jueves, 30 de julio de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (16)




(Imagen tomada de fernandovera.es)



Y llegamos a 1820. El 1 de enero, mientras la gran mayoría de los ursaonenses veía la nieve por vez primera —recuerde el lector el contenido de la entrega número doce—, un general de treinta y cinco años llamado Rafael de Riego y Núñez, totalmente desconocido hasta ese momento, situado ese día en un lugar visible por los soldados a su mando, que estaban formados y tiritando de frío en las Cabezas de San Juan, leía el texto siguiente: “Soldados, mi amor hacia vosotros es grande. Por lo mismo, yo no podía consentir como jefe vuestro que se os alejase de vuestra patria, en unos buques podridos, para llevaros a hacer una guerra injusta al Nuevo Mundo; ni que se os compeliese a abandonar a vuestros padres y hermanos, dejándolos sumidos en la miseria y opresión. Vosotros debéis a aquéllos la vida, y, por tanto, es de vuestra obligación y agradecimiento el prolongársela, sosteniéndolos en la ancianidad; y aun también, si fuese necesario, el sacrificar las vuestras, para romperles las cadenas que los tienen oprimidos desde el año 14. Un rey absoluto, a su antojo y albedrío, les impone contribuciones y gabelas que no pueden soportar; los veja, los oprime, y por último, como colmo de sus desgracias, os arrebata a vosotros, sus caros hijos, para sacrificaros a su orgullo y ambición. Sí, a vosotros os arrebatan del paterno seno, para que en lejanos y opuestos climas vayáis a sostener una guerra que podría fácilmente terminarse con sólo reintegrar en sus derechos a la Nación española. La Constitución, sí, la Constitución, basta para apaciguar a nuestros hermanos de América. […] El Rey, que debe su trono a cuantos lucharon en la guerra de la Independencia, no ha jurado, sin embargo, la Constitución, […] pacto entre el Monarca y el pueblo, cimiento y encarnación de toda Nación moderna. [...]. Sí, soldados, […] ¡Viva la Constitución! ”. (Alberto Gil Novales, Rafael de Riego. La Revolución de 1820, día a día, páginas 34 y 35). Las “cadenas” mencionadas en el texto del pronunciamiento serán utilizadas por los partidarios de la otra España cuando, para defender al Fernando VII más autoritario y retrógrado, griten “¡Vivan las cadenas!”. La división de nuestro país en dos partidos opuestos e irreconciliables, incapaces de llegar a un entendimiento en bien de todos, estaba servida. De aquellos lodos, los polvos actuales.
Aún está por estudiar en profundidad, y por poner en valor en una supuesta “Ruta Liberal” que se podría crear para el año 2020, el papel que jugó Osuna en el alzamiento del 1 de enero pues, como ya adelantamos en la entrega mencionada más arriba, era una de los tres pilares de este golpe militar de inspiración liberal. Según Miguel Artola en su obra mencionada en la dicha entrega, en el plan de operaciones figuraba que “las tropas de artillería concentradas en Osuna servirían de centro de reunión a las unidades vecinas y marcharían luego sobre Cádiz, que, para entonces, se calculaba estaría ya en manos de los sublevados”. Aunque muy mermadas en número por las deserciones y la dispersión provocada por la rapidez de la marcha, dichas tropas llegaron a las inmediaciones de Cádiz sobre el 7 de enero. Estaban al mando del general Miguel López-Baños Monsalve, que sería Ministro de Guerra entre el 10 de julio de 1822 y el 29 de abril de 1823. En cuanto a la ciudad de Cádiz, no se rendiría totalmente a la causa constitucional hasta finales de marzo y Riego no entró en la ciudad hasta el 2 de abril.
Fernando, obligado por las circunstancias, había jurado la Constitución de Cádiz el 7 de marzo. En relación a este juramento, García Blanco, en las páginas 52 y 53 de su Resumen de un siglo, da la explicación siguiente: “tanto le intimidaron las turbas madrileñas que, capitaneadas por un negrazo [sic], á machete desnudo, entraron en palacio gritando: ¡Viva la Constitución! ¡Que la jure! ¡Que la jure!”. Por su parte, el marqués de Miraflores, en la página 36 de su biografía de Anglona ya mencionada, escribe sobre este motín madrileño: “En él apareció Anglona ocupando el puesto de los leales; yo le vi, y á mi lado desenvainó su espada para contener las demasías de la plebe sublevada que ocupaba las escaleras de Palacio, y que los esfuerzos hechos por pocos, y entre ellos los de Anglona, logramos [sic] contener, evitando fuesen ocupadas las regias habitaciones por gente amotinada.” Por encima de su condición de liberal, aunque siempre moderado, Anglona no dejaba de ser un militar y una persona responsable que no podía permitir que una multitud entrara en el Palacio real y cometiera los desmanes y destrozos habituales en estos casos.
En cualquier caso, ya hemos entrado de lleno en el Trienio Liberal, una época afortunada en la vida de nuestro protagonista. Ahora le llueven reconocimientos, nombramientos y honores: Coronel del Primer Regimiento de Reales Guardias de Infantería (22 de marzo), Grandeza de España de 2ª clase (12 de abril), Grandeza de España de 1ª clase (21 de abril), Consejero de Estado (1 de mayo) y otros, como director del Museo del Prado, de los que hablaremos en próximas entregas.
(Continuará).

