normalmente de edad avanzada, que ha tenido la necesidad durante toda su vida de encontrar tiempo para la lectura, y ha leído miles de novelas. Suele ser un lector sin ningún tipo de prejuicio, aunque siempre va a preferir obras de calidad contrastada, las que a mí me gusta denominar “obras corcho”, aquellas que el paso del tiempo no ha condenado al olvido, al hundimiento, la desaparición, y siguen estando presentes en los catálogos de las editoriales a pesar de haber sido publicadas hace décadas, siglos o, incluso, milenios. Así fue como llegué a El mismo mar de todos los veranos, una obra de Esther Tusquets que lleva camino de convertirse en clásico. En este caso, para que se vea lo extraordinariamente complicado que resulta el mundo de la crítica literaria -y más para un simple comentarista de lecturas personales-, su carácter de “obra corcho” viene propiciado también por un rasgo propio que la distingue entre otras muchas: ser la primera novela española que trató de forma abierta, sin tapujos, una relación lésbica. Bien, pues, como aviso para navegantes buscadores de obras pornográficas, debo decir que ese elemento argumental se vuelve algo realmente secundario ante la calidad del texto, producto de la pluma de Tusquets, persona de sensibilidad y cultura extraordinarias. Además, la elección sexual de la protagonista aparece como un componente más de su carácter de mujer independiente, que no quiere que su nacimiento le condicione de ninguna manera.
            Miembro de una familia perteneciente a la alta burguesía catalana, y adscrita, por inclinación y nivel cultural, a ese grupo de artistas y editores conocido como la gauche divine, Esther Tusquets, dueña de la Editorial Lumen, no era una persona que necesitase de los beneficios de sus creaciones literarias para vivir. Hoy día, el tema de la visibilidad de las inclinaciones sexuales no heterosexuales es algo que está muy de moda, que vende, pero en el momento en el que se publicó esta novela, 1978, no lo estaba en absoluto. Resultaría muy ilustrativo reconstruir el impacto que tuvo que suponer en los círculos sociales de la alta burguesía de Barcelona, tan tradicionalista, tan ortodoxa, tan seria y solemne en sus manifestaciones, la publicación de esta novela hace treinta y ocho años, cuando la cerrazón mental era aún mayor que la actual. Además, a lo ya dicho, habría que incluir los pasajes en los que la autora critica de forma abierta la forma de conducirse de los miembros de esta clase social, sobre todo en instituciones como el Liceo de Barcelona, al que dedica unas páginas reveladoras. Valga este breve pasaje para que el lector pueda hacerse una idea (cito por la edición de la trilogía completa: Trilogía del mar, Barcelona, Ediciones B, 2011):

“[En el Liceo] hay muchos elementos de pacotilla, y muchos sucedáneos —¿acaso no es mi clase, la raza enana que construyó este templo, el mero sucedáneo de una raza?—, pero esto a los niños no les importa demasiado, y cuando los abuelos de mis abuelos terminaron este templo, que como todos los templos que levantan los niños —y quién iba a levantar ya templos como no fueran los niños— era un templo consagrado a sí mismos —por más que se adscribiera a sonoras y en este caso musicales divinidades—, como lo habían levantado ellos y era suyo hicieron la más increíble y, sin embargo, la más consecuente de las niñerías: lo distribuyeron entre sí, lo repartieron para ellos y para sus hijos y para los hijos de sus hijos, lo repartieron para la eternidad”. (p. 119).

Sobre otras consideraciones, fue una novela valiente. Y, además, de una calidad literaria indiscutible.  
            El mismo mar de todos los veranos podría considerarse como una novela de maduración, aunque a esta conclusión sólo puede llegarse tras la lectura de las intensas y emocionantes páginas finales. La obra está escrita con un lenguaje sencillo, nada rebuscado, pero, por esa especie de principio de compensación que a veces encontramos en las grandes novelas, sobre todo de carácter introspectivo como esta, su sintaxis es muy elaborada, arbórea, a veces con una línea de la frase casi imposible de seguir a causa de sus muchas ramificaciones, subordinaciones que parecen complacerse en ser excesivas, a la manera de Proust. Dado que esta fue la primera novela de la autora, y que la escribió con más de cuarenta años, da la impresión de que para ella la escritura fue una especie de terapia en la que estaba incluido el desarrollo de un texto en el que no se ahorrase nada, como si necesitase realmente, le fuera vital y, además, placentero, no dejar nada atrás, ni una idea, ni un sentimiento. Indudablemente, la novela posee un gran componente autobiográfico y, dado que forma parte de una trilogía que acabó de escribir en sólo tres años, apostaría lo que fuese a que fue producto de la superación de una gran crisis personal vivida por Tusquets.
            El lector debe saber que estamos ante Literatura con mayúsculas, donde la trama tiene una importancia mínima, pues es casi inexistente, una literatura intimista, introspectiva, analítica, de la memoria, al más puro estilo proustiano. De hecho, las alusiones al autor francés son constantes y en algunas pasajes totalmente explícitas. Tan importantes son los muebles de la casa de la abuela  —todos unidos necesariamente a la reconstrucción de la infancia de la niña desvalida, hiperestésica y falta de amor que fue Tusquets— como son el tacto de las cortinas y el sabor y el olor de la comida, o de las plantas del jardín, todos elementos imprescindibles a los que asirse, puntos de partida para la reconstrucción del recuerdo. Ignoro cuánto hay de inventado o de simplemente recreado en la novela, pero la técnica, llegar al recuerdo partiendo de la sensación, es la misma del autor francés. Igualmente, es muy visible la influencia de obras de autores como Virginia Woolf, de lectura imprescindible para cualquiera que quiera adentrarse un mínimo en el conocimiento de los procesos evolutivos de la novela durante el siglo XX, al mismo nivel que James Joyce, Italo Svevo, Dino Buzzati, Michel Butor, Joseph Heller o Alfred Döblin.
            Un valor de la obra de Tsuquets, que suele estar ausente de las novelas escritas por hombres, es la delicadeza de sus descripciones de los encuentros sexuales consentidos y deseados, que llegan al espíritu del lector de la misma manera que llegaría la poesía, como una lluvia casi incorpórea y refrescante, totalmente alejada de aquellas descripciones explícitas, toscas en su misma torpeza y materialidad.

            Si estas líneas han servido para animar al lector a adentrarse en El mismo mar de los veranos, o a interesarse por la figura de Esther Tusquets, me doy por satisfecho. A veces resulta complicado, y siempre necesario, saber qué leer, que la vida es corta y los libros son muchos.