domingo, 28 de junio de 2015

Plan Renove






Hacía ya unos meses que iba notando la necesidad de cambiar de coche. El suyo, un mil doscientos cincuenta rojo, de marca y modelo desdibujados por el tiempo y los extras, tenía casi veinte años y ya lo había dejado tirado en la carretera en más de una ocasión.
Los avisos venían de antiguo. Unos años antes, en un viaje desde Barcelona a Collioure, que tenía como fin visitar la tumba de Antonio Machado, un viaje poco problemático en principio gracias a la bondad de las carreteras y a la cercanía a la frontera de la localidad francesa, después de una parada para tomar café, las ventanas delanteras se negaron a bajar. Comprobó el fusible; estaba bien. A mediados de agosto, sin aire acondicionado y con las ventanas cerradas, el vehículo era una sauna. Isabel, una muchacha de Figueras que conocía superficialmente, le había pedido que la recogiera y la llevara hasta Perpignán. Los dos, jóvenes inexpertos, sudaban copiosamente en aquel horno con ruedas.
La llegada a Collioure fue como llegar a un lugar fresco y ventilado: respiraron profundamente y se dieron un baño en el mar. Luego comieron junto al pequeño puerto y, cuando ya la tarde empezaba a declinar, tras liberar tensiones acumuladas en un hostal por horas, se vistieron de azul y blanco y vagabundearon por las calles en busca del cementerio. Allí, por fin, estaban Antonio y su madre, los dos enterrados muy cerquita bajo aquel cielo luminoso, abierto y azul. A él se le escapó una lágrima de emoción y ella, bromista, se rió, lo que produjo una discusión entre los dos y la consiguiente ruptura de las relaciones de aquella pareja de carretera. Él se volvió a Barcelona pasando un calor infernal y ella se quedó haciendo dedo hacia el Norte en la salida de Collioure.
No recordaba cuántas veces le había cambiado la batería, cuántas el distribuidor, cuántas había tenido que buscar a un conductor amable y bien pertrechado que le diera teta a su coche. El circuito eléctrico, estaba claro, era lo que le daba los problemas. Gracias a los milagros que le concedía algún santo del panteón católico, quizá San Cristóbal, pasaba las Inspecciones Técnicas de Vehículos sin excesivos problemas y, una vez superadas, se le olvidaba la necesidad de cambiar de vehículo. De todas formas, no podía dejar de cambiarlo, estaba claro, pero… ¿cuándo lo haría? Y, sobre todo, ¿qué le impedía cambiarlo?
La razón era sentimental: el coche, su viejo coche, había pertenecido a un amigo desaparecido hacía ya seis años. Fue en una desgraciada excursión al Valle de Tena, en el Pirineo Aragonés, donde esperaban subir por la GR 11, desde el Balneario de Panticosa hasta los gélidos Ibones Azules. Pero nunca llegaron. De camino hacia Huesca, cuando viajaban por la provincia de Castellón, se detuvieron muy cerca de Morella para entrar en la Cova dels Forats, famosa por su belleza entre los espeleólogos de todo el mundo. Si no hubiera pasado ninguna desgracia, la recordaría como lo que es en realidad: una de las formaciones geológicas producidas por la acción del agua más bellas de todo el planeta, comparable al Puente del Inca o a las Cataratas de Iguazú. Puede pasar desapercibida para cualquiera que no penetre en su interior: la entrada es un pequeño agujero de apenas un metro de alto y otro de ancho escondido tras unos arbustos. Desde fuera, contemplando su humilde acceso, nadie pensaría que oculta un dédalo de más de tres kilómetros de extensión, interrumpido de cuando en cuando por lagos, cinco en total, sobre los que cuelgan estalactitas de decenas de metros. La cueva tiene seis pisos; en el último, a más de doscientos metros por debajo del nivel de la entrada, se encuentra el lago mayor de todos, conocido por el significativo nombre de Llac dels desapareguts. Fue allí donde ocurrió. Cuando estaban muy cerca de la orilla, contemplándolo a la luz de sus linternas y de las de un grupo de excursionistas franceses, que fueron involuntarios testigos de la tragedia también, su amigo resbaló, cayó al agua y desapareció de su vista. Nunca más se supo de él, ni siquiera se encontró su cuerpo. Era como si el agua se lo hubiera tragado.
Desde aquel día, desde el momento justo en el que ocupó el lugar de su amigo tras el volante, le tomó al coche un cariño tan grande que no podía deshacerse de él a pesar de su mal estado. Lo compró a los familiares del amigo, lo puso a su nombre y se dedicó a viajar sin descanso para intentar huir de la muerte, que, según le había desvelado un sueño premonitorio, le alcanzaría en el primer lugar en el que pasara más de diez días seguidos o al que volviera antes de dos meses. Cualquier otra persona que no fuese tan supersticiosa, hubiera olvidado pronto el sueño y se hubiera establecido ya en algún sitio, pero él no era así y no pensaba dejar de serlo. Tenía más de cincuenta años y aún viajaba sin parar, hoy aquí, mañana allí, sin darse nunca un respiro, sin permitirse dormir más de dos noches seguidas en la misma cama, como si fuera incapaz de dejar de sentir detrás suya los pasos y el aliento de la muerte.
Sin embargo, a pesar de todo, un buen día, en Salamanca, se levantó con otro ánimo. Bajó a recepción, pidió las Páginas Amarillas y buscó el apartado “Automóviles Usados”. Apuntó varios números telefónicos y dedicó todo el día a visitar tiendas y talleres. Finalmente, en uno situado en la carretera que baja hacia Cáceres, le hicieron un buen precio por el suyo y lo cambió, sin apenas dar dinero, por un modelo blanco, sin metalizar y con menos de cincuenta mil kilómetros. Luego, decidido por fin a cambiar de vida, visitó a una adivina, algo que no hubiera hecho antes por considerarlas embajadoras de la muerte. Era una mujer de largo cuello y grandes, almendrados e inquisitivos ojos oscuros, una fugitiva de un cuadro de Amadeo Modigliani, la imagen de Jeanne Hebuterne resucitada. Le contó el sueño con pelos y señales y, como de pasada, por hablar un poco de todo, le comentó el cambio de coche. Tras oírle lo del cambio de vehículo, la adivina respiró tranquila por primera vez en toda la sesión y, después de consultar las cartas, le aseguró que la muerte viajaba en el coche de su amigo pero, al deshacerse de él, había conseguido alejarse de ella por muchos años.
Nuestro conductor quiso hacer caso a la adivina y se propuso permanecer en Salamanca durante más diez días. Se entretuvo paseando por la Plaza Mayor, comiendo con los estudiantes, entrando en sus librerías y contemplando, estremecido, los muros de la Catedral, incendiados por la luz del sol poniente. Al que hacía once recibió la visita de una mujer vestida de negro que le resultaba familiar, aunque no podía identificarla por llevar gafas de sol y un pañuelo anudado en la cabeza. Ella se presentó como empleada del establecimiento que le había vendido el coche nuevo y le rogó que firmara unos papeles relativos a la compra del vehículo. Cuando había acabado de firmarlos, la mujer, sonriente, se despojó del pañuelo y las gafas: era la adivina. Entonces, lenta, majestuosa, lo paralizó con la mirada y, poniéndole la mano en el pecho, le robó en un suspiro el corazón.

jueves, 25 de junio de 2015

Pedro Téllez-Girón, príncipe de Anglona (15)


Vista parcial de la fachada del palacio de El Capricho, 
Alameda de Osuna (Madrid)


Nuestro relato quedó suspendido en noviembre de 1817, cuando acababa de fallecer, a la edad de treinta y cuatro años, la mayor de las hermanas de Anglona, Josefa Manuela Téllez-Girón y Alonso Pimentel. Había poseído los títulos de marquesa de Marguini y de Camarasa, poblaciones localizadas, respectivamente, en la isla de Cerdeña (Sardegna) y en la actual provincia de Lérida (Lleida). Como dato curioso, el fallecimiento de Josefa Manuela coincidió con las obras de restauración de la fachada de la casa-palacio donde vivía con su marido y sus hijos, sita en el actual número 69 de la Calle Mayor de Madrid y construida en el siglo XVII en estilo herreriano; en cualquier caso, por mucho quebradero de cabeza que suponga una obra en un domicilio particular, no creo que los dos hechos tuvieran relación, aunque, desde luego, llama la atención la edad con la que murió, tan joven. En relación a la Camarasa, y así a vuela pluma, añadiremos que Ángela, una de sus hijas, y Mariano “el Derrochador”, ambos sobrinos de Anglona y primos hermanos, fueron novios hasta que ella cortó la relación al advertir la inmadurez del futuro XII duque de Osuna. Algo más al respecto puede encontrarse en el texto de la conferencia pronunciada por Federico Oliván el 9 de diciembre de 1948 en la Escuela Diplomática de Madrid con el título “El duque de Osuna embajador en Rusia”. Igualmente, podría añadirse que Francisco de Borja Queipo de Llano y Gayoso de los Cobos (1840-1890), VIII conde de Toreno, once veces diputado a Cortes, ministro de Estado, de Fomento, alcalde de Madrid y abogado --hijo del célebre y apasionado conde de Toreno (1786-1843), protagonista de aquellos años cruciales y autor de la Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (Imprenta de Tomás Jordán, 1835-1837)--, era nieto de Josefa Manuela y, por lo tanto, sobrino nieto de Anglona.
Según puede leerse en los artículos de Gutiérrez Núñez ya citados, unos meses después del fallecimiento de Josefa Manuela, el 3 de enero de 1818, una Real Carta ejecutoria de sucesión en el estado de Jabalquinto concede a Anglona todos los derechos sobre el título del marquesado del mismo nombre con la condición de mantener económicamente a su madre, su anterior titular. Ignoro la cantidad que le pasaría pero, en cualquier caso, lo haría gustoso porque hijo y madre siempre se llevaron muy bien. No es este el caso del hijo mayor, Duque desde 1807, el cual, no sabemos si aquejado de un fuerte síndrome de príncipe destronado, se llevó mal con ambos. En la correspondencia privada de la condesa-duquesa de Benavente se advierte una mal disimulada preferencia por Anglona, a quien llamaba cariñosamente Perico, apelativo familiar usado también durante su infancia por los empleados de la Casa aunque anteponiéndole el “don”: don Perico. Puede que en este, como en tantos y tantos casos, los culpables de la rivalidad entre los hermanos fueran los mismos padres, ignorantes del trauma que crean en el hermano por el que muestran menor inclinación. La rivalidad entre estos dos llegó al punto de tener que litigar ante los tribunales para obtener la titularidad del estado de Jabalquinto. En palabras de Gutiérrez Núñez, Anglona
“mantuvo un largo pleito en competencia con su hermano mayor, el X duque de Osuna, el cual obtuvo de D. Vicente García Cavero (Alcalde de la Corte), una primera sentencia favorable, el 6 de mayo de 1817, que fue revocada por el Consejo de Castilla, el 5 de noviembre de dicho año. El 3 de enero de 1818 dictó una Real Carta Ejecutoría que le otorgaba la sucesión en el Estado de Jabalquinto, con la condición, que mantuviera a su madre. A su fallecimiento, en octubre de 1834 obtiene la definitiva posesión civil y natural de dicho Estado y sus agregados, entre ellos una casa-palacio en la calle Segovia, de Madrid.” 
Ya volveremos sobre esta casa-palacio llegado el momento, hoy sede de un conocido restaurante llamado como nuestro protagonista.
                                                               
Los hijos del IX duque de Osuna, por W. Beechey (c. 1799)

Los hermanos fueron retratados al final de su niñez por sir William Beechey (1753-1839), posiblemente durante la estancia de la familia en París en 1799. Según Ezquerra del Bayo en su obra ya citada, los dos niños, marqués de Peñafiel y príncipe de Anglona, vestidos con el uniforme de un centro docente, debieron ser retratados durante un viaje del autor a la capital francesa, pues el pintor, según parece, estuvo toda su vida avecindado en Londres o Norwich y los hijos del Duque no viajaron a Inglaterra durante su infancia. Beechey fue un importante retratista, pintor del reyes y nobles (Jorge III, la reina Victoria, Jorge IV, el duque de Gloucester, el duque de Kent, el duque de Sussex, etc. etc.). A tenor de la consulta de los catálogos de su producción disponibles en internet, este retrato es el único que realizó a personas de nacionalidad no inglesa, hecho que, una vez más, nos confirma la importancia de la familia de Anglona. En cualquier caso, y a pesar de ello, no hemos conseguido localizar una reproducción del retrato a color. A la vista del uniforme de colegio, cabe preguntarse cómo vestirían a los críos para recibir visitas importantes. Anglona, por cierto, es el que sujeta las patas del perro.
(Continuará).

miércoles, 24 de junio de 2015

El Rock en Osuna (I): The Ursus



Hace ahora veinte años se publicó la Historia del rock sevillano, de Luis Clemente, escritor sevillano nacido en 1960. A mí, de entrada, me parecía una persona demasiado joven para escribir sobre un fenómeno que empezó a darse antes de que él viniera al mundo. Veía al señor Clemente… ¿Cómo les diría yo...? Demasiado nuevo, quizá. Pues bien: aquí me tienen a mí, que soy aún más nuevo (del 61), intentando hacer algo parecido en cuanto al tema aunque mucho menos ambicioso, limitado sólo a Osuna. La conclusión está en el refranero popular español. Aprovecho, desde luego, para dar al señor Clemente mi más sincera enhorabuena por su trabajo, de conocimiento obligado para cualquier interesado en conocer la evolución de la "música moderna" en la capital de la provincia, para acercarse, o recordar, a músicos imprescidibles, como Silvio, Julio Matito, Manuel Molina, Gualberto o Manolito Imán, y volver a pasear por la Alfalfa, la Plaza de Doña Elvira o el Patio de San Laureano en la época de la movida sevillana, cuando todo parecía (y a veces era) posible.


The Ursus a principios de los 60


No tengo memoria musical de los primeros rasgueos de guitarra eléctrica ejecutados en Osuna por ursaonenses, momento que considero de gran importancia para muchas facetas de la vida de la comunidad, entre ellas la paz y el descanso de sus vecinos. Imagínense, o recuerden si lo vivieron, qué pasó cuando, en medio del nivel de ruido de la época —infinitamente menor al actual—, se oyó por primera vez en la localidad sevillana el sonido de un instrumento de cuerda que se tocaba con púa, algo ya conocido, pero no tenía caja de resonancia y el sonido se amplificaba gracias a un aparato eléctrico. Ya no se trataba de que el músico tocara más o menos fuerte sino del volumen que se le hubiera dado al amplificador y de la potencia que este tuviera. Debía producir un sonido que muchos, los más mayores, considerarían ensordecedor y la guitarra eléctrica poco menos que un invento del diablo.
Empecemos por la historia del bajo. Según un método de bajo eléctrico escrito por los hermanos Manus, Ron y Morty, este instrumento fue concebido por Clarence Leo Fender y Doc Kauffman, aunque a la historia sólo ha pasado el apellido Fender. El primer modelo comercializado lo fue en 1951, el Ferder Precission Bass, llamado “de precisión” por tener trastes, como la guitarra, facilitando así la correcta ejecución. Fue algo realmente revolucionario: de tener que tocar el contrabajo, un instrumento de sonido mucho más débil, de difícil transporte y de aún más difícil ejecución, el bajista pasó a disponer de uno mucho más transportable, de sonido mucho más potente y de ejecución más fácil. Eso sí: se perdía la variedad de matices tonales que da el contrabajo, instrumento que ha seguido asociado a algunos estilos, corrientes o culturas musicales más exigentes en este sentido. El Jazz, por ejemplo.
Les he hablado en primer lugar de los bajistas porque, en mi opinión, siempre han sido dignos de admiración por la labor tan importante y callada que realizan. Poca gente repara en ellos porque rara vez son la estrella, pero sin ellos, sin la base rítmica que crean junto con el percusionista o batería —si lo hay—, la estrella a menudo no existiría: el guitarra solista no podría tirarse al vacio en sus punteos pues no tendría la seguridad que proporciona saber que hay alguien a quien agarrarse, un bajista que en ningún momento deja de marcarle el compás ni abandona el esquema de la canción conocido por ambos. Además, durante los años que transcurrieron entre la aparición de uno y de otro instrumento, los bajistas pasaron grandes penalidades al verse obligados a tocar el contrabajo para acompañar a intérpretes de guitarra eléctrica. A los pobres no los oiría casi nadie.
En cuanto a la guitarra eléctrica, siempre según el método de los hermanos Manus, había nacido tres años antes, en 1948, también en los talleres de Fender. El primer modelo comercializado fue la Fender Esquire. Luego, entre otros muchos, vendrían la Telecaster (evolución de la Broadcaster), la Jazzmaster y, sobre todo, la Stratocaster, conocidos ya por la mayoría de los aficionados. Como ya supondrá el lector, este instrumento no nació de la nada. Fue producto de una evolución en la cual destaca la creación de la guitarra hawaiana, hecho casual que tuvo lugar en 1894 cuando a Joseph Kekuku le dio por tocar una guitarra española con un peine metálico en la mano izquierda. Para hacernos una idea del sonido resultante no tenemos más que coger un vaso o un botellín de cerveza, tender la guitarra en nuestro regazo —tenemos que estar sentados—, poner el objeto elegido en contacto con las cuerdas en la parte alta del mástil, tocar las cuerdas y mover el objeto hacia el diapasón. Esta forma de tocar la guitarra inventada por Kekuku es conocido como lap steel, algo así como “regazo de acero”. La técnica se extendió entre los músicos hawaianos y de ahí debió pasar en barco a la Costa Oeste de los Estados Unidos, desde donde se extendió al resto del ancho mundo, aunque tuvo mayor aceptación entre los intérpretes de country y de blues. En la actualidad, esa técnica recibe el nombre de Slide o Bottleneck (cuello de botella). Aquí podemos contemplar una imagen del grupo de Kekuku, el Kekuku’s Hawaiian Quintet, según parece de la segunda década del siglo XX. La Fender Esquire tardaría aún en nacer treinta años.



La presencia en Osuna de las primeras guitarras eléctrica tuvo que producir una serie de tensiones entre los seguidores de los nuevos movimientos musicales y los que preferían continuar siendo fieles a la música “de toda la vida”. En realidad, ese estado de cosas era una manifestación más del enfrentamiento o conflicto generacional que se ha dado desde siempre.  En palabras de Clemente, “con el testigo de la guitarra de palo ante la guitarra eléctrica se produce el enfrentamiento generacional más acusado”. En cualquier caso, sería interesante e ilustrativo poder viajar en el tiempo y volver a la Osuna de principios de los 60: apreciaríamos mucho mejor la revolución que supuso la llegada de este instrumento, de la música de Elvis y de la libertad en las costumbres de los jóvenes, todo ello unido e inseparable. Recuerdo perfectamente a los grupos que ensayaban en la “Casa de la Juventud” de la calle Sevilla a principios de los 70 y cómo el lugar estaba muy mal visto por muchos padres, que prohibían a sus hijas que fuesen por allí por ser poco menos que un centro de perversión. En la segunda mitad de los 60, el grupo “The Ursus” también tuvo su club. Estaba en la calle la Cilla y abría todos los fines de semana de la época invernal. Daban conciertos y, según recuerdan, cobraban la entrada a 15 pesetas, un precio realmente alto. Realizaban concursos, el de feos era muy célebre, y rifaban cualquier cosa. Así pudieron pagar los nuevos instrumentos. Según me cuentan, muchos padres, preocupados por sus hijas, iban allí a buscarlas.   
Fuese quien fuese el intrépido primer “guitarrista eléctrico” de Osuna —el profesor Cristóbal Martín o Marcial y Antonio Muñoz, “el Chigate”, los dos guitarristas de “The Ursus”—, como los tres instrumentos eran iguales, sabemos cómo era esa primera guitarra eléctrica y, por suerte, podemos contemplarla en su estado actual. Era una guitarra fabricada en Valencia por Guillermo Lluquet, el mismo fabricante de la primera “remesa” de guitarras eléctricas que llegó a Sevilla, según el libro de Clemente; este señor Lluquet, además, escribió Nuevo método para el arte de acompañar en la guitarra, en el que se explican con gran claridad la construcción de los acordes; la publicación, dedicada a Tárrega, tuvo gran éxito y aún la usan los guitarristas. El diseño de nuestra primera guitarra eléctrica recuerda el de una Fender Jazzmaster, aunque el acabado era más bien tosco. Cuando Antonio Muñoz me la dejó para que la fotografiara y la tuve que sacar a un lugar con mejor luz, caminaba con un cuidado inmenso, como quien lleva en las manos una reliquia o una muestra artística de una cultura ya desaparecida: algo muy valioso en definitiva. A los componentes de “The Ursus” se las consiguió el Maestro Cuevas, director de la Banda Municipal, hombre perteneciente a una importante dinastía de músicos que merece un estudio reflejado en un libro.


La Lluequet de Antonio


La Jazzmaster


“The Ursus”, el primer grupo o conjunto ursaonense “electrificado” —según mis informaciones—, nació en 1960 y en la Carrera, exactamente en el kiosco de Marcial que estaba situado en el gran ensanche del acerado que existe en la confluencia con la calle Nueva. Marcial y Antonio se reunían allí, tocaban juntos guitarras flamencas y Antonio cantaba. Poco después se les unió el Paloma, intérprete de caja en la banda del Maestro Cuevas. Ellos tres eran el alma del grupo. Durante los diez años de vida de la formación se les fueron añadiendo otros músicos (miembros de la familia Corino —con el padre a la cabeza—, Manolín a la trompeta, Núñez como cantante, etc.). Empezaron a ensayar en la Carrera de Caballos, en el inmueble que fue sede de Correos hasta hace unos años. Paloma tocaba con una batería cuyos componentes, exceptuados el charly y la caja, habían sido fabricados por él mismo. El 6 de enero de 1961, con esta batería, y aún con guitarras flamencas, se presentaron en público en el Asilo, en un concierto a beneficio de los ancianos.

Paloma, feliz con su batería

 La primera guitarra eléctrica que tuvieron en sus manos fue en El Rubio y les gustó tanto que no pararon hasta conseguir un par de ellas por el medio ya mencionado. Tocaron por primera vez con ellas en la velada de Consolación y después en el Casino y en la Piscina de Cuevas. Para acudir a esta actuación les hizo el porte Pepe “el Gasolina”. En opinión de ellos mismos, este último concierto no fue todo lo bueno que hubieran querido porque no tenían equipo de potencia suficiente para tocar al aire libre. Sin embargo, uno de los amplificadores de que disponían aún está en uso. No lo he visto, pero será casi una pieza de museo. El sistema era de lámparas: había que encenderlo y esperar hasta que estas se calentaran para que funcionara la amplificación.
En cuanto a sus actuaciones fuera de Osuna, durante los diez años que duró la formación, tuvieron lugar en El Rubio (dos veces), Aguadulce, Pedrera, El Arahal y Los Corrales. La segunda vez de El Rubio fue para una boda cuyo padrino “que era catalán —habla Marcial— vino a buscarnos a Osuna y quería un cantante en inglés. Vino Núñez, que tenía estudios”. Tocaban la música que se bailaba en la época, sin muchos experimentos musicales, pues su cometido era conseguir que la gente de divirtiera.

En El Rubio


La última actuación que realizaron fue en Los Corrales en 1970. Al día siguiente contraía matrimonio Antonio y ya colgaba los trastos, de ahí seguramente su expresión melancólica. Atrás quedaban diez años de aventuras, diversión y actuaciones por casi toda la comarca.

En Los Corrales, con parte de la familia Corino


A últimos del mes de febrero de 2006 los reuní a los tres —Marcial, Paloma y Antonio— para que me contaran y poder tener material para este artículo. Nunca había visto tres personas tan distintas y que se llevaran tan bien. Pasé una hora y media inolvidable oyéndolos recordar episodios y andanzas y comprobando lo bien que se lo habían pasado. Ellos también pasaron un rato extraordinario: a punto de jubilarse como estaban, ese día volvieron a vivir su juventud más despreocupada y a reírse como si aún tuvieran veinte años y acabaran de salir andando hacia la Piscina de Cuevas seguidos por Pepe “el Gasolina”.


Núñez, Antonio, Paloma y Marcial